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Bienvenidos al extraordinario crucero Poseidón. Grande que te cagas y
armado hasta los dientes con lo último de lo último en tecnología de ocio y
navegación, su fiesta de inauguración reúne a lo más selecto del panorama
vip dispuesto a pasar una agradable velada en la que...
HOSTIA QUE VIENE UNA OLA!!!!
En
Poseidón, la catástrofe comienza a los 13 minutos exactos de película y
no para hasta los títulos de crédito, que llegan 80 minutos después, lo que
convierte al film de Wolfgang Petersen en un “entretenimiento sin
pretensiones” de HORA y MEDIA frente a otros “entretenimientos sin
pretensiones” de CASI TRES HORAS. Y no veáis lo que se agradece. Poseidón
no es tan mala como su pobre recaudación de taquilla y sus críticas
templadas tirando a horrendas llevan a pensar. Simplemente es un
espectacular capítulo de televisión dirigido por Wolfgang Petersen, del club
de los artesanos, que diría Andrés Montes. Con una característica muy
particular: cuando llega la hora de ser violento, este tipo no se arruga...
(Petersen,
claro. No Montes).
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"I'm the hero."
A
diferencia de filmes
catastróficos
anteriores, aquí cunde realmente el pánico y el agobio y si hay que mostrar
como una persona besa el santo suelo tras una caída de treinta metros, pues
se muestra y punto. Y si hay que poner la cámara delante de un protagonista
que muere agonizando mientras sus pulmones se llenan de agua, se pone y ya
está. La escena del ataque de la ola es de lo mejorcito visto este verano:
espectaculares travellings de cámara mientras vemos a vips y gente famosa
corriendo como pollos sin cabeza estampándose desde alturas increíbles
contra, uy, una columna; o arrasados por las corrientes, devorados por las
llamas o, en un increíble golpe de genio impropio de Hollywood,
descuartizados en una descomunal lavadora (que es en lo que se convierte la
sala de fiestas cuando el agua entra a saco porque no, genios, el cristal de
protección definitivamente no aguanta la presión). Para los que se pregunten
las razones por las que una ola de treinta metros sale de la nada, la culpa
la tiene la cantante de Black Eyed Peas, que hace un cameo y en el momento
en el que empieza a cantar, la ola manda el barco a tomar por culo. La
naturaleza es sabia.
Evidentemente hay supervivientes, aunque en esta ocasión más bien podrían
ser llamados “víctimas potenciales”. Caminando por espectaculares decorados
(el del vestíbulo del crucero, boca abajo, enorme, es verlo para creerlo),
los pobres diablos caminan a través de su juego de la oca particular, donde
los peligros de aplastamiento, achicharramiento o electrocución están a la
orden del día, y aprovechan los momentos de respiro para que esos tipos que
leen guiones y luego los sueltan en alto (estooo...
actores) intenten dar profundidad a los personajes (y lo de profundidad
conste que lo he puesto a posta). Si bien la mayoría de ellos son
completamente inanes, destacar el ex alcalde de Nueva York (!) interpretado
por Kurt Russell (siempre eficiente), el vividor experto en rescate y
supervivencia (!!) que es Josh Lucas (actor que vale para mucho más, pero
hay que comer) y como colofón el arquitecto gay interpretado por el
“recuperado” Richard Dreyfuss, que se gana el aprecio incondicional del
público cuando mete una patada en la boca a un pobre camarero, que cae
ardiendo cincuenta metros para terminar siendo aplastado por un ascensor.
También circula por ahí una experta en cine de catástrofes, Emmy Rossum,
felizmente recuperada de la gangrena que casi la manda al otro barrio en
El Día de Mañana y Jacinda Barrett, que tras enamorarse de Bridget Jones
ha decidido que morir ahogada en un tsunami es, como poco, una experiencia
similar.
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Barco equipado con lo último en circuitos Spa.
Pero...
amigos,
es lo que hay y lo que hay no es ninguna afrenta. Para empezar, es un remake
superior al original (en el que teníamos a Gene Hackman haciendo de
predicador loco, a Shelley Winters buceando cincuenta metros y la mera
presencia del asesinable Ernest Borgnine). En segundo lugar, hay momentos en
los que hay verdadera sensación de agobio y eso no es fácil. Todo el mundo
se esperaba que el guión fuera una mierda (que lo es) pero la planificación
de Petersen es a la vez sencilla y eficaz. No recurre al montaje, sino que
los trompazos se suceden con planos largos que permiten sacar partido del
escenario en toda su extensión y luciendo los 150 millones de dólares del
presupuesto a cada minuto. Y tercero, por muy chorra que sea su personaje,
Josh Lucas demuestra el carisma suficiente para llevar el ritmo de la
acción, salvando los momentos más increíbles con aplomo, en particular el
momento en el que se lanza a una piscina de llamas.
El
“debe” de la película, poniéndonos serios, sería más largo que mi brazo. El
niño merece morir de todas las formas descritas anteriormente, pero a la
vez. El capitán del barco se ha dejado la chapa de “soy retrasado y merezco
morir” en el camarote. La banda sonora a lo Piratas del Caribe de
Klaus Badelt, compositor de, rayos, Piratas del Caribe, es
simplemente penosa (afortunadamente no sale mucho) y en lo que se refiere a
los diálogos véase ejemplo: “¡No me llaman Larry el Afortunado por nada!
¡Hay que ser afortunado!”
El
hecho de que Larry el Afortunado acabe siendo devastado medio segundo
después por 1000 kilos de maquinaria nos indica que la primera que se ríe de
la película es la propia película. Riámonos con ella y pasemos unos buenos y
breves 90 minutos siempre que no estemos de acuerdo con la explicación del
capitán acerca de catastrófico evento, mientras intenta calmar a los
supervivientes:
“Es
una ola solitaria, damas y caballeros. Son raras, son impredecibles... y son
letales”.
Rayos.
LO
MEJOR:
-
La
puesta en escena de Petersen.
-
Solo
90 minutitos.
LO
PEOR:
-
Lo de
siempre, en una producción de estas características: es tonta como una
quinta capa de pintura. Parece escrita por mi perro. Y no tengo perro.
Nota:
  5,5
Rafael Martín. |