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A lo
largo de su extensa (y mayoritariamente desconocida, para que nos vamos a
engañar) carrera, el cineasta alemán Werner Herzog ha desarrollado una predilección
por el estudio de toda clase de chalados varios reunidos en la figura de ese
error de la genética llamado Klaus Kinski. En Fitzcarraldo, por ejemplo, la
cosa iba de un hombre al que se le ocurría la feliz idea de transportar un
barco por la selva amazónica... sin emplear el río. En Aguirre, la
Cólera de
Dios, pasaba otro tanto de lo mismo. Y, seamos honestos, este hombre ha
rodado una película titulada Todos los
Enanos
Nacieron
Pequeños, así
que nos enfrentamos a eso que los críticos de
"El
Cultural" definen como “un
cineasta singular”, sin duda.
Así
que si uno se da cuenta en ir a ver Grizzly Man conociendo de qué
rollo va Herzog, está claro que el film está hecho a su medida, porque si de
rodar la vida de zumbados se trata, este documental es Lo Que El Viento Se
Llevó. Esta pieza es un estudio de los últimos días de Timothy Treadwell, un
hombre que parece salido de un concurso de skateboard, que se define a si
mismo como un Guerrero de la Naturaleza y posee una pasión declarada: los
osos grizzly.
Según
la Wikipedia, esta es la definición de un oso grizzly:
“El
Grizzly es uno de los
osos más grandes del mundo. Esta subespecie de oso pardo mide
2,10m y pesa 400 kg. Algunos registros de osos dieron 451 kg de peso. Las
hembras miden 1,80m de alto y pesan alrededor de 270 kg, y son notoriamente
más pequeñas”.
Cuando
a los 10 minutos del documental vemos como Treadwell comienza a dar capones
en el morro a un animal cuyo nombre en latín es Ursus Actos HORRIBILIS, se
masca la tragedia. Sí, niños, lamentablemente, Herzog nos informa de que
tanto Treadwell como su novia perecieron devorados por los osos en 2003.
Triste, pero cierto.
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Retarded.
A lo
largo del metraje, Herzog aparenta estar interesado en explorar la relación
con el hombre y su entorno, y su capacidad de adaptación a la vida salvaje
mientras prescinde de las necesidades que nos hace desarrollar la sociedad
contemporánea, a través de diversas entrevistas con amigos o conocidos del
difunto que intentan desentrañar su personalidad. Y si en realidad Treadwell
fuera un prohombre, un ser inteligente, realmente complejo, misterioso,
lúcido, un lobo solitario, un hombre concienciado en el desarrollo de su
personalidad en paralelo con la evolución de la vida salvaje, quizás Herzog
podría tener una base...
quizás.
“Siempre he desado ser gay. Hubiera sido todo mucho más fácil. Sabes...
es
solo... BANG, BANG, BANG. Los gays no tienen problemas: se van a los
lavabos y a las áreas de descanso y ahí follan...
es tan
fácil para ellos y
tal...”
“¡Quiero lluvia! ¡Por Cristó, Alá o esa cosa hindú que flota!”
“¡Nadie sabrá nunca cómo mi vida ha estado en el precipicio de la MUERRRTEEE!”
Timothy Treadwell.
Herzog
no quiere estudiar el entorno. No quiere estudiar la naturaleza. Para él “no
hay un mundo secreto de los osos, sólo una mirada vacía que expresa a medias
una sensación de hambre”. Pero sí está interesado en el hombre. Treadwell es
la misma clase de “loco” que Herzog ha intentado reflejar en sus películas
pero adaptado al nuevo siglo XXI, donde “la naturaleza es guay”, la clase de
hombre capaz de enfocar todos sus esfuerzos en una idea y dejar de un lado
el sentido común, y la clase de personas que sufren aislamiento y se
convierten en incomprendidos sociales y, lo mejor de todo, les importa un
huevo. El punto fuerte del film es la necesidad de Herzog por responder a
una pregunta muy interesante: ¿por qué todo comportamiento obsesivo termina
acabando en tragedia?.
Obviamente, como en todas las biografías, el interés dura lo que dura el
interés sobre el personaje, y no es mucho, al margen del desconcertante
comportamiento del protagonista (capones en el morro de uno de esos bichos,
como lo oís) y un par de comentarios interesantes. Y es una lástima porque
Herzog es un director que cuando quiere, es realmente espectacular desde un
punto de vista visual. Sin embargo, la mayoría de las imágenes están
captadas por la cámara de Treadwell, con algunas imágenes extraordinarias, y
otras sencillamente vacías (literalmente). El caso es, que es muy difícil
dar a Treadwell una imagen épica es sencillamente imposible, no hay nada que
lleve a pensar que este hombre se deje guiar por un leve resto de
inteligencia. Por supuesto, se han conseguido grandes hazañas a través de la
iniciativa propia, y si Treadwell hubiera tenido un poco más de suerte,
quizás hubiera llegado a ser una figura legendaria de... lo que sea que
estuviera estudiando en las montañas. Pero cuando hablamos de triunfadores
individuales, su comportamiento obsesivo va acompañado por conocimiento,
voluntad, astucia, inteligencia, y ese esquivo atributo llamado talento. Treadwell carece de todas esas cualidades. Es innegable que este es un
documental único sobre un ejemplo realmente catastrófico de la especie
humana que, al igual que en esta obra, cae lastrado por el peso del sentido
común que tan bien expresa uno de los participantes, el guardia forestal Sam
Egli, en relación al plantígrado que devora a Treadwell y a su señora.
“Supongo que ese hombre creería que todos somos una especie de hijos del
universo, o algo así. Creo que ese oso decidió que ya se había hartado de
Treadwell o
que
algo
saltó
en la cabeza del oso cuando pensó: Ey, ¿sabes?,
quizás este tipo se pueda comer...”
LO
MEJOR:
- Que
no busca respuestas fáciles y por primera vez en mucho tiempo, el personaje
objeto de estudio es un verdadero necio. Con N mayúscula. Y con todo lo bueno y lo malo que comporta esa palabra.
-
En
algunos momentos es verdaderamente gracioso.
LO
PEOR:
- Demasiado
largo y demasiado derivativo en algún momento, y Treadwell pasa de ser un
objeto cómico a un ser humano a voluntad del director.
Nota:
   6,5
Rafael Martín. |