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ALEJANDRO MAGNO

Direción: Oliver Stone

Guión: Oliver Stone, Christopher Kyle, Laeta Kalogridis

Reparto: Colin Farrell, Angelina Jolie, Val Kilmer, Jared Leto, Anthony Hopkins, Rosario Dawson, John Kavanagh, Jonathan Rhys-Meyers, Rory McCann, Nick Dunning, Christopher Plummer, Jessie Kamm

Productores: Moritz Borman, Jon Kilik, Thomas Schühly, Iain Smith, Oliver Stone

Productores ejecutivos: Aslan Nadery, Volker Schauz

Productora: Warner Bros., Intermedia Films, Pacifica Film, Egmond Film & Television, IMF

Distribución: Warner Sogefilms

Dura 173 minutos. Participan en ella 30.000 extras. Contiene más de veinticinco mil kilómetros de metraje rodado. Sólo su preproducción ha llevado más de dos años. Es gigantesca, es monstruosa, es a ratos (pocos) portentosa, a ratos (muchos) un coñazo. Es Alejandro Magno.

La familia de Alejandro: con parientes como estos quién necesita enemigos.

Oliver Stone es todo lo contrario a lo que representa el Dogma, quizás por eso me gusta. Su forma de entender el cine no se reduce a poner la cámara en un sitio y dejar que la acción se desarrolle de forma natural. Concibe el cine como una labor conjunta de fotografía, música, montaje e interpretación, y suele pasarse las reglas tradicionales por el forro de los cojones. Stone es el cineasta más enérgico de nuestros días, y cada minuto busca sorprendernos e impactarnos con un nuevo truco de cámara, un nuevo efecto visual… lo que sea para no dejar al espectador indiferente.

Además, siempre se ha tratado de un cineasta perdido en el exceso. Ya sea en la Guerra del Vietnam (Platoon) o en el fútbol americano (Un Domingo Cualquiera) su cine siempre se ha visto marcado por constantes: la guerra, la violencia y la pasión humana por la grandeza, por trascender. Quizás por eso le tiran tanto las biografías: Nixon, Comandante o Alejandro Magno son los mejores ejemplos. Ahora mismo, parece claro que la biografía del gran conquistador macedonio sólo podría dirigirla un hombre como Stone.

Ptolomeo, Hefestión y Alejandro se preparan para la batalla contra los persas.

Alejandro Magno (Colin Farrell, dando lo mejor de sí… y fracasando la mayor parte de las veces) muere de fiebre tifoidea a los 30 años, dejando tras de sí un imperio que ocupa la décima parte de la Tierra. Su infancia, sus victorias contra los persas y su imparable avance hasta la India nos son reveladas a lo largo de esta película, que no se queda en el mero relato bélico: Stone intenta que nos metamos en la piel de Alejandro, contemplando sus obsesiones por la figura paterna, y por la búsqueda de un amor con el que compartir sus triunfos.

Entran en acción Angelina Jolie y Val Kilmer como sus papás. Jolie es lo mejor de la película sin lugar a dudas: tiene una presencia tan apabullante que hace avanzar la acción incluso cuando no hay acción (un gravísimo problema de la película del que ahora hablamos). Olimpia es una furia: cruel, manipuladora y despiadada; y no tiene ningún problema en humillar a su marido Filipo (Val Kilmer, completamente sonámbulo) incluso cuando éste la está violando. Jolie es la única del reparto que parece captar el tono de “gran drama” que Stone le quiere dar a la historia. Al igual que Kilmer, el resto de actores tampoco parecen cumplir a la altura de las circunstancias: Jared Leto no posee carisma alguno como Hefestión, el amor “platónico” de Alejandro, y Anthony Hopkins hace un espectacular “págame que tengo prisa” en sus cinco minutos como Ptolomeo, antiguo general del conquistador y ahora narrador de la historia. Destacar el desperdicio de Rosario Dawson como concubina de Alejandro: su personaje se esfuma como un pedo en el viento. Lo que parece difícil que se esfume son sus tetas, porque son lo nunca visto, oyes.

