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El habitual de Los
Simpson Ron Howard dirige esta película llamada Cinderella Man
que va de un hombre llamado Jim Braddock, el cual trata de sacar a su
familia a flote durante la Gran Depresión a pesar de... oh, a la mierda. La
mejor forma de ver este duermeculos de dos horas y media es la siguiente:
haceos con una copia del guión de la película y subrayad en rojo los
momentos en los que sale Renée Zellweger o alguno de los niños de la pareja.
Ese tiempo es perfectamente aprovechable para echaros un cigarrillo o
cambiar el agua al canario. Ahora bien: volved inmediatamente en cuanto
tenga lugar un combate de boxeo o esos dos extraordinarios actores de cine
llamados Russell Crowe y Paul Giamatti compartan escena. El resumen de todo
esto es el siguiente: como retrato histórico de la Gran Depresión el film es
prácticamente inaguantable. Pero, señores, como retrato del amanecer del
mundo del boxeo contemporáneo, Cinderella Man se define con dos
palabras: la rehostia.
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Bradock enseña a su hijo
que triste es de pedir, pero más triste es de robar.
Así pues, de vuelta a la
historia: James Braddock (Russell Crowe) no es tanto un gran boxeador como
un gran hombre que boxea para sacar a flote a su familia. Y amigos, el mundo
del boxeo antes no es como el de ahora: si pierdes, te vas a la calle de
cabeza y te quitan la licencia. Y para Jim Braddock estaba muy bien cuando
era la repera antes de los malos tiempos pero ahora, con una mano
prácticamente rota y una familia entera que se muere de hambre, los tiempos
han cambiado. Y si me limitara a contaros los derroteros de la historia
(vaya, le dan una oportunidad para volver a pelear; vaya, pues no te
fastidia que está volviendo a ganar combates; oh, repámpanos, ¡va a terminar
peleando por el título!) quizás retrocederíais asustados pensando que nos
encontramos con la auténtica y verdadera Rocky VI. Pero no.
Precisamente cuando parece que la película comienza a perder gas, y cuando
la temible Zellweger comienza a dominar la pantalla gemiditos en mano con su
nueva versión de Bridget Jones desactualizada a los años 20, Ron Howard (sí,
Ron Howard), el primo pobre de la factoría Spielberg, el director de El
Grinch, da lo mejor de sí mismo como no se había visto desde la cojonuda
Apolo 13. Entre él, Russell Crowe, Paul Giamatti, Craig Bierko y la
impresionante fotografía de Salvatore Totino, logran salvar lo que podría
ser calificado como “el mismo megadrama de todos los años que va de cabeza a
los Oscar”.
He dicho Craig Bierko
(malo malvado de Memorial Letal). Pues sorpresa, como “jefe final” es
el mayor acierto del film: Max Baer, asesino del ring y campeón del mundo de
los pesos pesados. Para no especificar mucho: es una auténtica bestia parda
cavernícola dispuesta a comerse todo aquello que se le ponga por delante.
Gran parte de que los últimos 30 minutos del film (o sea, la pelea final)
funcionen tan bien es en parte culpa suya. Bierko se convierte en el tapado
de un film que logra salvar gran cantidad de obstáculos en este aspecto y
triunfa con este personaje, porque en el momento en el que Braddock sube al
ring uno no puede evitar pensar que tiene los días contados al enfrentarse
contra este tío. Su interpretación funciona porque es puramente física, y la
peli está a punto de cometer un gran fallo al intentar humanizarle (tiene un
par de escenas en la que abre la boca): craso error. La mirada de Baer
cuando extermina a su primer contrincante lo dice todo.
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Tenle miedo. Mucho miedo.
Y no se que decir de
Russell Crowe que no se haya dicho antes: sencillamente es increíble verle
actuar. Prescindiendo de lo gilipollas que pueda (o no pueda) ser en la vida
real, Hollywood ya puede darse con un leño en la cabeza para creerse la
suerte que ha tenido con este muchacho. Domina la película, controla la
película: es la película. Su acento en versión original es perfecto, su
forma de andar, de moverse, de chulear, de fundirse con el personaje
recuerda a los grandes actores de método de los 70. Es el último gran
clásico que nos está dejando este cine. Y aun así, el Joe Gould de Giamatti
deja huella. Funciona tan bien porque es el contrapunto perfecto, hablador
incansable, conciencia ocasional y hombre de negocios con un punto de
corazoncito, el intérprete de Entre Copas es la relajación en
persona, aliviando la carga de presión de la escena y convirtiendo los
diálogos con Crowe en un magnífico toma y daca. Una pareja realmente
soberbia.
