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“Mi único propósito en
la vida es hacer reír.”
Roger Rabbit
Imaginaos por un momento
que Chiquito de la Calzada, en
1997 (o sea, en la cúspide de su poder mediático) decide organizar uno de
esos conciertos de “fiestas del barrio” que tanto abundan en verano.
Imaginaos por un segundo que los artistas invitados fueran Paco de Lucia,
José Mercé, Tomatito, Camarón o Enrique Morente (nótese la ausencia de
representantes del Flamenco-Fashion, como Ketama o Chambao) y luego digamos
que va Pedro Almodóvar y hace un documental no sólo del evento en sí, sino
de las circunstancias personales que rodean a su organizador (recordemos:
Chiquito) y del ambiente social entre los espectadores del evento.
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Dave Chappelle animando la fiesta.
Con todo ello,
transportemos el material a Estados Unidos (obviando por supuesto el hecho
irrefutable de que son los representantes culturales del Maligno) y
sustituyamos a Chiquito de la Calzada por Dave Chappelle, y a los artistas mencionados por Mos Def, Kanye West,
Jill Scott, The Fugees, Dead Prez, Erykah Badu y a The Roots a los
instrumentos. Almodóvar vuela en línea directa a su
La Mancha natal de una patada en el culo y entra Michel Gondry en escena (director
de Olvídate de Mí). Tenemos Block Party. Y ahora imaginemos
las posibilidades que tiene de estrenarse en España.
Ninguna. Nadie conoce a
Dave Chappelle en nuestro país, a pesar de que en Estados Unidos este tío es
el nuevo Eddie Murphy y algunos de los gags de su show de televisión son
simplemente antológicos (la parodia del Grand Theft Auto entre
ellos). Chappelle renunció a un contrato de 50 millones de dólares y se
marchó durante un año a África, harto de la espiral de dinero que rodeaba su
vida. En los meses previos, mientras el cómico rumiaba esta decisión, se
rodó el documental, que consta de dos partes intercaladas entre sí: el
concierto y los días anteriores en los que Chappelle reparte entradas a sus
conocidos (blancos y negros) de su localidad natal de Dayton, Ohio. Es
sorprendente lo contenido que está Chappelle, que en esta ocasión prescinde
de imitaciones y se limita a hacer gala de un humor tipo Eugenio y a
explicar los motivos que le han llevado a organizar el evento: “Es el
concierto que siempre quise hacer”, afirma encantado.
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Mos Def, yeah, aha, aha, yeah, Mos Def.
El film no es una
antología del cómico. Es un estudio del hombre. Trata de un individuo en un
momento de su vida en el que no sabe muy bien qué hacer con la misma, y que
se decide a organizar una fiesta con un único motivo: celebrar algo porque
sí en una reunión de seres humanos más cercana a la cultura del botellón,
donde predominan las risas, la conversación y los minis que a la cultura del
garito, donde todos los sábados es Nochevieja, te metes en un garito hasta
el culo de gente, pagas 10 euros por copa, tardas ocho horas en ir al
servicio y volver, te vas a otro garito, no te dejan entrar, te vas a otro,
pagas 12 euros (que son más de las seis) e intentas averiguar qué coño te
están diciendo los colegas porque, vaya por Dios, este era el único espacio
que había en todo el local. Pegado al puto altavoz de 4000 vatios, en la
sutil diferencia entre “divertirse” y “ahogar frustraciones”.
Los conciertos públicos,
esa forma de comunicación ancestral, sustituida hoy en día por La Cubierta de Leganés, la Joy Eslava, y
los magos del bongo, son la espina dorsal sobre la que se asienta el
documental de Gondry, en el que nadie está triste y entre número y número
podemos acercarnos a los artistas invitados que a través de pocas palabras,
nos dan su opinión sobre la música como un altavoz de conciencia social y de
expresión de humanidad, muy cercano a lo que se solía hacer en los años 70
(¿recordáis Woodstock? Yo tampoco). Gondry es como un tiburón en este
aspecto, porque ninguna reacción personal pasa desapercibida: las risas de
los viejos que intentan arreglar un coche al principio del film, los gritos
de éxtasis de los chavales de la orquesta juvenil de Dayton cuando se
enteran de que van a tocar en Nueva York, los ciudadanos del pueblo de
Chappelle recibiendo las entradas y recordando con afecto a su hijo pródigo,
el espontáneo que salta en mitad del concierto para improvisar con el
micrófono y un breve arco argumental dedicado a la pareja de ancianos que
vive en el edificio enfrente del cual tendrán lugar las actuaciones, dos
hippies estrafalarios de tiempos pasados que llevan juntos 40 años y son la
prueba irrefutable de que cada oveja encuentra a su pareja. Algún día.
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Los viejippys.
¿Y las actuaciones?
Bien, si por casualidad eres aficionado a lo mejor de lo mejor del rap
(descartando a los gangsta rappers y demás escoria), amigo/a mío: estás en
el Paraíso. Es difícil saber con qué carta quedarse, pero creo que hay tres
momentos estelares en el documental: Kanye West cantando Jesús Walks
acompañado de la banda musical de chavales antes mencionada (majorettes
incluídas); Mos Def con Umi Says en directo y, sobre todo, un increíble
dueto de You Got Me (el mayor éxito de The Roots) con Erykah Badu y Jill
Scott. Musicalmente hablando, no parece haber ni un solo momento débil en el
concierto, a pesar de pequeños errores de improvisación y fallos en la
calidad del sonido (el evento se organiza, cagontó, en medio de una fuerte
lluvia).
Pero por encima de todo,
este es el show de Chappelle y su persona, que se encuentra totalmente
expuesta al público y encuentra inconcebibles momentos de intimidad y
autorreconocimiento: “Me levanté esta mañana a las cuatro. Me dormí hasta
las ocho y me volví a acostar a las dos. Porque soy un cómico y no doy un
palo al agua”. Y porque Chappelle está harto. Harto de la industria. Harto
de sí mismo, de su imagen y de la prostitución del entretenimiento. Tan
harto de que la única forma de expresarlo es a través de un blues: “Mi chica
me ha dejado.
Mi coche se
ha roto. He perdido veinte dólares. Tengo problemas. Estoy hecho mierda. Es
cierto, tengo más problemas de los que puedo contar.
Por eso puedo decir ‘Que te
jodan’”.
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Jill Scott.
Dave’s Chappelle
Block Party es
el documento de un hombre quemado que descubre que ante la duda, lo mejor
que puede hacer es hacer lo que mejor sabe hacer. Hacer reír.
Y, chico, el tío es
bueno.
LO MEJOR:
- Prácticamente
todo. Es una de esas extrañas obras que profundiza en nuestro estado de
ánimo y lleva a empatizar con el vecino de enfrente.
LO PEOR:
- No se va a estrenar
en España. Nadie sabrá de ella. Será una oportunidad desperdiciada. ¿O no?
Nota:
    8,5
Rafael Martín. |