Hefestión: compañero, confidente y amiguito.

Pero el gran problema es el guión: un desbarajuste impresionante sin pies ni cabeza en el que no se aclara ni el público ni el propio Stone. El caso es que sobra casi la mitad del metraje, esa mitad en la que los personajes empiezan a hablar y a hablar como cotorras, sólo para subrayar algo que el director nos está contando con imágenes. Sí, ya sabemos que Alejandro está traumatizado por la relación con sus padres. Sí, ya sabemos que sus preferencias sexuales abarcan tanto ostras como caracoles. Y sí, ya sabemos que busca la gloria por encima de todas las cosas. Entonces, ¿por qué insistir repitiendo lo mismo escena tras escena?. La emoción y la intriga desaparecen, y los detalles más importantes de su biografía (o sea, los que REALMENTE ocurrieron) como su intento de asesinato y las múltiples conspiraciones que sufrió en sus últimos años nos importan un comino porque estamos aburridos. El pésimo guión de la película convierte a Alejandro Magno en un enorme castillo de piedra sujeto por palillos. Una pena, realmente.

Y es una pena porque la dirección de Stone hace milagros con semejante batiburrillo. Para empezar, es la película más espectacular que he visto en mi vida. Cada uno de los 160 millones de dólares de presupuesto han sido aprovechados hasta el último centavo en un film que se acerca, por ambiciones, a Titanic o Cleopatra. La primera batalla en Persia hay que verla para creerla: cincuenta mil personas (reales) dándose de guantazos en el desierto en medio de un sol abrasador y una tormenta de arena que da lugar a algunas de las imágenes más hermosas vistas en el cine reciente. Los decorados, enormes, inconmensurables, son un prodigio de concepción gracias a Jan Roelfs, diseñador de producción; y el director norteamericano muestra ojo de artista en escenas tan conseguidas como la conversación en las cuevas entre Filipo y su hijo Alejandro, donde la fotografía de Rodrigo Prieto (21 Gramos) se alza como gran protagonista. A mí me gusta particularmente la batalla final en la India, por lo menos hasta el momento en el que Stone se mete el tripi y nos mete un filtro rojo que casi nos obliga a ponernos gafas de sol. ¡Ah!, imprescindible el chubasquero para que no nos salpique la sangre. Que esto no es Troya.

Pero todo esto no oculta el hecho de que Alejandro Magno es una película fallida. Un poco menos de duración hubiera hecho de esta experiencia algo mucho más disfrutable. Sin embargo, no hay que despreciar los numerosos méritos de este nuevo film del director de la memorable JFK: a pesar de que sus ambiciones no son cumplidas ni de lejos, momentos aislados del film esconden una película con fuerza y vigor, y que recuerda a los mejores tiempos de un director que, aunque tenga un guión (confuso) y unos actores (dormidos) en su contra, siempre busca dar una última vuelta de tuerca en una película en la que, tal y como nos dice el mismo film, algunos fracasos son más admirables que muchos éxitos.

LO MEJOR:

- La puesta en escena de Stone que mantiene al espectador con los ojos abiertos a pesar de que lo que se nos cuenta no tiene interés alguno.

- Angelina Jolie demuestra que, muy de vez en cuando, belleza y talento SÍ que van unidos.

- Los decorados y el vestuario dejan con la boca abierta al espectador. Técnicamente, deja sin aliento. La excepción, la música de Vangelis, que se cree que sigue estando en Blade Runner.

LO PEOR:

- Colin Farrell. A pesar de que se nota que el chico se deja la piel en el film, me confirma la idea que ronda en mi cabeza desde hace mucho tiempo: como muchos macarras de nuestros días, ladra mucho, pero muerde poco. Su intensidad es completamente artificial.

- Oliver Stone rompe una de las reglas básicas del cine: “Enseña, no cuentes”.

- El guión es insípido, previsible y falto de garra. Una cosa es humanizar a uno de los grandes conquistadores de la historia. Otra cosa es convertir a un hombre que ganó más de 70 batallas seguidas en un megalomaníaco gilipollas.

Nota:   5,5

Rafael Martín.

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