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7 Vírgenes, del director sevillano Alberto Rodríguez cuenta las
peripecias de Tano, chico madrileño (sin que nos digan por qué) pero
afincado en un barrio difícil de una ciudad del sur de España (Sevilla) que
obtiene un permiso de 48 horas en el reformatorio donde vive para asistir a
la boda de su hermano. En tan corto espacio de tiempo, el chaval se
reencuentra con un pasado no tan lejano y una realidad dura que ahora aborda
con cierto escepticismo.
Hace unos años el tándem Alberto Rodríguez y Santi Amodeo comenzaron su
andadura cinematográfica con el aplaudido cortometraje Bancos al que
siguió un modesto pero inteligente film rodado de forma casi amateur en
Londres llamado El factor Pilgrim. Luego, la trayectoria separada,
pero a mi juicio complementaria, de ambos nos ha dejado dos filmes como son
El Traje y Astronautas (Rodríguez y Amodeo respectivamente) de
acentuadas marcas autoriales. Si algo ha caracterizado a estos directores es
sin duda su particular visión de una realidad urbana cercana a lo marginal
pero con gran calidez humana, así como su interés por dibujar un retrato de
la ciudad de Sevilla siempre anónima, pero también siempre reconocible -yo
diría incluso de forma indispensable- para los que somos de allí.
Ésta es sin duda la peor de este conjunto de películas de rasgos comunes,
básicamente porque es la que cuenta con un guión menos trabajado y original,
que trae ecos de otros filmes españoles que exploraban el mundo de la
delincuencia juvenil. 7 Vírgenes tiene una línea argumental que es
una pura anécdota, y su guión es una sucesión de hechos muchas veces
inconexos que lo único que buscan es precipitar de alguna forma el final,
presumible ya a la mitad del metraje. Por contra, las minitramas secundarias
(tremenda la situación familiar desesperada del personaje del hermano de
Ballesta y desaprovechada Ana Wagener que nos regala un par de miradas
sobrecogedoras... y no sale más en pantalla) son en sus planteamientos mucho
más interesantes que el propio eje del film, sin embargo, el director nos
deja a medias, y no termina de ceder espacio a estos personajes, a favor de
otros como son los pandilleros (canis, para el que entienda el argot
sevillano) que poco aportan a la evolución de los protagonistas.
Y digo protagonistas porque el joven amigo de Tano interpretado por el
debutante Jesús Carroza de verborrea incesante y maneras sevillanas roba
bastantes escenas al protagonista de El Bola. Ballesta no lo hace
mal, pero resulta plano, sin chispa, y con pocos recursos interpretativos
(se nota que Angélica Huston no conocía su limitada trayectoria cuando dijo
que era una “futura gran estrella” en San Sebastián). En definitiva: hace de
si mismo, como también el joven Carroza, que parece que su papel en la
película es una extensión de su propia vida. Tampoco resulta creíble la
repentina conciencia y madurez que el personaje de Ballesta parece adquirir
en dos días, ni sus conflictos personales que le impiden participar en las
“aventuras” de sus colegas para evitar reincidir.
Sin duda, el flojo guión lastra una más que solvente dirección de actores y
adecuada planificación siempre al estilo personal de Rodríguez y extensible
con matices a Amodeo. Son muy destacables la música por su calidez y
aportación dramática y sobre todo, para mi gusto, la tremenda fotografía que
intenta captar las luces y sombras de la cara más desconocida y difícil de
una ciudad como Sevilla. Es destacable también el uso de escenarios urbanos
semiabandonados que son rehabilitados o redecorados ya sea físicamente como
ocurría en los pisos de El Traje o Astronautas, o de forma
imaginaria tal y como sucedía en la descomunal nave industrial de Bancos
o el bloque de pisos en construcción de 7 Vírgenes, todos ellos
realmente en estado ruinoso. También aportan intención estética el gusto por
la arquitectura residencial más funcional y urbana como telón de fondo.
Yo, que no soy ajeno a la realidad local que plantea, he visto la película
con cierto gusto y a pesar de ciertos simplismos, he encontrado verdad y
angustia en el retrato de una vida convertida en problema sin solución. No
así parte del público barcelonés que abarrotaba la sala, que reía
eufóricamente del acentillo sevillano y los chistes malos de los
protagonistas sin reparar en que tras esas gracias, hay un gran poso de
amargura y frustración personal.
LO MEJOR:
- La fotografía y plasmación visual de trocito de Sevilla y otras pequeñas
localizaciones andaluzas, un suma y sigue en la trayectoria del director. Su
imaginario urbano debería crear escuela.
LO PEOR:
- El guión sin un buen motor y empaque y unos personajes sin grandes
motivaciones.
Nota:
  6
Jesús Manuel Rubio (colaborador).
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