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Como lo oís. Yo no pagué
por esto: 155 minutos de efectos especiales que dejan de ser especiales por
aparecer en cada jodido plano combinados con un culebrón juvenil que, en sus
mejores momentos, recuerda a Salvados por la Campana. Pero no me
entendáis mal: claro que es entretenida, y espectacular y marchosa y todo lo
que uno quiera. Al fin y al cabo no ha recaudado 100 millones en 48 horas
por ser un coñazo. Pero Harry Potter y El Cáliz de Fuego logra
destruir en sus dos primeros tercios lo que Alfonso Cuarón logra en la
sublime tercera entrega de la saga: resulta que ahora, Harry Potter y su
maravilloso mundo de magia, fantasía, misterio y terror han dejado de formar
parte de nuestras fantasías para descubrir que el chaval sufre por AMOR y, a
un nivel un poco más profundo, que Gafitas es una maquina potencial de
hacerse gayolas como cualquier adolescente, en una escuela que se ha
convertido en un hervidero de hormonas.
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“Señor Dumbledore: juro
que lo que vio eran inocentes ejercicios de muñeca”.
Y si vas a hacer esa
película, esa clase de película, por favor, no te quedes a medio camino. Si
quieres hacer Porky’s, haz Porky’s. No digo que haga falta ser
un Robert Mulligan para narrar con clase y originalidad el despertar de un
adolescente, pero que no me den esta especie de Love Actually
con menores por debajo de la edad legal. ¿Se reconciliarán Ron y Harry? A
quién coño le importa. ¿Le pedirá Harry a Hermione que le acompañe al baile?
A quién coño le importa. ¿Revelará Hermione sus sentimientos por un chaval
que no se quita las gafas ni para ir a cagar? A quién coño le importa. La
cuarta entrega de la saga se recordará por ser incluido en un futuro próximo
como un DVD de regalo en la revista Super Pop. O en la Vale. ¿Otra prueba?
La jodida Rita Skeeter (Miranda Richardson, en su tercer papel de perra,
tras Juego de Lágrimas y Sleepy Hollow), una Karmele a la que
se le da mucha más importancia de la que debería tener, prácticamente desde
el momento en el que el guionista Steve Kloves (que, en su cuarto libreto,
debe estar hasta los cojones de tanto mago y añorando los días en los que
dirigió Los Fabulosos Baker Boys) decidió incorporarla a la trama. O
al culebrón. ¿Qué esta trama digna de Los Albóndigas ocupa una
pequeña parte de la película? Bueno, quizás en conjunto, pero está por todas
partes, culminando en el momento deseado por todas las fans de Mago-lito
Gafotas: Harry Potter acosado por un fantasma mientras está desnudo dándose
un baño. Y luego me dicen que por qué fumo: EL PITILLO QUE ME FUMÉ EN EL
PASILLO ME SUPO A GLORIA. Puedo morir perfectamente sin ver esa secuencia.
Ah. El film es más frío
que un cadáver de cinco días enterrado en el Polo Norte. Mike Newell es un
competentísimo artesano y sostiene un pulso narrativo firme a lo largo del
film, pero no hay nada en la superficie: sólo un puñado de extraordinarios
efectos digitales y acción sin freno. Menos mal que estas secuencias son lo
mejor de la saga, sobre todo las pruebas que rodean el Torneo de Trimagos
(reconozcámoslo: ¿a quién no les gustan los concursos en las que se
enfrentan los protas de una peli?): Harry perseguido por un dragón, Harry
convertido en pez, Harry en un laberinto... bueno, es pasable, sí, pero en
el “debe” del film anotamos otra: el clímax. Lord Voldemort da puta risa. Y
no me refiero a un ligero movimiento en la comisura de los labios. Me
refiero a que provoca el descojone en la sala. ¿Y este tío es el Señor de
las Artes Oscuras? ¿El que-no-debe-ser-nombrado-o-te-vas-a-cagar? Venga ya.
Quizás el detalle más original de este personaje (que por cierto es Ralph
Fiennes) sea carecer de napia, pero ni siquiera evocando la memoria de
Michael Jackson consigue meternos ni la mitad de miedo que los soberbios
Dementores de Azkaban. Ni por asomo. Ah, Voldemort, deja de moverte como si
estuvieras bailando en Moscú. Ya vi Billy Elliot. No me gustó.
