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Como aficionado al cine de
palomitas, siempre me he sentido inclinado a admirar la profesionalidad y la
pericia técnica de los creadores de una película destinada, sencillamente, a
hacernos pasar un rato entretenido en el cine. De entre esos profesionales,
debo reconocer, usted era uno de los que menos simpatía me inspiraba,
principalmente por las constantes que marcan su cine: mareantes movimientos
de cámara, permanente banda sonora, constante énfasis de detalles sutiles
mediante el uso indiscriminado de la cámara lenta y una afición enfermiza
por arrasar estructuras complejas (coches, edificios, helicópteros) en una
lluvia de fuego y destrucción. Detalles menos obvios, como su desprecio por
el guión o por la interpretación, me habían pasado convenientemente
inadvertidos porque, al fin y al cabo, su cine se disfruta dejando el
cerebro a la puerta bajo la promesa de mantenerme despierto durante las más
de dos horas que suelen durar sus films; una promesa a la que usted ha sido
fiel. Hasta ahora.
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Lincoln Seis-Eco (Ewan
McGregor) y Jordan Dos-Delta (Scarlett Johansson): perdidos en el espacio.
Así que aquí estamos,
Sr. Bay, con la película que hubiera sido un nuevo punto de partida para
usted, una inflexión en una carrera marcada por inflar cualquier argumento,
por leve que sea, hasta convertirlo en una épica de la devastación. Con
La Isla se le presentaba una oportunidad única, una premisa
irresistible, con sólidos actores, profesionales competentes y, por primera
vez, sin la temible sombra de Jerry Bruckheimer planeando sobre su cabeza
con bandera americana en mano. Dos clones intentando sobrevivir en un mundo
en el que sus órganos se emplean para reemplazar las partes dañadas de sus
“originales” parece, cuando menos, un intento de reflexionar sobre la
naturaleza humana y su comportamiento ante la sensación de ser un mero
almacén de piezas de repuesto. Usted tenía la oportunidad de demostrar que
era algo más que un realizador MTV, Sr. Bay. De verdad que sí. Al menos es
mejor material que la habitual basura con la que suele trabajar usted, pero
cuando ha llegado la hora de demostrar la creatividad que siempre ha
anhelado enseñar aplicando su potente estilo fílmico a un campo tan fértil
como la ciencia-ficción ¿Qué hace? Joderla. Hasta el fondo.
Sr. Bay, usted es un
inepto. Inepto, porque convierte una aventura destinada para una audiencia
con un cociente intelectual normalizado (audiencia a la que usted no se ha
dirigido nunca) en una exhibición de “product placement” (perdí la cuenta de
las marcas que aparecen en el film - Puma, Nike, XBox, MSN, Chrysler en el
número 130). Inepto, porque se nota a la legua que está deseando saltarse
las escenas en las que hablan los personajes porque no sabe que hacer ni con
la cámara ni con los actores cuando los diálogos duran más de 30
segundos. Inepto, porque logra transformar las escenas con mayor carga
emocional en un videoclip (cutre) mediante el empleo de todos los filtros
fotográficos habidos y por haber, como en la escena en la que un clon es
ejecutada instantes después de haber dado a luz a su bebé y en la que usted,
inepto, se las apaña para que no nos enteremos de nada. Inepto, porque si
bien Ewan McGregor no tiene las hechuras de un hombre de acción, el escocés
es un actor que vale perfectamente como héroe reflexivo porque aporta
frescura y naturalidad a todos sus roles, características que usted asesina
indiscriminadamente en el momento en el que introduce su típica persecución
de los cojones justo cuando el chaval comienza a coger ritmo (lo mejor del
film: las escenas en las que interactúan el clon con su original,
interpretado por Tito Mac con convincente sentido de la comedia).
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La moto-avispa: uno de los
pocos detalles originales del film.
Inepto, porque resalta
los detalles más deficientes del film, como la interpretación de Scarlett
Johansson en modo Barbie envuelta en sábanas blancas, o la nula presencia de
secundarios como Djimon Honsou (que digievoluciona sorprendentemente de
estricto jefe de seguridad a fanático revolucionario) o Sean Bean, así como
el feísta diseño de producción, que alterna escenarios reales con cuatro
monigotes futuristas pegados con celofán como el, ejem, monorraíl que se ha
sacado usted de la manga. Pero sobre todo INEPTO, porque ni siquiera está a
la altura en su especialidad: las escenas de acción. No sólo están
pésimamente incorporadas en la trama, no sólo son monótonas, repetitivas y
mecánicas, sino que superan los límites de la “suspensión de incredulidad”
incluso para un film de ciencia-ficción (porque, créame Sr. Bay, si dos
personas caen desde cien metros de altura, envueltos en treinta toneladas de
metal y plástico con un helicóptero estallando a menos de dos metros, hace
falta mucho más que ayuda divina para que salgan completamente ilesas).
Mire usted, creo que
ahora lo que más me fastidia es el hecho haberle visto reaccionar como lo ha
hecho ante el desolador resultado en taquilla de esta película. Me jode
particularmente el hecho de que sólo “suponga” que el artífice último de
este descalabro sea usted, cuando está claro que todas las payasadas que
aparecen de La Isla llevan su inconfundible sello personal, que
incluye una desmedida afición por incluir escenas en discotecas y lavabos de
bares, tan prestos a los chistes homófobos (incluidos este film, por absurdo
que parezca). Como verá, echarle la culpa al póster (un elemento de
marketing que eligió personalmente, tan habituado como está a trabajar con
estos productos) no sirve de gran cosa, habida cuenta que la profundidad de
su película comparte con el cartel el mismo grosor: tres milímetros.
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Coches y helicópteros:
meterlos como sea, donde sea, cuando sea.
De todas formas,
descanse tranquilo, porque si algún día llega a caer Transformers en
sus manos volverá a pisar terreno seguro. No puedo imaginar nada mejor para
usted que rodar un film con robots gigantes arrasándolo todo por donde
quiera que van: habrá cosas que explotan cada treinta segundos y no tendrá
que preocuparse por aspectos como la personalidad de los protagonistas
(porque, al fin y al cabo, serán robots, y como tal ha entendido usted a los
actores que protagonizan La Isla). Y encima podrá llenarles de
pegatinas publicitarias, como a un coche de fórmula 1, para que no tenga que
molestarse en enseñarnos planos de tres segundos de una botella de Aquaviva.
Sin embargo, se quedará
con una sensación incómoda antes de irse a la cama, y quiero recordársela
antes de terminar estas líneas: que justo en el momento en el que se le ha
dado una película de verdad, justo en el momento en el que podría haber
dejado atrás sus tics barrocos para centrarse en una historia con
posibilidades, le ha dado miedo, se ha jiñado y ha considerado que lo mejor
para cubrir su inseguridad ha sido “pegar a la esposa”, so torpe: elevar
todas sus manías al cubo, atacar de frente y pasarnos por encima como una
apisonadora con un estilo visual que ha pasado de ser “mareante pero inocuo”
a “irritante, inflado, torpe y molesto”.
Tal vez debería
dedicarse a otras cosas, ¿no le parece?. La nota que le he puesto a su film
debería hacerle recapacitar.
Atentamente suyo,
Rafael Martín.
LO MEJOR:
- McGregor y los diez
minutos iniciales.
LO PEOR:
- Lo demás.
Nota:
 3
Rafael Martín. |