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Hacer una comedia adolescente es casi siempre caer en una retahíla de
tópicos mil veces vistos, chistes sin demasiada gracia por previsibles y
obvios, la chica objeto de deseo y las típicas escenas de alcohol y drogas.
Con este panorama la chilena Promedio Rojo pintaba como otra película
más a añadir en esa larga lista de pelis olvidables, pero lo curioso es que
manteniendo todos esos ingredientes la película resulta ser todo un acierto.
En Promedio Rojo vivimos el apasionado romance del clásico freak de
instituto, Roberto, un tipo aficionado a los cómics, nefasto en el deporte,
fofo y objeto de todas las bromas y coñas pesadas de un lugar a menudo tan
hostil. Su objeto de deseo es una estudiante nueva llegada de España,
Cristina, que pronto empezará a salir con el chulopollas de la clase, cómo
no. Roberto, que vive con su madre y un abuelo enfermo terminal de cáncer
que sin embargo sigue estando más salido que un mono, y que se pasa el día
con sus amigos Conodoro y Papitas (el primero tocapelotas y el segundo
subnormal), decidirá ponerse manos a la obra para derrocar al guaperas de
turno y conquistar a su chica.
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Nuestro prota acompañado por la chica facilona de la clase.
La película empieza genial, llena de coñas y con un estilo visual muy
potente que tiene como fuerte las fantasías comiqueras del protagonista. La
primera mitad resulta muy divertida para luego dar paso a la parte más
sentimental y que es quizás donde la historia flojea, no tanto por lo que se
cuenta, sino por un cierto parón de ritmo que se recupera al final. Lo
interesante de esta segunda mitad es que sin que la película deje de ser una
comedia trata con bastante más crudeza y seriedad la humillación y el
malestar que para algunos es el paso por un instituto donde tanto compañeros
como profesores contribuyen a la inadaptación del protagonista. También pone
las cartas sobre la mesa, siguiendo con tópicos, pero también realidades
comprobadas, sobre determinados especimenes de instituto como es el rival de
Roberto, Fele, un guaperas que se camela a las chicas con su lado Fran Perea
para al final convertirse en un macarra cualquiera al que no le importa más
que mojar el churro y contárselo a los amigos sin asumir ninguna clase de
responsabilidad. Una película que a diferencia de otras previas que han
pasado por nuestras pantallas al estilo American Pie o más cañís como
Slam o Gente Pez, consigue hacer buen cine y recordarnos
incluso a aquellas películas de instituto de John Hughes como El Club de
los Cinco.
Su director y guionista es por supuesto la clave de todo y es que dirigir tu
primera película con 21 años tiene tela y encima hacerlo con tanto oficio y
manejando tan bien el ritmo, el humor y el punto sentimental. Evidentemente
mucho de lo contado partira de experiencias vividas y observadas
recientemente y se nota por lo creíble de todo lo que se cuenta.
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El objeto de deseo.
El reparto también está genialmente elegido y en torno al protagonista,
Ariel Levy, que es a través del que vemos todo, tenemos unos cuantos
secundarios geniales, empezando por Nicolas Martínez, que da vida a Condoro
y que es el que consigue los momentos más descojonantes de la película.
También la española Xenia Tostado (sobrina de Emilio Aragón en Javier ya
no Vive Solo) consigue hacer un papel muy bueno haciendo que la chica
protagonista sea algo más que la buenorra de la película. Incluso Benjamin
Vicuña, con un personaje tan despreciable como su follador de instituto
consigue destacar.
Santiago Segura es productor de la película a parte de tener un pequeño
papel muy en su estilo (chistes de tetas, vamos), y ha tenido un estupendo
ojo al embarcarse en esta película que muchos directores, seguramente con
vivencias parecidas, han valorado tan bien. Es el caso de gente como Quentin
Tarantino, Robert Rodríguez o Guillermo del Toro.
No es la película del año ni hará historia, pero desde luego a hecho digno y
divertido lo que venía siendo un género quemadísimo y sin puñetera gracia.
Apuntad el nombre de su director, que dará que hablar.
Nota:
   7
Javier Ruiz de Arcaute. |