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Dura
173 minutos. Participan en ella 30.000 extras. Contiene más de veinticinco
mil kilómetros de metraje rodado. Sólo su preproducción ha llevado más de
dos años. Es gigantesca, es monstruosa, es a ratos (pocos) portentosa, a
ratos (muchos) un coñazo. Es Alejandro Magno.
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La familia de Alejandro: con parientes como
estos quién necesita enemigos.
Oliver
Stone es todo lo contrario a lo que representa el Dogma, quizás por eso me
gusta. Su forma de entender el cine no se reduce a poner la cámara en un
sitio y dejar que la acción se desarrolle de forma natural. Concibe el cine
como una labor conjunta de fotografía, música, montaje e interpretación, y
suele pasarse las reglas tradicionales por el forro de los cojones. Stone es
el cineasta más enérgico de nuestros días, y cada minuto busca sorprendernos
e impactarnos con un nuevo truco de cámara, un nuevo efecto visual… lo que
sea para no dejar al espectador indiferente.
Además, siempre se ha tratado de un cineasta perdido en el exceso. Ya sea en
la Guerra del Vietnam (Platoon) o en el fútbol americano (Un
Domingo Cualquiera) su cine siempre se ha visto marcado por constantes:
la guerra, la violencia y la pasión humana por la grandeza, por trascender.
Quizás por eso le tiran tanto las biografías: Nixon, Comandante o
Alejandro Magno son los mejores ejemplos. Ahora mismo, parece claro que
la biografía del gran conquistador macedonio sólo podría dirigirla un hombre
como Stone.
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Ptolomeo, Hefestión y Alejandro se preparan
para la batalla contra los persas.
Alejandro Magno (Colin Farrell, dando lo mejor de sí… y fracasando la mayor
parte de las veces) muere de fiebre tifoidea a los 30 años, dejando tras de
sí un imperio que ocupa la décima parte de la Tierra. Su infancia, sus
victorias contra los persas y su imparable avance hasta la India nos son
reveladas a lo largo de esta película, que no se queda en el mero relato
bélico: Stone intenta que nos metamos en la piel de Alejandro, contemplando
sus obsesiones por la figura paterna, y por la búsqueda de un amor con el
que compartir sus triunfos.
Entran
en acción Angelina Jolie y Val Kilmer como sus papás. Jolie es lo mejor de
la película sin lugar a dudas: tiene una presencia tan apabullante que hace
avanzar la acción incluso cuando no hay acción (un gravísimo problema de la
película del que ahora hablamos). Olimpia es una furia: cruel, manipuladora
y despiadada; y no tiene ningún problema en humillar a su marido Filipo (Val
Kilmer, completamente sonámbulo) incluso cuando éste la está violando. Jolie
es la única del reparto que parece captar el tono de “gran drama” que Stone
le quiere dar a la historia. Al igual que Kilmer, el resto de actores
tampoco parecen cumplir a la altura de las circunstancias: Jared Leto no
posee carisma alguno como Hefestión, el amor “platónico” de Alejandro, y
Anthony Hopkins hace un espectacular “págame que tengo prisa” en sus cinco
minutos como Ptolomeo, antiguo general del conquistador y ahora narrador de
la historia. Destacar el desperdicio de Rosario Dawson como concubina de
Alejandro: su personaje se esfuma como un pedo en el viento. Lo que parece
difícil que se esfume son sus tetas, porque son lo nunca visto, oyes.
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Hefestión: compañero, confidente y amiguito.
Pero
el gran problema es el guión: un desbarajuste impresionante sin pies ni
cabeza en el que no se aclara ni el público ni el propio Stone. El caso es
que sobra casi la mitad del metraje, esa mitad en la que los personajes
empiezan a hablar y a hablar como cotorras, sólo para subrayar algo que el
director nos está contando con imágenes. Sí, ya sabemos que Alejandro está
traumatizado por la relación con sus padres. Sí, ya sabemos que sus
preferencias sexuales abarcan tanto ostras como caracoles. Y sí, ya sabemos
que busca la gloria por encima de todas las cosas. Entonces, ¿por qué
insistir repitiendo lo mismo escena tras escena?. La emoción y la intriga
desaparecen, y los detalles más importantes de su biografía (o sea, los que
REALMENTE ocurrieron) como su intento de asesinato y las múltiples
conspiraciones que sufrió en sus últimos años nos importan un comino porque
estamos aburridos. El pésimo guión de la película convierte a Alejandro
Magno en un enorme castillo de piedra sujeto por palillos. Una pena,
realmente.
Y es
una pena porque la dirección de Stone hace milagros con semejante
batiburrillo. Para empezar, es la película más espectacular que he visto en
mi vida. Cada uno de los 160 millones de dólares de presupuesto han sido
aprovechados hasta el último centavo en un film que se acerca, por
ambiciones, a Titanic o Cleopatra. La primera batalla en
Persia hay que verla para creerla: cincuenta mil personas (reales) dándose
de guantazos en el desierto en medio de un sol abrasador y una tormenta de
arena que da lugar a algunas de las imágenes más hermosas vistas en el cine
reciente. Los decorados, enormes, inconmensurables, son un prodigio de
concepción gracias a Jan Roelfs, diseñador de producción; y el director
norteamericano muestra ojo de artista en escenas tan conseguidas como la
conversación en las cuevas entre Filipo y su hijo Alejandro, donde la
fotografía de Rodrigo Prieto (21 Gramos) se alza como gran
protagonista. A mí me gusta particularmente la batalla final en la India,
por lo menos hasta el momento en el que Stone se mete el tripi y nos mete un
filtro rojo que casi nos obliga a ponernos gafas de sol. ¡Ah!,
imprescindible el chubasquero para que no nos salpique la sangre. Que esto
no es Troya.
Pero
todo esto no oculta el hecho de que Alejandro Magno es una película fallida.
Un poco menos de duración hubiera hecho de esta experiencia algo mucho más
disfrutable. Sin embargo, no hay que despreciar los numerosos méritos de
este nuevo film del director de la memorable JFK: a pesar de que sus
ambiciones no son cumplidas ni de lejos, momentos aislados del film esconden
una película con fuerza y vigor, y que recuerda a los mejores tiempos de un
director que, aunque tenga un guión (confuso) y unos actores (dormidos) en
su contra, siempre busca dar una última vuelta de tuerca en una película en
la que, tal y como nos dice el mismo film, algunos fracasos son más
admirables que muchos éxitos.
LO
MEJOR:
- La
puesta en escena de Stone que mantiene al espectador con los ojos abiertos a
pesar de que lo que se nos cuenta no tiene interés alguno.
- Angelina
Jolie demuestra que, muy de vez en cuando, belleza y talento SÍ que van
unidos.
- Los
decorados y el vestuario dejan con la boca abierta al espectador.
Técnicamente, deja sin aliento. La excepción, la música de Vangelis, que se
cree que sigue estando en Blade Runner.
LO
PEOR:
- Colin
Farrell. A pesar de que se nota que el chico se deja la piel en el film, me
confirma la idea que ronda en mi cabeza desde hace mucho tiempo: como muchos
macarras de nuestros días, ladra mucho, pero muerde poco. Su intensidad es
completamente artificial.
- Oliver
Stone rompe una de las reglas básicas del cine: “Enseña, no cuentes”.
- El
guión es insípido, previsible y falto de garra. Una cosa es humanizar a uno
de los grandes conquistadores de la historia. Otra cosa es convertir a un
hombre que ganó más de 70 batallas seguidas en un megalomaníaco gilipollas.
Nota:
 
5,5
Rafael Martín. |