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¡Pardiez! ¡Encima se
parece a Camilo Sesto!
Actores: bueno... todo
sigue igual, pero con un año más: Ron (Rupert Grint) sigue siendo un moñas,
Hermione Granger (Emma Watson, la intérprete con más talento del grupo) es
literalmente barrida del mapa y Potas sigue contando con el mismo repertorio
de muecas del que hizo gala en la primera entrega de la saga. ¿Añade algo el
siempre espléndido reparto de secundarios? Pche. Alan Rickman sólo tiene una
escena, Maggie Smith está desaparecida en combate y Michael Gambon apenas
puede poner algo de carisma a Dumbledore con tanto pelo. Brendan Gleeson, la
incorporación más notable en esta entrega bajo la piel de Ojo Loco Moody es
posiblemente el único soplo de aire fresco del film, que por otro lado
también se encarga de masacrar a Hagrid (Robbie Coltrane), al que reduce a
una bizarra historia de amor con otra profesora gigante que hubiera hecho
las delicias en unas manos apropiadas como las de Cronenberg (sobre todo
cuando la Sabonis se come un piojo de su barba. Yum. Yum). No me preguntaré
por qué Gary Oldman sólo aparece por ordenador en una chimenea. Claro
desperdicio de talento.
Y así llegamos al final
de la película y al comienzo de una nueva cuesta abajo. ¿He sido demasiado
duro? ¿Recibiré cartas bomba de fans de Harry Pajas en mi buzón la semana
que viene? Si así fuera, espero que la nota adjunta me llegue sin faltas de
ortografía y con las vocales intactas, que no es un mensaje SMS, mis
adorables quinceañeros. Eso sí: tengo todos los libros de Harry Potter, así
que prevenidos estáis porque se de lo que estoy hablando. De lo que estoy
hablando es de que algo se ha perdido de camino a Roma: Cuarón nos entregó
un cuento mágico, algo acerca de crecer, sentirse perdido, incompleto,
vacío, y sólo hasta que uno descubre su lugar en un mundo fascinante; y
creedme, no encontraréis ninguno de esos maravillosos detalles cotidianos en
el mundo de Harry (¿os acordáis de la tercera entrega, cuando un camarero
recogía mágicamente los platos sin dar importancia al asunto?) en este film.
Y ni mucho menos secuencias tan memorables como el vuelo de Harry a lomos
del Hipogrifo (una secuencia que pertenece ya por derecho propio a la
Antología del cine infantil). Ahora, chicos y chicas, lo que tenemos aquí
es, llana y simplemente, una historia acerca de cómo “El niño que vivió”
aprendió a usar su varita. Y me refiero a su OTRA varita.
LO MEJOR:
- Las secuencias de
acción.
LO PEOR:
- El fallo de todos los
fallos: intenta ser fiel al libro, pero traiciona su espíritu. Momentos como
los del tecnobaile con Harry y Ron apoyados en una mesa, aislados con sus
respectivas acompañantes, como un par de solteros borrachos convierte una
saga de fantasía en Al Salir de Clase. Y yo digo: que os den.
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“Desde Santurce a Bilbao,
vengo por toda la orillaaaa”.
-
155
minutos. 9300 segundos. En algunos momentos, 1 coñazo.
NOTA: 5.5
PD: Evidentemente no
podía faltar en un estreno de estas características el público infantil. Lo
malo es que los adorables mocosos que disfrutaban de La Piedra Filosofal
ahora tienen 13 años. Terrible edad, sobre todo para el sufrido espectador
que debe aguantar frases tan desquiciantes como “Amo a Snape” o “Ron es
monísimo” o “Al húngaro le comía de todo”, suspiros varios, cuchicheos y
desprecio total por los mensajes de advertencia de espectadores con los
oídos infectados y los ojos inyectados en sangre. El espectador, claro, soy
yo y las criminales, cinco niñas de edades comprendidas 12 y 13 años y
cociente intelectual comprendido entre -34 y 0. Desde Las Horas Perdidas
enviamos un mensaje desde el cariño a los futuros novios de semejantes
engendros del Averno:
Considera la
masturbación.
Nota:
  5,5
Rafael Martín. |