Pero aun así, ¿qué es lo
que no funciona en Cinderella Man?. Muchas cosas: primero de todo
Renée Zellweger (veo en el horizonte las palabras “manía injustificada”, y
no es así, de verdad). Zellweger, no contenta con el Oscar que ganó por
Cold Mountain intenta desesperadamente en cada escena ganar el segundo;
y piensa que la mejor manera de hacerlo es tirar de morritos y recitar las
frases más insoportables de la película (“Eres el campeón de mi corazón, Jim
Braddock”, firmado: Akiva Goldsman) de la forma más repelente posible. Esta
mujer debería concienciarse de que estuvo muy bien en Jerry Maguire
haciendo de encantadora chica normal, y que diva sólo hay una y es Nicole
Kidman. Segundo: Cinderella Man intenta ser muchas cosas cuando es en
realidad una película de boxeo. El retrato de la Gran Depresión es acertado,
no chirría mucho y es, a ratos, manejado de forma muy inteligente. Pero la
película es demasiado grande para convertirla en un drama intimista. Howard
se aprovecha de la extraordinaria producción de forma casi perfecta para
hacer una gran película del deporte del cuadrilátero y el mundo que le
rodea, pero no puede ser las dos cosas al mismo tiempo. De hecho, la figura
clave de esta parte del film, el sindicalista Mike Wilson, encarnado con
mucho aplomo por Paddy Considine, es el personaje más flojo de la película.
Tercero y muy breve: hay momentos de la película que no van a ninguna parte.
Se nota que quieren alargarla, y mucho. Lo malo es que se pierde garra,
energía y fuerza. Y si quieres hacer una película de 160 minutos sobre un
hombre que susurra al oído de los caballos eso da más o menos igual, pero en
una película de boxeo no, por favor, no.
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Exhibición de fotografía
y producción. Que gozo.
Si acaso, Cinderella
Man (que debe su fracaso en Estados Unidos a que películas como esta se
suelen estrenar un poquito más tarde y no entre Batman Begins y
Los 4 Fantásticos, más que a la gilipollez del Tito Russell y su manía
de dar telefonazos a la gente) acumula interés por valor histórico. Se nota
que se han trabajado mucho la parte del negocio de las doce cuerdas y la
película en este aspecto es irreprochable, dinámica, seria y honesta (la
interpretación de Crowe cuando pide que no le quiten la licencia nos
devuelve la mejor parte de él desde El Dilema). Como estudio de la
Gran Depresión es puro buñuelo de drama hollywoodiense donde se nos intentan
enseñar escenas “sórdidas” y “crudas” (jo, jo). Vosotros decidís con qué
parte os quedáis pero para mí esta claro. Eso sí, bastante recomendada para
verla en cine. Y que Dios salve muchos, muchos años, a actores tan
fenomenales como éstos. Como en los viejos tiempos.
LO MEJOR:
- Los combates y, sobre
todo: la pelea final, donde la fotografía de Totino se convierte en la gran
protagonista y entre los focos y los gritos somos transportados a la lona de
tal forma que el Ali, de Michael Mann, se puede morir de envidia. En
el último asalto hay un intercambio de hostias entre Bierko y Crowe que vale
por mil batallas de Gladiator. Palabrita del niño Rafita.
- Solcito otorgar ya el
Oscar honorífico a Russell Crowe (cuya interpretación abarca todo el
espectro de emociones habido y por haber) y Paul Giamatti. Así no se le
olvida a la Academia dentro de 30 años.
- Es como viajar al
pasado. Menuda producción, chicos.
LO PEOR:
- Zellweger es una chica
“merengue”. Lamento mucho insistir en lo dicho, pero una actriz de sus
características, más aptas para la comedia romántica, no funciona. Sigourney
Weaver hubiera resultado, en sus años moz... que coño, ahora mismo, perfecta
para el papel.
- Tiende al aburrimiento
porque es muy predecible y, a pesar de que lucha contra ello con uñas y
dientes, si hubiera convertido a la Gran Depresión en un simple telón de
fondo en vez de un protagonista más de la historia, el impacto hubiera sido
más sutil y mucho más eficaz. Insisto, mi opinión.
Nota:
   7
Rafael Martín. |