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JUEGOS SECRETOS

Direción: Todd Field

Guión: Todd Filed, Tom Perrotta

Reparto: Kate Winslet, Patrick Wilson, Jennifer Connelly, Gregg Edelman, Sadie Goldstein, Ty Simpkins, Noah Emmerich, Jackie Earle Haley, Phyllis Somerville

Fotografía: Antonio Calvache

Montaje: Leo Trombetta

Música: Thomas Newman

Arte: John Kasarda

Productores: Albert Berger, Todd Field, Ron Yerxa

Productores ejecutivos: Kent Alterman, Toby Emmerich, Patrick J. Palmer

Productora: New Line Cinema, Bona Fide Productions, Standard Film Company

Distribución: TriPictures

Lo primero de todo, una recomendación: si no habéis visto En La Habitación, el anterior trabajo del director de Juegos Secretos (o, como la llamaremos a partir de ahora, Little Children), ya estáis corriendo a verla. Es uno de los mejores dramas que me he echado a la cara y un punto de referencia a seguir para entender de qué va en realidad el nuevo film de este señor, que comienza espléndidamente pero que termina perdiendo fuelle en su último acto, una vez que ha terminado de describir el estrafalario ambiente en el que viven sus protagonistas y se decide a contar una historia. Kate Winslet, por cierto, emerge como la única rival de Helen Mirren en los Oscar de este año, si hubiera justicia en este mundo.

Decenas de relojes aparecen en el primer plano de Little Children, con lo que sabemos nada más empezar que la vida de los habitantes de un apacible suburbio de East Wyndham es…eso, un verdadero coñazo. Sin embargo, nil desperandum, que se van a chocar dos trenes en marcha: el primero, la relación entre Sarah Pierce y Brad Adamson. Antigua feminista y ahora madre frustrada con un marido que prefiere oler bragas (literalmente) antes que disfrutar de su compañía, y un tirado de casi 40 años que pasa sus noches intentando entrar en la puerta de la biblioteca para estudiar de cara a su inminente examen de derecho. Un día, cuando Sarah besa inesperadamente a Brad en mitad de un parque para escandalizar a sus vecinas/para demostrarse a sí misma que sigue viva, se pone en marcha una cierta amenaza de tormenta en el barrio que se convierte en huracán en el momento en el que Ronnie McGorvey, un pederasta, se instala en la casa de su madre tras cumplir su condena. Es más un símbolo que un criminal: es el objetivo perfecto para que los aburridos y mediocres residentes descarguen sus iras, en lo que creen que es el mal absoluto. Sería la medicina perfecta para romper la rutina. El problema es que las cosas no son tan sencillas…

Como quien no quiere la cosa, esta actriz se come todas sus pelis con patatas.

Durante una buena mitad de la película, Kate Winslet, Patrick Wilson y Jackie Earle Haley no son más que meros mecanismos para examinar los trapos sucios del barrio. El guión, a pachas por Field y el autor de la novela original, Tom Perotta, explica a través de una voz en off casi omnipresente (y, a veces, demasiado cargante) la sensación de hastío que rodea a los personajes, ninguno de los cuales parece haber aprendido nada de la vida: en el momento en el que tienen la oportunidad de escapar de su vida diaria, muestran el primer síntoma de inmadurez, hacer las cosas sin pensar en las consecuencias de sus actos. El ojo del espléndido director de fotografía español Antonio Calvache planea sobre las habitaciones y los personajes y, durante el tiempo en el que Little Children es una disección de la rutina en la vida contemporánea, el film funciona perfectamente.

La primera parte, que culmina con la presentación oficial del pederasta McGorvey en la comunidad (nada más lanzarse a la piscina comunitaria, y acompañado de unos acordes que recuerdan muy vagamente a los de Tiburón, provoca una estampida en masa en los bañistas), está sustentada por Winslet y Wilson, con Jennifer Connelly en un mero papel secundario, puramente testimonial. Son medianamente guapos y están aburridos. El film tarda siglos en llegar a un momento que sabemos va a pasar desde el primer momento, pero no por ello dejamos de identificarnos con Brad en el momento en el que se une al equipo de fútbol americano del vecindario y recuerda sus días de gloria en el instituto, olvidando así que se siente completamente capado (qué chorrada) por su mujer, que es la que se encarga de poner la comida en la mesa. Por otro lado, la antigua feminista experimenta una especie de descubrimiento: con veinte años es fácil ser feminista. Con cuarenta, decide que es hora de explotar su belleza antes de que se le pase el arroz. Desde luego que el comportamiento de estos personajes puede ser de cajón, pero Wilson y Winslet tienen química, y se adaptan, particularmente la segunda, como un guante a sus roles. Nunca han sido del tipo de actor histérico y se agradece, porque ajustan su ritmo al del film.

El único personaje que realmente está en una espiral es el señor pederasta. Y Jackie Earle Haley es un verdadero descubrimiento. Muchas películas inteligentes humanizan a sus monstruos, pero pocas le dedican tanto tiempo como lo hace Field, particularmente encantado con este personaje. McGorvey es odioso y repulsivo, pero está vivo. Es el único que realmente se está jugando en el vecindario, al margen de los juegos triviales de sus protagonistas. Es el que lucha con todas sus fuerzas contra lo que es realmente,  el único que realmente es querido (por su madre) y el único que se enfrenta a una verdadera sensación de derrota, frustración y por último, locura de frenopático.

Hombre afortunado.

La interpretación de Haley es una faena digna de encomio (el momento de la masturbación en el coche es escalofriante), pero su personaje aparece demasiado tarde y es casi como un “…y lo mas importante, por último…” después de un largo y a veces aburrido discurso en el que se nos ponen de relieve un tema como el amor, que aquí se aborda como un juego particularmente intrascendente. Es difícil causar interés cuando Field cuenta una historia con tanta distancia de por medio (otra vez, la voz en off), y con un estilo alejado del ‘in-your-face’ que predominaba en su anterior film, pero al menos transmite un mensaje y lo lleva al destinatario de una forma muy decente a lo largo de la mayor parte del film: cuando somos jóvenes, amamos porque queremos. Con 40, amamos porque nos aburrimos.

LO MEJOR

Winslet, desapareciendo en el papel, y la primera hora de película, dominada por una exquisita puesta en escena (de nuevo, aplausos para Calvache) y por el sentido de la narración de Field, que, incluso en este aparente bajón, se confirma como un tío que tiene ganas de contar muchas cosas y contarlas bien.

LO PEOR

Entre la primera mitad y la segunda no hay mucha relación, y hay un bajón de interés en su tercer acto.

Nota:  6,5

Rafael Martín.

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