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Ante todo hay que empezar dejando claro que la película no se ha hecho con
intención política alguna, una lectura casi inevitable estos días, pero se
empezó a realizar hace casi tres años. Zulo no va de ETA, de las
víctimas del terrorismo, de opciones políticas o de reivindicaciones de
ningún tipo, se trata, según el propio director, de una metáfora sobre la
degradación humana que podría deberse igualmente a una depresión, no se dan
motivos ni se sugieren.
Partiendo de ese objetivo mucho más abstracto, la película refleja cómo un
hombre pasa de ser una persona hecha y derecha a convertirse en un alma en
pena debido a un secuestro que no comprende y cuya causa es totalmente ajena
a él. Aparece en un zulo y a partir de ese momento simplemente se enfrentará
al desgaste físico y mental de la situación.
La película se desarrolla casi en su totalidad en un pozo real en el que el
protagonista, un sorprendente Jaume García Arija, actor que da todo en la
película (incluyendo unos cuantos kilos), es casi la única referencia
narrativa. Eso, y el reducido espacio, ha llevado a que el trabajo se centre
en dos aspectos, la evolución del protagonista y una planificación que
permita un notable dinamismo a pesar de no movernos de sitio.
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La futura vivienda del joven español medio.
Teniendo en cuenta el planteamiento de la película, esa transformación del
protagonista, el trabajo es casi inmejorable, pero también es cierto que las
limitaciones son muchas y los recursos escasos, sobre todo en lo espacial.
Conseguimos meternos de lleno en la cabeza de Miguel, la víctima, e ir
pasando perfectamente por sus distintos estados de ánimo, desde el
desconcierto inicial a la desesperación final. Sus únicos acompañantes son
una manta roñosa, unas velas y un cubo para la mierda, que acaba rebosante
justo cuando más hecho polvo está Miguel. Su contacto con el exterior se
limita a sus dos secuestradores que cada día destapan el agujero para
soltarle un bocadillo, grabarle y vigilar que siga vivo.
Carlos Martín Ferrera consigue dar un ritmo adecuado a la película, que
desespera por la situación de su protagonista, pero no por aburrimiento, y
para ello se vale de una gran variedad de planos (dentro de las
posibilidades) y de una banda sonora que juega con los contrastes, pero
donde a veces se alarga un poco y da cierta sensación de videoclip dentro de
la película.
La duración no llega a la hora y media y aunque es un tiempo muy
recomendable para la película, quizás le sobren algunos minutillos en
ciertos tiempos muertos, que son pocos, porque es cierto que casi todo el
rato está sucediendo algo y que para reflejar la situación del protagonista
es necesario dar tiempo a esos momentos.
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Así da gusto despertarse.
Se trata de una película valiente (más siendo una ópera prima sin
subvenciones ni pasta de las televisiones para su realización), poco
corriente y a la que quizás resulte algo difícil acercarse porque no es
normal tener una historia en un agujero con un único actor el 80% del
metraje. Pero que no sea eso lo que eche para atrás, quien quiera ver algo
distinto sin que eso suponga el clásico plastazo con pretensiones, tiene en
esta película una buena oportunidad. Su paso por Sitges y Fantasporto
reportó una mención especial del jurado y un premio al mejor actor
respectivamente, así que no va mal encaminada.
Viviendo en un país donde el cine necesita sangre nueva de forma urgente,
Carlos Martín Ferrera puede ser un nombre a tener en cuenta, más aún siendo
un tipo honesto con sus planteamientos, quiere contar sus historias pero
quiere abarcar a la mayor cantidad de público posible, y eso se nota en su
estilo, nada convencional y mucho más dinámico que lo que generalmente vemos
por aquí.
Nota:
   7
Javier Ruiz de Arcaute. |