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¿Qué
ocurre cuando tienes cuarenta años y te das cuenta de que nadie volverá a
tutearte cuando vayas a comprarle el periódico? Miles y Jack (Paul Giamatti
y Thomas Haden Church) se enfrentan a esa pregunta cada uno a su manera.
Miles, con un traumático divorcio a sus espaldas, dedica las 24 horas el día
a compadecerse de sí mismo y a llamar constantemente a su editor para ver si
le publican su libro. Jack por su parte, a menos de una semana del
matrimonio, sólo pretende echar una última cana al aire antes de colgarse el
anillo. Dicho y hecho, los dos colegas se embarcan en una especie de viaje
trascendental por todo el valle de California. Miles lo tiene claro: sólo
quiere catar vinos. Jack también: sólo quiere tirarse a todo lo que se
mueva. Maya (Viginia Madsen) y Stephanie (Sandra Oh), camarera y propietaria
de viñedos, respectivamente, les darán una patada espiritual en el culo,
cada una a su manera, y harán descubrir a estos señores con qué perspectiva
van a afrontar la segunda mitad de su vida.
Alexander Payne y Jim Taylor vuelven al ataque tras A propósito de
Schmidt. Pero Entre Copas no es tan amarga como la peli de
Nicholson, sino que es más cálida y más divertida: estamos entre copas y
entre amigos, al fin y al cabo. Payne y Taylor no intentan deprimir al
espectador, sino que tratan los temas con ligereza y mucho sentido del
humor, sobre todo en la segunda mitad de la película, cuando llega el
cachondeo. Personalmente no me entusiasman las películas basadas en el
diálogo: al igual que sucede en muchos momentos de otros films donde se
explora la naturaleza de los personajes y sus relaciones (como Lost In
Translation), Entre Copas no termina de arrancar porque aburre
ver a dos tíos hablar de sus problemas sentados en una cama. Menos mal que
poco a poco la película va cogiendo marcha a raíz de un par de secuencias
determinantes (y divertidísimas, aunque puede ser también que para dos
escenas cachondas que hay, uno se ríe más) que hacen avanzar a los
personajes y les hacen madurar. Dos puntos negros, eso sí, en los primeros
sesenta minutos del film: el uso y abuso de la música de fondo y la
insistencia de los guionistas en demostrar que el vino juega un papel
crucial en el film, enseñándonos una y otra vez como catar un Burdeos del
92. Lo cual es absurdo, porque el vino sólo funciona en este film para que
los personajes agarren un moco de muerte y Miles y Jack decidan a tirarse a
la piscina con las respectivas féminas (con resultados, todo hay que
decirlo, desiguales).
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Las dos parejitas, de picnic al calor del
atardecer.
Pero
la peli triunfa. Imaginaos una especie de Beautiful Girls en plan
cuarentón y con menos frases de esas que sientan “cátedra” tipo “las
mujeres son…”; y estaréis en el buen camino. Sobre todo por las
interpretaciones de la pareja protagonista: Jack y su minga son dos seres
independientes que se meterán en más de un lío por culpa de la manía del
cuarentón de aprovechar la mina que le queda en el lápiz. A Thomas Haden
Church le ha llegado la hora: tras demostrar su vis cómica en la gloriosa
serie Ned y Stacey, este señor hace un gran despliegue mitad cachondo
/ mitad dramático (como en su monólogo “No puedo perder a mi prometida”) y
tiene muchas posibilidades de llevarse la estatuilla dorada. Pero su papel,
en el fondo, es muy plano, predecible y con moraleja: no esperes estar a
punto de casarte, echar una cana al aire, e irte de rositas.
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Miles (Paul Giamatti) enseña a Jack (Thomas
Haden Church) las delicias del caldo añejo.
Lo que
no tiene nombre es lo de Paul Giamatti: el alma de la película, el
antihéroe. Ya veo a muchos encumbrando a Miles Raymond como uno de los
grandes personajes de nuestro tiempo: inteligente, encantador, neurótico,
borracho y amargado. Giamatti maneja todas las texturas del personaje a su
antojo y domina a la cámara con esas largas miradas tristes tal y como lo
hacía Jack Nicholson en A Propósito de Schmidt. Puro genio
interpretativo freak que ha pasado desapercibido para la Academia. Pero no
para nosotros. Frente al inigualable carisma y capacidad de ligoteo de su
colega Jack, Miles busca otra cosa en la pareja, algo más profundo y que en
estos días parece casi imposible, a no ser que le eches un par de narices y
te tires al ruedo. Cosa que él hace… con resultados desiguales. Ya lo
veréis.
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Ir de guay con las mujeres meterá a Jack (y a
su nariz) en más de un problema.
Sólo
queda lamentar que Payne y Taylor no hayan puesto el mismo interés en los
personajes femeninos porque ni Sandra Oh ni Virginia Madsen están a la
altura. Una verdadera pena, sobre todo en el caso de Madsen, que se ve
reducida a interés amoroso sin más por parte de Miles, mientras que
Stephanie se ve ninguneada y tratada como un simple polvete. Dentro del
equipo creativo Payne - Taylor, que siempre han tratado a todos los
personajes de sus films con mimo y cariño (y compusieron espléndidos
retratos femeninos en Election y Citizen Ruth, sus anteriores
films) es casi una blasfemia. Pero bueno, en definitiva: Entre Copas
es una peli emocionante cuando debe serlo, divertida cuando le apetece,
predecible en ocasiones y mágica en contadísimos momentos. El problema
principal es que la falta de ambición de sus directores que trabajan sobre
un mundo muy realista, muy limitado e intentan encontrar destellos de magia
en los pequeños detalles. Pero para lo que pretendían, la jugada les ha
salido muy bien. Entre Copas se ha ganado los elogios de forma bien
merecida, pero 50 premios (los que ha recibido por la crítica
norteamericana. Y faltan los Oscars) me parecen, a todas luces, exagerados.
LO
MEJOR:
- Paul
Giamatti.
- La
parte más cómica del film, incluyendo una secuencia antológica que implica
una cartera, un par de anillos… y no digo más.
LO
PEOR:
- La
música.
-
Ciertos bajones a mitad
de película, donde sabemos a la legua lo que va a pasar. Pero luego mejora.
Nota:
  
7,5
Rafael Martín. |