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Dos horas y media de
película después, uno tiende a estar de acuerdo con el consenso de los
críticos internacionales: es un nuevo Bond, pero no deja de ser Bond. El
mecanismo es simple: menos “efectos especiales”, más “profundidad”, más
“realismo”, más “violencia” y menos “milongas”. Seamos sinceros: esto es
una película de palomitas, pero es una película de palomitas seria, larga y
compleja, que tiene éxito a la hora de poner al día a un personaje como 007
sin que pierda las características que le han hecho reconocible en el mundo
entero y que para desgracia de muchos, se aparta de la parodia en la que se
habían convertido los films de Bond desde Goldfinger y que culminaron
hace dos años, con muere otro día, y Pierce Brosnan (cojo carrerilla)
SURFEANDO EN MEDIO DE UN TSUNAMI, ESCAPANDO DE UN RAYO LASER ESPACIAL DEL
DIÁMETRO DE UNA PLAZA DE TOROS. Algunos llamaron a esto degeneración
inevitable, yo lo llamo pura y simple diversión.
Es el Bond de siempre,
pero es un Bond un poquito más realista que de costumbre. Eso no quiere
decir que no haya escenas que siguen bordeando el cachondeo (¡autodesfibrilación!,
¡saltos entre edificios a treinta metros de altura!) pero a diferencia de
sus hermanas mayores, Casino Royale cree que realmente estas cosas
pasan en el mundo real, y lo expresa con rotunda convicción. Es un film
violento, y pelín sanguinario, pero no deja de ser ligeramente exagerado.
Casino Royale bordea (y de vez en cuando entra a saco) en el terreno del
cine fantástico, pero Martin Campbell, Paul Haggis y la pareja de guionistas
Purvis y Wade intentan mantener el espectáculo con los pies en la tierra,
con largos y sinuosos diálogos, continuas referencias al mundo de hoy en día
en el que vivimos los mortales, y con un nuevo Bond interpretado por Daniel
Craig, que me recuerda al portero que me echó a patadas de una discoteca,
hace cinco o seis años.
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El nuevo Bond, con rasguñitos.
Es un equilibrio muy
inestable. El film parece pasarse todo el rato explicando a la audiencia lo
que pretende, y convenciendo al espectador que un tío que es capaz de
aniquilar una Embajada (incluyendo a un pelotón de soldados armados) es tan
humano como otra persona cualquiera, cuando la saga de Bourne simplemente ES
y no tiene que molestarse en analizar las motivaciones de sus personajes. El
problema es que llevamos como medio siglo de Bond, y la leyenda es tan
pesada que quizás es por ello que el film tarda 45 minutos en llegar al
meollo de la cuestión (un villano llamado Le Chiffre -Mads Mikelsen,
redefiniendo el concepto de ‘tipo asquerosito’- organiza una partida de
poker en un casino de Montenegro. El dinero de las apuestas será empleado en
fines no muy benéficos. 007 tiene que detenerle. Punto pelota). Parece que
el film se avergüenza de sus predecesores, y no tendría que ser así:
nuestros buenos ratos hemos pasado.
Y también hay muy buenos
ratos, de esos, en esta película. Está impecablemente realizada por Martin
Campbell (un artesano de puta madre en este tipo de género, y que vuelve a
la saga tras dirigir Goldeneye) y cuando se trata de dar hostias, las
hay para aburrir; desde la persecución inicial en Madagascar entre 007 y el
‘Yamakasi’ Sebastián Foucet, la que tiene lugar en un aeropuerto, con el
avión más grande del mundo como fondo, y hasta el clímax final (y trágico)
en Venecia. La partida de póker es un ejercicio de intriga muy bien llevado,
y la historia de amor fatal es simple, y se desarrolla sin estridencias,
gracias a la buena química entre Green y Craig. La actriz francesa (que está
mucho más tremenda al natural hasta que se pone ese rimel de mapache) cumple
a la perfección porque a diferencia de otras antecesoras, aquí tiene papel
sobre el que trabajar (los primeros momentos entre Bond y ella son de lo
mejor de la película, relajados y graciosotes), y Craig... bueno, a quién le
importa si es el Bond adecuado o no. Creo que hay mejores elecciones por ahí
rondando, pero Craig malo no es, a la espera de que en sucesivas secuelas se
adapte mejor al personaje. Por lo menos, el tipo es capaz de mostrar más de
dos emociones a lo largo de toda la película.
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Esto es una chica Bond.
Total, que mucho lavado
de cara. Es recomendable, es entretenida y desde luego que se aprecia cierto
giro en las intenciones de sus creadores. Y aun así, es lo mismo que hemos
visto siempre: chicas, playas, cochazos y trajes caros. No es un giro total
ni pretende serlo, es una actualización de la saga que si bien alcanza
momentos brillantes y que hacen a Daniel Craig pequeño acreedor al título
(como la escena en la que le torturan los huevos), y sigue siendo territorio
ya visto. No está mal, pero por ahí hay un tipo llamado Matt Damon que me
dicen que le da cien patadas.
LO MEJOR:
- Cumple.
Es convenientemente espectacular y está dirigida de forma clásica y
sencilla, sin aspavientos. Los actores por fin se dedican a interpretar algo
más que simples estereotipos de dos líneas de guión: M (espléndida Judi
Dench) funciona como jefe y tutora moral de un Bond que todavía en proceso
de formación. Es un ejemplo del cuidado que han puesto en desarrollar el
guión, más que las hostias.
LO PEOR:
- Es lo mismo que hemos
visto siempre. Quizás el problema no son los gadgets, quizás es que James
Bond siempre debió ser una parodia de agente secreto, y así debió quedarse.
Los peores momentos del film son aquellos en los que se intenta reconciliar
el agente superhumano que siempre fue 007 con una trama de espías
convencional y realista. Simplemente, encaja raro.
Nota:    7
Rafael Martín. |