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Matt Saunders (Luke
Wilson, que es un verdadero coñazo de actor) tiene problemas: de entre todas
las tías que hoy en Nueva York se ha ido a liar con Jenny Johnson (Uma
Thurman: nunca ha sido una actriz de otro planeta, pero esto es pasarse) una
tímida y apocada empleada de “no se qué” y que, en realidad no es otra que
La Chica G, una superheroína que vuela, salta, atrapa ladrones, apaga incendios y
cosas del oficio. Dentro de los estereotipos femeninos que nos regala el
cine de Hollywood, Jenny entra en la categoría 37-b, lease “zorra paranoica”
que no dudará en descargar su ira contra el pobre Matt cuando éste comienza
a sentirse atraído por su compañera de trabajo, Hannah Lewis (Anna Faris,
que no es tanto una actriz como una especie de objeto femenino que se
inserta en una película para aumentar el nivel de estrógenos). En mitad de
todo el asunto entra el supervillano, el profesor Bedlam, antiguo amor de
Jenny y dirigiendo todo el cotarro se encuentra Ivan Reitman que nos
recuerda que la película es suya porque nada más empezar nos regala esa
fabulosa música de campanillas que la oigo y me dan ganas de estrangular
perritos recién nacidos (para más información sobre la banda sonora,
ver este vídeo).
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Le lleva una chica... ¡truchón!.
Mi Super Ex-Novia es como la película de superhéroes que haría vuestra vecina bakala de 15 años, la del tatuaje de Justin Timberlake entre las tetas: no
tiene ni puta gracia; en segundo lugar, es un coñazo, y en tercer lugar,
véanse el primer y el segundo lugar. Es el film que hubiera escrito la
susodicha tras caminar hasta su casa, borracha como una cuba a las dos de la
mañana y encontrar, empalado en su tacón de 15 centímetros un cómic de un cachas moreno con capa que vuela y lanza rayos por los
ojos. Llega a su casa, escribe el guión (a mano, con boli púrpura fashion y
puntuando las íes con corazoncitos) y se lo pasa a Ivan Reitman, un director
tan bueno como el material que le dan o, mejor aún, como el que acepta, que
suele estar en el fondo del barril de los guiones.
Comprobemos un momento la filmografía de este señor: Cazafantasmas (y
secuela), Los Gemelos Golpean Dos Veces, Poli de Guardería, Junior, esa
tontería con Robin Williams y Billy Cristal de la que ni recuerdo el
título... ver una película de Ivan Reitman es como estar tumbado en el campo,
viendo las vaquitas, las abejitas y regocijarse bañado por el sol que te da
en la frente. Es como fornicar con un condón de acero blindado. Hay sólo una
experiencia menos arriesgada que ver una peli de Ivan Reitman y se llama
“jugar al parchís”.
La
idea es nefasta, pero tiene posibilidades. Danny de Vito convirtió un
divorcio en una batalla campal en La Guerra de los Rose, y no veo por que no esta película podría haber tirado por
derroteros mucho más ácidos y burros (la idea del maltrato físico a la
inversa: una mujer dando una paliza de espanto a un tío es algo que me
regocija sin paliativos). Debe ser porque la dirige, ¡ah, sí!, Ivan Reitman,
el hombre sin gónadas. Esa flaccidez se contagia inmediatamente a los
actores o, en este caso, se retroalimenta: Wilson, que cree que puede pasar
por actor sólo con dar el pego de “tipo normal” y ASÍ NO VA
LA COSA, es un experto en poner cara medio de angustia, medio de “¿estamos
rodando ya?”. Funciona con ese otro coñazo de director (sólo para
espectadores con un cociente intelectual de más de 210) que es Wes Anderson.
Aquí no. Ni siquiera su compañero, Vaughn Heige, que hace del típico salido
feo y tonto (al que da vida Rainn Wilson, famoso por participar la versión
americana de la serie británica The Office), es capaz de aportar algo de
mordiente al tema, salvo repetir los mismos chistes una y otra, y otra vez.
Especialmente dramático es el caso de Uma Thurman, que es una actriz con una
belleza particular que funciona con directores que sepan sacarla partido (lo
que requiere una sensibilidad que Reitman no tiene, y encima desconoce esa
palabra) que ni siquiera es capaz de ser guay mientras da hostias como
superheroína y eso que ha rodado Kill Bill. Evitaré comentar algo sobre su
alter ego porque me recuerda a cuando hizo Batman y Robin y por ahí no paso.
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"Vas a cobrar como te pongas tonto."
Claro, ninguna película de Ivan Reitman es cutre, y ésta no es la excepción.
Todo está rodado de una forma impecable (recordemos: fiiiino y seguro) e,
incluso, me atrevería a decir que algunas escenas están bastante logradas
(como el momento en el que Super G, o
la Chica G) arroja un tiburón blanco a la cama de nuestro protagonista, en un
ataque de celos. O cuando apaga un incendio o, cuando (OJO, SORPRENDENTE
DESTRIPE) se pelea con la nueva novia de Matt, que también adquiere poderes.
Pero es tan excitante como cuando conduces a veinte por hora y, en un
arrebato de irresponsabilidad y de vivir peligrosamente, lo pones a
veinticinco y encima te crees Mad Max.
Paso de seguir. Si, es tan mala.
LO
MEJOR:
-
Es
posible que si lloráis mucho o caéis en gracia a la de la taquilla os
devuelvan un diez por ciento de la entrada. Durante esa hora y media que
pasáis en viendo la peli, las posibilidades de que os atropelle un coche son
inexistentes. A lo mejor pilláis algún trailer guapo antes de que empiece
esta mierda… No se, muchas cosas buenas, ninguna relacionada con la
película.
LO
PEOR:
-
Miles de niños del
tercer mundo muriendo de hambre e Ivan Reitman, con su música de los
cojones, rodando esa cosa. Al final, Matt y el profesor Bedlam se van a
tomar una cerveza mientras sus chicas se van a salvar el mundo. En ese
momento se encienden las luces de la sala y de entre todos los espectadores
del planeta Tierra, uno se levanta y grita extasiado aplaudiendo a rabiar.
Se llama Jesús Vázquez.
Nota:
 3
(que podría ser un 0 perfectamente).
Rafael Martín. |