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Por momentos inspirada y
ligera, por momentos aburrida y pretenciosa. Las
Invasiones Bárbaras es, en la más pura línea del cine europeo, una
película fría y distante, cuya temática merecía más de carne en el asador, a
pesar del reparto. La verdad es que uno no termina de entender por qué esta
película se ha llevado tantos premios: ni se puede estar de acuerdo con la
palma de oro a la mejor interpretación femenina, de
Marie-Joseé Croze (que hace de yonqui, muy guapa y muy, muy aburrida) ni con
su guión, que no es más que una serie de reflexiones sobre la vida con más
información que auténtica carga emotiva.
En cualquier caso, Las
invasiones bárbaras es la historia de Remy, un profesor de universidad mas
rojete que Lenin que se muere de cáncer en un cochambroso hospital de Quebec.
Su hijo Sebastien, broker de bolsa y triunfador hecho a sí mismo, decide
acomodarle con todo lujo de detalles en la el sótano del hospital y reunir a
los viejos camaradas de armas de su padre, así como a algunas amantes (de
los cientos que ha tenido) para que se despidan de él. La ultima pieza es
Natalie, hija de una de éstas amantes que, como adicta a la heroína que es,
se ofrece para suministrarle droga en los momentos de mayor dolor.
De esta forma, las
reflexiones irónicas sobre la vida se mezclan con una triste mirada hacia
atrás, hacia todo lo que Remy tuvo una vez y que se ha perdido en el tiempo.
Cuando Remy (un estupendo Remy Girard) saca su vena cómica, las risas (que
no las carcajadas), están servidas. El problema son las aburridísimas
conversaciones con sus amigos culturetas acerca de la política, la sociedad
y cosas así. Las invasiones bárbaras sufre en muchos momentos el defecto (al
igual que otras películas de corte similar como A Proposito
de Schmidt o American Beauty) de querer mezclar de forma
repentina muchos géneros entre sí, con lo que el espectador no sabe que
carta quedarse.
Merece la pena destacar
las interpretaciones del reparto y la astucia del director al reflejar la
manía que tenemos hoy en día de despreciar el pasado e impersonalizar todo
lo que nos rodea. Lo malo es que ese distanciamiento afecta demasiado a la
película como para que nos emocionemos realmente con ella, dado que ninguna
de las múltiples relaciones que se establecen entre los personajes de la
película llegan a desarrollarse al máximo. Si encima añadimos que aparece
ese peacho de actor que es Roy Dupuis (sí, Michael, el de la serie Nikita,
el que parece un muñeco de cera), la desgracia está casi servida. Menos mal
que los momentos cómicos dan cierta vidilla al asunto, y el espectador no
termina de aburrirse totalmente.
Todavía no me ha quedado
muy claro el porqué del título, a pesar de las múltiples referencias a la
invasión de la cultura americana en nuestras vidas (la película está hecha
desde una perspectiva claramente izquierdista, ultraliberal, y procanadiense),
así como a los ataques del 11 de septiembre (y aquí si que me descoloco del
todo: ¿a qué puñetas viene eso?), pero es lo de menos. Aún con sus altos y
sus bajos, una película decente, pero exageradamente bien recibida por la
crítica internacional, que debería salir del Nirvana intelectual en el que
se encuentra y poner un poquito los pies en la tierra.
Nota:
 
6
Rafael Martín. |