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Con ésta, su tercera
película, Balagueró ha cambiado sustancialmente de maestro. Si en su dos
primeros y alucinantes bodrios, Los Sin Nombre y Darkness el
cineasta catalán se emperraba una y otra vez en hacer exhibiciones con la
cámara sin preocuparse por los derroteros de la historia o la simpatía de
los personajes, con Frágiles la cosa cambia un poco, porque para
empezar no estamos hablando de un clon de pacotilla de Fincher o similares:
esta vez, Balagueró ha encontrado en Shyamalan un nuevo modelo a seguir.
Su tercer y mejor film,
Frágiles, cuenta la historia de Amy (una flojísima Calista Flockhart,
que parece a disgusto y apática en algunos momentos, independientemente de
las características de su personaje), una enfermera con un pasado oscuro que
recala en un hospital infantil asediado por una presencia maligna y
tenebrosa que tiene acojonadito al personal, empezando por su compañera
Helen (Elena Anaya, sacando petróleo de un personaje casi inexistente y
demostrando que la película hubiera ganado mucho más con ella como cabeza de
cartel) y terminando en Robert, el doctor interpretado por Richard Roxburgh
(que no desentona, gracias a Dios). Volviendo una vez más a la inefable
conexión fantasma-niño, en esta ocasión la agraciada es Maggie, una niña
aquejada de fibrosis quística que es la única capaz de comunicarse con tan
terrible presencia, cuya habilidad sobrenatural consiste en provocar
fracturas a los pobres chavales residentes.
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A ver quien se deja operar en un sitio así.
A pesar de que los
habituales tics de Balagueró continúan presentes aquí, el film se diferencia
ante todo por un espíritu positivo de rodear toda la historia de un halo de
inocencia infantil que aligera las pretensiones de su director, que sigue
emperrado en muchas ocasiones en asustar a la audiencia al precio que sea.
Durante más de una hora de película seguimos los pasos de Amy en su búsqueda
de la verdad tras los extraños acontecimientos. Y esa parte aburre mucho. La
primera hora de Frágiles es un perfecto coñazo de manual
cinematográfico. Los protagonistas encajan dentro del perfil que el director
catalán maneja desde hace años: individuos deprimidos, aburridos, cansados o
frustrados que poco ayudan a mantenerse despierto al espectador con largas
conversaciones sobre la historia del edificio o su pasado personal, que no
es muy original que digamos: la dirección es monótona y muchos planos se
repiten más que el ajo.
Sin embargo, conforme
avanza la peli, Balagueró comienza a echar mano de recursos inauditos y en
algunas ocasiones realmente inspirados (el montaje con La Bella Durmiente),
olvidándose del thriller o del terror (elementos que no acaba de controlar
del todo) para introducirnos, aunque sea muy brevemente, en un típico drama
de personajes que tratan de superar sus debilidades y su proximidad a la
muerte abriéndose a otros seres humanos. No es Shakespeare, pero por lo
menos es un cambio de registro muy agradecido tras los sustos efectistas de
los que ya estamos todos muy hartos (sí, chirridos de puertas y personajes
que aparecen súbitamente por la espalda, sin especificar más). A eso
contribuyen las interpretaciones de los chavales que inyectan mucha vida a
la peli y Balagueró demuestra en esos momentos que es capaz de llevar a buen
puerto una historia infantil sin recurrir a momentos merengazos (bueno,
excepto quizás en una escena... sabréis cual).
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La niña que se comunica con el fantasma.
Lamentablemente, la
necesidad aprieta y el film va llegando a su final, en el que todas las
cartas se ponen sobre la mesa tras un par de giros que si bien son un poco
inesperados tampoco es que vayan a entrar en la categoría de “final que te
parte en dos”. Lo que da pena es que en esa parte se tira muchísimo de
efectos especiales, en particular con un fantasma (¡¡¡parece Iggy Pop!!!)
que nos devuelve a la primera época de Balagueró en la que parecía que
estaba dirigiendo un video de Marilyn Manson. De todas formas, es muy de
agradecer que el film se centre en las relaciones humanas y que sus
personajes tengan algún control sobre lo que les sucede en vez de ser meras
marionetas de una fuerza suprema llamada “la síntesis del mal” o “la esencia
de la oscuridad” que tanto le gustaban al bueno del director en anteriores
films. En esta ocasión hay una historia de suspense bien construida, que no
chirría mucho. Con un poco de suerte y un par más de películas en esta
línea, el cineasta catalán se redimirá de todos sus pecados y colocará al
cine de terror español a la altura que le corresponde. Eso sí el film,
dentro de lo que hay, es de lo más normalito en lo que se refiere al género
fantasmagórico.
LO MEJOR:
- Ciertas partes de la
peli donde se depende más del guión y de la estructura de la historia que de
los sustos o de los trucos baratos para asustar al espectador, cosa que por
otro lado no sucede mucho que se diga.
- Balagueró reduce su
manía de ARTISTA y se centra en contar (y bastante bien en algunos momentos)
una sencilla historia de fantasmas, lo que se agradece.
LO PEOR:
- Que sigue existiendo
una manía casi enfermiza por provocar miedo a través de paisajes oscuros y
fotografía perturbadora.
- Secundarios que
brillan casi por su ausencia.
-
Calista Flockhart da
grima.
Nota:
  6
Rafael Martín. |