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Atentos al argumento:
un concurso de televisión tipo Operación Triunfo presentado por un individuo
egocéntrico e inaguantable (Hugh Grant, quien si no), prepara su nueva
edición con un invitado de excepción como miembro del jurado: el presidente
de los Estados Unidos (Dennis Quaid), un hombre QUE NO ES GEORGE BUSH, POR
FAVOR pero que cree que Corea del Norte y China son el equivalente político
del Dr. Octopus y Magneto, manipulado a sus anchas por su Jefe de Gabinete (Willem
Dafoe). Su presencia es el detonante para que se active un plan terrorista
llevado a cabo por uno de los participantes del concurso (Sam Golzari) que
para ello tendrá que ganar a la nueva novia de América, que en realidad es
un putón desorejado (Mandy Moore), que acaba de dejar a su novio bobainas (Chris
Klein) para triunfar a toda costa en el mundo del espectáculo
estadounidense, que a priori no tiene mucho que ver con el desarrollo de la
política internacional pero como el Pisuerga pasa por Valladolid, ¡que
demonios!, es la excusa perfecta para demostrar que en el siglo XXI, TODO
ESTÁ RELACIONADO.
Paul Weitz es un
director tan bueno como el material que le dan. American Pie te puede
hacer gracia, pero si te mueve a hacer una reflexión profunda, lo siento:
eres imbécil. Por otro lado, en el momento en el que cae en sus manos un
libro de Nick Hornby, el tío va y hace Un Niño Grande y le sale un
peliculón por los cuatro costados. En este caso, el libreto de American
Dreamz está escrito por el propio Weitz, al que hay que agradecerle el
saludable sentido del humor que destila la película, que sin embargo está
lastrada por un pequeño problemilla: no tiene sentido.
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Presidente y presentador.
Premisa A: Operación
Triunfo da asco. Premisa B: El Presidente de los Estados Unidos, es
subnormal. ¿Hay alguna forma de relacionar la premisa A con la premisa B? Si
la respuesta es sí, felicidades: sois los próximos Premios Nobel de las
Ciencias Aplicadas. American Dreamz parecen dos películas distintas
que se relacionan al final, de una forma abrupta y, la verdad, bastante
incomprensible: el Presidente aparece en el programa porque no ha realizado
ninguna aparición pública al estar sumido en una crisis de identidad que
tiene lugar en el momento en el que empieza a leer los periódicos. Sin
embargo, es realmente imposible creer que la mejor manera de levantar el
ánimo (y la popularidad) sea participar en el OT. Y sin embargo, ahí tenemos
a Urdaci en el Club de la Comedia,
así que puedo acabar comiéndome mis palabras.
Las dos partes, por
separado, resultan ser en general, cal y arena. La parte del concurso está
llevada a hombros por Hugh Grant y, atención, la cantante norteamericana
Mandy Moore. Grant es Grant haciendo de “la nueva versión de Hugh Grant”
adaptada a los nuevos tiempos en los que Cuatro Bodas y Un Funeral es
considerada una peli de monjitas. Es el mismo cabronazo que robaba las
escenas de Bridget Jones y que se elevaba a las alturas de mito
contemporáneo en Un Niño Grande. Da gusto verle moverse por el
escenario, despachar a sus subordinados o gritar “¡Quiero frikis!” durante
el casting de los concursantes. Mandy Moore es una sorpresa. La
cantante/actriz está eligiendo papeles un poco más peliagudos que los de sus
compañeras y es de agradecer que afronte su papel con buen sentido del humor
y convicción, al margen de la brillante relación que comparte con el
personaje de Grant, aunque sea más bien por el guión que por la química que
desprenden esta pareja de víboras. Por lo que toca al Presidente, para qué
nos vamos a engañar, hay papeles para los que Dennis Quaid (que ha dado el
pego como All American Hero toda su vida) no está preparado, y parece más
cerca de Leslie Nielsen que de su referente real (QUE INSISTIMOS, NO ES
GEORGE BUSH) pero Willem Dafoe salva hasta la tercera entrega de Condemor,
y en este caso el maquillaje hace milagros, porque da realmente grima y es
uno de los pocos miembros del reparto que realmente sabe equilibrar la
parodia y el realismo en su interpretación, porque hay que mencionar que en
muchas ocasiones, los actores se comportan como meras caricaturas. Señalo en
particular a Chris Klein, que ya no engaña a nadie con esa jeta de colgado y
que podría haberse pegado un tiro en el cráneo tras hacer ese revolucionario
producto de higiene anal que era el remake de Rollerball.
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"¡Quiero ser Chenoa!"
El verdadero puntazo
de American Dreamz son los secundarios a los que, en medio de este
reparto, se les pilla con el rabillo del ojo y están libres de la doble
carga moral del film. Veréis: el otro gran protagonista de la historia es el
bueno de Omer Obeidi, el pobre diablo al que sus compañeros terroristas
envían a Estados Unidos y que inesperadamente se convierte en el arma letal
destinado a acabar con el Presidente. A pesar de que el relativamente
desconocido Golzari da lo mejor de si mismo dando vida al terrorista más
inútil de la historia y lo hace muy bien, queda barrido del mapa por su
primo Iqbal (Tony Yalda). Esto que voy a decir puede sonar retrógrado, facha
y realmente asqueroso en los tiempos que corren, pero Iqbal pierde aceite a
litro por minuto y cada vez que entra en acción la pantalla se llena de
plumas, pero da igual: consigue arrancar las carcajadas de toda la audiencia
cada vez que aparece en la escena, porque su personaje no tiene
trascendencia en la historia y campa a sus anchas, al igual que el “rabino
rapero”, otro de los participantes. Iqbal es realmente gracioso porque en
ningún momento la película te fuerza para hacerte creer que es gracioso.
Porque el problema de
American Dreamz, aparte de mezclar churras con merinas, es que
encima, no se atreve a llegar al final de lo que te propone. Cárgate al
Presidente de los Estados Unidos. Cárgate al presentador. Cárgate a los
participantes. Pon a un palestino como jefe de Estado de la mayor potencia
militar del mundo. Con todo lo que Weitz nos ha ido proponiendo a lo largo
de la historia, se agradecería un final apocalíptico y disparatado, pero
Weitz termina apostando por lo segurito, y eso es lo que da más rabia. Hasta
ese momento, las risas habían sido el perfecto altavoz para levantar una
sonora denuncia, pero no hay ningún mensaje provechoso que sacar de una
película que no se corta en retratar al presidente de los Status como una
marioneta en plan Doña Rogelia, pero que no se atreve a llegar hasta las
últimas consecuencias y eso que es una sátira, donde todo vale y donde
Kubrick se atrevió a poner a un vaquero encima de una bomba atómica.
Sinónimo de los tiempos que corren: grita, salta, baila, provoca y quéjate,
pero hazlo del mismo modo en que follan los puercoespines... con mucho,
mucho cuidado.
LO MEJOR:
- Más inteligente de
lo que parece. La mayoría de los actores, pero sobre todo, los secundarios.
LO PEOR:
- Se queda a medio
camino.
-
La puesta en escena
es de telefilm de la tarde.
Nota:
   6,5
Rafael Martín. |