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Kinsey será recordada por unos pocos
como la gran derrotada de los Oscar. No hablaremos de Descubriendo Nuca
Jamás porque, qué demonios, al menos recibió un porrón de nominaciones y
se llevó un muñeco a la mejor banda sonora. Pero es una pena que el film de
Bill Condon no haya tenido más peso en la gala, pues es un film concebido
para arrasar en los certámenes: posee estupendas interpretaciones, férreo
guión, poderosa dirección y unos vibrantes sesenta minutos iniciales. El
problema es que no se sostiene. Metáfora sexual aparte, porque no es mi
intención.
Alfred Kinsey (Liam Neeson) es considerado
unánimemente como un visionario en el terreno del estudio de las relaciones
sexuales. A principios los años 40, el sexo es el tabú definitivo: algo que
sucede de puertas adentro en una habitación entre un hombre y una mujer, él
encima y ella debajo. Por supuesto, se vive en una sociedad en la que el
sexo oral no se contempla, y en lo que se refiere a las relaciones
homosexuales o lésbicas, a éstas se las trata como ardides del Diablo. El
Profesor Kinsey dará a partir de 1948 un giro espectacular a esa tendencia
con la publicación de “Comportamiento Sexual en el Hombre” seguido de otro
tratado, titulado “El Comportamiento sexual en la Mujer”, de 1953. Ambas
obras desataron un gran escándalo por lo polémico del tema abordado y su
metodología poco ortodoxa. Aún así abrieron el camino a posteriores estudios
sobre la sexualidad humana realizados en condiciones de laboratorio y a una
visión más realista de la conducta sexual. El impacto del trabajo de Kinsey
sobre su familia, su vida, sus amigos y sus costumbres es la historia que
nos cuenta el film.
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Alfred Kinsey (Liam Neeson) y su mujer, Mac
(Laura Linney) disfrutarían mucho juntos...
A un nivel puramente divulgativo, o sea,
cuando se nos relata el proceso por el que Kinsey va evolucionando en sus
teorías, la película es sorprende y agrada por la fluidez de la narración y
por la honestidad con la que Condon trata a sus personajes, a los que ni
juzga ni cuestiona moralmente, con un punto de vista abierto y completamente
natural. Es decir, ofendernos o no por su conducta es algo que nos
corresponde exclusivamente a nosotros. La historia se sigue con interés y
durante los primeros sesenta minutos se nos presentan las situaciones más
interesantes, como podemos ver en la divertidísima secuencia de las
encuestas, la hilarante escena de la visita de Kinsey y su mujer (Laura
Linney) al ginecólogo (no puede hacer el amor con ella por el tamaño de su
soldadito) y la complicada relación del profesor con su padre, interpretado
por un fenomenal John Lithgow, el inolvidable Eric Qualen de Máximo
Riesgo. Además, durante toda la película permanece la presencia de ese
impecable actor que es Peter Sarsgaard (El Precio De La Verdad) que
haga lo que haga, afronta el papel con naturalidad, como si la cosa, en
apariencia, no fuera con él. Insisto, este señor promete grandes cosas.
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...si no hubiera un "pequeño" problema de
tamaño.
La segunda mitad, sin embargo, tiende hacia
lo tópico y rutinario en el momento en el que nos centramos en la vida del
personaje, un ser al que intentan presentar como un tipo más complejo de lo
que en realidad aparenta porque, al fin y al cabo, es un científico. Lo
peor, sin embargo, comienza con el momento en el que la película comienza a
abordar el tema de los sentimientos: todo aquello que acompaña al sexo, en
mayor o menor medida, digan lo que digan. En el momento en el que Kinsey
acepta que esa “liberación” que propone en las relaciones penetre en su
propio hogar, las cosas se tuercen muchísimo. Y no sólo se complican los
personajes: se complica el director, que te mete cinco o seis personajes
secundarios que no pintan nada, y que son perjudiciales para el ritmo de la
historia (ver, por ejemplo, a Chris O’Donnell o Timothy Hutton,
tremendamente desaprovechados). Además, cae en el tópico del “científico
loco”: Kinsey se enfrenta a la marginación que le impone la sociedad por lo
atrevido de sus teorías. Lo que sigue después ya lo hemos visto: “¡Tengo
razón!” “¡Nadie me comprende!” “¡Lucharé hasta el final por mis ideas!”, y
bla, bla, bla... En esta segunda mitad, sólo destaca la presencia de un
desquiciante William Sadler (el Coronel Stuart, el malo de La Jungla 2)
como Kenneth Braun, un individuo cuyo curriculum sexual convierte a Nacho
Vidal en un triste amateur. Para muestra un botón: Braun afirma haber
copulado con 22 especies diferentes. Una máquina.
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El equipo de investigación de Kinsey, tres
parejas de camino a Sodoma y Gomorra.
De todas formas, un film nada desdeñable,
pero con muchos fallos que lo hacen cojear. El mejor gancho, y mi principal
recomendación para ir a verla, son las interpretaciones de la pareja
protagonista: Liam Neeson y Laura Linney, espléndidos en cada una de sus
escenas. Ojalá Bill Condon, que ya nos gustó mucho con su anterior film
Dioses y Monstruos, hubiera mantenido un pulso más firme a lo largo de
la segunda mitad de una película que empieza de forma muy interesante pero
que termina siendo rutinaria, aburrida y predecible. En eso, sí que se
parece a muchas relaciones.
LO MEJOR:
- La pareja protagonista y la primera hora
del film, que nos narra la infancia de Kinsey y el proceso de creación de su
obra magna.
- La manera en la que Condon afronta un tema
que podría haber escandalizado a algunas “mentes sensibles”.
- La banda sonora, cortesía de Carter Burwell
(Fargo).
- EL REPARTAZO: Además de los mencionados,
nos dejamos en el tintero a Oliver Platt, Tim Curry, Dylan Baker, Harley
Cross, Verónica Cartwright y un cameo final de Lynn Redgrave, a la que vimos
en la anterior obra del director.
LO PEOR:
- Los últimos sesenta minutos, carentes de
fuerza, ritmo y garra.
-
No pasaría gran cosa si a Chris O’Donnell y a Timothy Hutton
les sustituyeran dos maniquíes.
Nota:
  
6,5
Rafael Martín.
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