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21
Gramos
es la segunda película de Alejandro González Iñárritu,
que enamoró a medio mundo con su impactante y poderosa opera prima,
Amores Perros. La temática de su
segundo esfuerzo no ha cambiado ni un ápice con respecto a la anterior: la
culpa, el amor, la venganza, la pérdida siguen siendo piedra de toque sobre
la que se construye un complicado ejercicio narrativo en el que se
entrecruzan las historias de Paul Rivers (Sean Penn), un enfermo terminal de
corazón que tiene la suerte de recibir, en el último momento, el corazón de
Michael Peck, atropellado, junto con sus dos hijas, por el expresidiario
Jack “Lobo” Jordan (Benicio Del Toro), un “reconvertido”
que ha encontrado a Dios en su celda. El último vértice de este triángulo es
Christina Peck (Naomi Watts), mujer de Michael, una antigua “bala perdida”
que ve como su mundo se desmorona con la muerte súbita de toda su familia.
Hablar de tales temas
supone un considerable ejercicio de talento. Iñárritu lo tiene. Es más: le
sobra. La construcción de las tragedias de los personajes y su capacidad
para darles dimensión
humana es, de verdad, encomiable. Sin embargo, para poner de relieve sus
(ligeros) defectos, vamos a poner una odiosa comparación con el modelo con
el que compite este año. Este modelo es
Mystic River.
Para bien o para mal,
Iñárritu dedica todos sus esfuerzos a hacer de 21
Gramos una versión
corregida y aumentada de Amores Perros.
Por desgracia, para mal del espectador que entra con buen ánimo en la sala,
la obsesión del director mejicano por mostrarnos la desolación que cubre a
los personajes se hace demasiado evidente. Si bien posee una mirada y una
delicadeza especial para los pequeños detalles (la vida cotidiana, por
ejemplo, de Christina), no para de remarcárnoslos
una y otra vez con lo que el efecto dramático se pierde en buena medida. Sin
embargo, no hay que dejar de recordar que la historia que nos está contando
(en su totalidad), habla de tristeza y pérdida, con lo cual este defecto es
criticable solamente si deseáramos
que la película hubiera contado con algo de ligereza. El relato de Eastwood,
sin embargo, deja ver a un realizador muchísimo más experimentado que se
niega a recurrir a efectos de creación o montaje (algo a lo que Iñárritu, en
un pequeño deje de inseguridad, acude durante todo el metraje) y deja que la
historia y su impacto fluyan con los personajes. El dinamismo y la
coherencia de la historia que tito Clint nos cuenta no se ve perjudicada en
ningún momento por lirismos innecesarios, con lo que el efecto sobre el
espectador es brutal (Dios, como me hubiera gustado hacer la crítica de esta
joya). 21 Gramos
está marcada en algunas ocasiones por pequeñas parrafadas poéticas que
restan realismo y crudeza a una historia que requeriría de una narración más
lineal, para profundizar en el desarrollo de la historia.
No hay, de todos modos,
que rechazar la propuesta de González
Iñárritu, el cual, efectos narrativos aparte, demuestra una habilidad
encomiable con los actores, en lo que es, posiblemente y en conjunto, el
mejor reparto del año. Pocas veces puede uno ver un film en el que los
intérpretes se dediquen con tanta saña a llegar hasta el límite. Del Toro
realiza un tremendo ejercicio de contención. Es casi un símbolo detonante
que lleva a Paul y a Christina a tomar una decisión que cambiará para
siempre sus vidas. Naomi Watts es el otro extremo: un manojo de emociones
descontroladas que vive pendiente de un hilo. Watts, para todos los que la
seguimos desde Mulholland Drive, es omnipresente y su papel es el más
agradecido a los excesos interpretativos (léase
esto como desgañitarse a moco tendido, lo que le ocurre unas cuantas veces),
pero eso no desmerece en absoluto una actuación portentosa, llena de
dinamismo y fuerza, justo lo que el personaje necesita. La actriz realiza un
desnudo (físico y emocional), como pocas veces se ha visto en el cine
reciente.
Y luego está Sean Penn.
Poco a poco la gente se tendrá que ir rindiendo a una verdad irrefutable:
con lo que ha demostrado este año,
en Mystic River y en está película puede decirse que es, ahora mismo,
el actor más en forma del panorama cinematográfico. La manera en la que
juega con su personaje y le da forma es algo digno de verse: cuando está
enfermo, cuando está agonizando, cuando está cansado, cuando está ligando
forma un cúmulo de perspectivas que hacen de
Rivers un ser humano con todos sus matices. La mejor interpretación del
reparto. El hecho de que esté nominado por
Mystic River, en la que tiene un
rol con el que comparte ciertas similitudes, pero expresadas de una forma
más sutil, da fe del hecho de que Sean Penn no sólo está recuperado para la
profesión, sino que es el enemigo a batir por Bill Murray en la gala de los
Oscar®
de este año.
Y para concluir,
hablaremos de Iñárritu y de Guillermo Arriaga, creadores del universo donde
se desenvuelven los personajes. Un gran trabajo dramático y una dirección
enérgica: la cámara en
mano es un elemento fundamental y muy bien empleado: la acción de cada
escena es fácil de seguir, con secuencias de gran duración en las que los
actores se desarrollan por completo, unido a una exquisita fotografía,
heredera del estilo de Steven Soderbergh en
Traffic colaboran a crear ese
ambiente que mezcla crudeza e irrealidad, que tanto están empleando los
realizadores latinoamericanos (en especial, Alfonso Cuarón en la maravillosa
Y tu mamá también). No dejéis
que os aturda el montaje, sin lugar a dudas lo peor de la película, en el
que presente y pasado se alternan en cada escena, para intentar dar un
efecto dramático parcial, que, sinceramente no se consigue por ningún lado.
Sin embargo, el producto es mucho mayor que la suma de las partes y, en su
globalidad, la peli consigue perfectamente sus intenciones .
21 Gramos
es una película brillante y demoledora, que, a pesar de ciertas salidas de
tono, consigue plenamente su objetivo: que todos nosotros estemos un poco
más contentos de llevar la vida que llevamos y de poder asistir, de vez en
cuando, a espectáculos como el que se nos brinda aquí. Muy, pero que muy
recomendada.
Nota:
  
8
Rafael Martín. |