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Lo
primero de todo, una recomendación: si no habéis visto En La Habitación, el
anterior trabajo del director de Juegos Secretos (o, como la
llamaremos a partir de ahora, Little Children), ya estáis corriendo a
verla. Es uno de los mejores dramas que me he echado a la cara y un punto de
referencia a seguir para entender de qué va en realidad el nuevo film de
este señor, que comienza espléndidamente pero que termina perdiendo fuelle
en su último acto, una vez que ha terminado de describir el estrafalario
ambiente en el que viven sus protagonistas y se decide a contar una
historia. Kate Winslet, por cierto, emerge como la única rival de Helen
Mirren en los Oscar de este año, si hubiera justicia en este mundo.
Decenas
de relojes aparecen en el primer plano de Little Children, con lo que
sabemos nada más empezar que la vida de los habitantes de un apacible
suburbio de East
Wyndham es…eso, un verdadero coñazo. Sin embargo,
nil desperandum, que se van a chocar dos trenes en marcha: el primero, la
relación entre Sarah Pierce y Brad Adamson. Antigua feminista y ahora madre
frustrada con un marido que prefiere oler bragas (literalmente) antes que
disfrutar de su compañía, y un tirado de casi 40 años que pasa sus noches
intentando entrar en la puerta de la biblioteca para estudiar de cara a su
inminente examen de derecho. Un día, cuando Sarah besa inesperadamente a
Brad en mitad de un parque para escandalizar a sus vecinas/para demostrarse
a sí misma que sigue viva, se pone en marcha una cierta amenaza de tormenta
en el barrio que se convierte en huracán en el momento en el que Ronnie
McGorvey, un pederasta, se instala en la casa de su madre tras cumplir su
condena. Es más un símbolo que un criminal: es el objetivo perfecto para que
los aburridos y mediocres residentes descarguen sus iras, en lo que creen
que es el mal absoluto. Sería la medicina perfecta para romper la rutina. El
problema es que las cosas no son tan sencillas…
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Como quien no quiere la cosa, esta actriz se come todas sus
pelis con patatas.
Durante
una buena mitad de la película, Kate Winslet, Patrick Wilson y Jackie Earle
Haley no son más que meros mecanismos para examinar los trapos sucios del
barrio. El guión, a pachas por Field y el autor de la novela original, Tom
Perotta, explica a través de una voz en off casi omnipresente (y, a veces,
demasiado cargante) la sensación de hastío que rodea a los personajes,
ninguno de los cuales parece haber aprendido nada de la vida: en el momento
en el que tienen la oportunidad de escapar de su vida diaria, muestran el
primer síntoma de inmadurez, hacer las cosas sin pensar en las consecuencias
de sus actos. El ojo del espléndido director de fotografía español
Antonio Calvache planea sobre las habitaciones y los personajes y,
durante el tiempo en el que Little Children es una disección de la
rutina en la vida contemporánea, el film funciona perfectamente.
La
primera parte, que culmina con la presentación oficial del pederasta
McGorvey en la comunidad (nada más lanzarse a la piscina comunitaria, y
acompañado de unos acordes que recuerdan muy vagamente a los de Tiburón,
provoca una estampida en masa en los bañistas), está sustentada por Winslet
y Wilson, con Jennifer Connelly en un mero papel secundario, puramente
testimonial. Son medianamente guapos y están aburridos. El film tarda siglos
en llegar a un momento que sabemos va a pasar desde el primer momento, pero
no por ello dejamos de identificarnos con Brad en el momento en el que se
une al equipo de fútbol americano del vecindario y recuerda sus días de
gloria en el instituto, olvidando así que se siente completamente capado
(qué chorrada) por su mujer, que es la que se encarga de poner la comida en
la mesa. Por otro lado, la antigua feminista experimenta una especie de
descubrimiento: con veinte años es fácil ser feminista. Con cuarenta, decide
que es hora de explotar su belleza antes de que se le pase el arroz. Desde
luego que el comportamiento de estos personajes puede ser de cajón, pero
Wilson y Winslet tienen química, y se adaptan, particularmente la segunda,
como un guante a sus roles. Nunca han sido del tipo de actor histérico y se
agradece, porque ajustan su ritmo al del film.
El
único personaje que realmente está en una espiral es el señor pederasta. Y
Jackie Earle Haley es un verdadero descubrimiento. Muchas películas
inteligentes humanizan a sus monstruos, pero pocas le dedican tanto tiempo
como lo hace Field, particularmente encantado con este personaje. McGorvey
es odioso y repulsivo, pero está vivo. Es el único que realmente se está
jugando en el vecindario, al margen de los juegos triviales de sus
protagonistas. Es el que lucha con todas sus fuerzas contra lo que es
realmente, el único que realmente es querido (por su madre) y el único que
se enfrenta a una verdadera sensación de derrota, frustración y por último,
locura de frenopático.
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Hombre afortunado.
La
interpretación de Haley es una faena digna de encomio (el momento de la
masturbación en el coche es escalofriante), pero su personaje aparece
demasiado tarde y es casi como un “…y lo mas importante, por último…”
después de un largo y a veces aburrido discurso en el que se nos ponen de
relieve un tema como el amor, que aquí se aborda como un juego
particularmente intrascendente. Es difícil causar interés cuando Field
cuenta una historia con tanta distancia de por medio (otra vez, la voz en
off), y con un estilo alejado del ‘in-your-face’ que predominaba en su
anterior film, pero al menos transmite un mensaje y lo lleva al destinatario
de una forma muy decente a lo largo de la mayor parte del film: cuando somos
jóvenes, amamos porque queremos. Con 40, amamos porque nos aburrimos.
LO
MEJOR
Winslet,
desapareciendo en el papel, y la primera hora de película, dominada por una
exquisita puesta en escena (de nuevo, aplausos para Calvache) y por el
sentido de la narración de Field, que, incluso en este aparente bajón, se
confirma como un tío que tiene ganas de contar muchas cosas y contarlas
bien.
LO PEOR
Entre
la primera mitad y la segunda no hay mucha relación, y hay un bajón de
interés en su tercer acto.
Nota:    6,5
Rafael Martín. |