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Ver Bon Voyage es una delicia. Una gozada. Una HEMORRAGIA DE PLACER.
Pocas veces he visto un film que mantenga un ritmo tan infernal durante 115
minutos en los que los personajes corren, saltan, se pelean, disparan,
gritan, roban, se enamoran, y se desenamoran con una facilidad pasmosa. Lo
que empieza como un drama se convierte por arte de magia en una “screwball
comedy” en la mejor tradición de Howard Hawks, una espléndida comedia coral
llevada con mano maestra por Jean-Paul Rappenau, el Peter Weir del cine
francés.
Y como para construir una buena película empezamos por los cimientos, pues
decir que el guión es una obra de ingeniería alemana. No es que esté lleno
de agudos diálogos o ingeniosas réplicas (que los hay), sino que lo
sorprendente es la forma en la que personajes (geniales), drama (poco),
comedia romántica (muchísima), acción (bastante) y contexto histórico están
integrados para formar un todo en el que nada sobra ni falta. Esto nos
lleva, de una vez por todas, a contar de que puñetas va la peli, pero es que
me dejo llevar y así no hay manera.
Viviane Denvers (Isabelle Adjani) es la actriz más famosa de Francia, país
que está bajo la inminente ocupación de los Nazis, en 1940. Tras meter la
pata hasta el fondo y matar por accidente a un acosador, Viviane,
manipuladora como ella solita, se las apaña para meter al joven periodista
Frederic, vecino de la infancia de la actriz, de la que está enamorado hasta
las cejas, para intentar arreglar el embolado. Un triste accidente dará con
los huesos de pobre Frederic (Gregorí Derangere, el héroe de la función y un
descubrimiento con mayúsculas Arial 72, un maestro de la comedia física) en
la cárcel. Sin embargo, la ocupación de París por los nazis le obligara a
escapar a Burdeos en compañía de su amigo contrabandista Raoul (Yvan Attal),
del profesor Kopolski (Jean-Marc Stehle) y su ayudante Camille (Virginie
Ledoyen, que por mucha falda recatada y pinta de empollona no logra ocultar
que tiene mas curvas que el Jarama además de un sorprendente talento para la
comedia. Quien lo iba a decir, con esa carita de ángel bobo que tiene.), los
cuales transportan un peligroso cargamento. Una vez en Burdeos, Frederic se
reencontrará con Viviane, ahora bajo el ala de Jean-Ettiene Beaufort, un
político mas chaquetero que Tamayo, al que da vida Depardieu - con unos 50
kilos menos. Tal tejemaneje no pasará desapercibido al periodista Alex
Winckler (Peter Coyote).
Y esto es solo el principio. Más allá del perfecto guión, Rappeneau consigue
que la película se haga encantadora a los ojos del público, gracias a la
química que desprenden los actores, irresistibles todos y cada uno, por lo
bien que están dibujados tanto por los guionistas como por los intérpretes.
A destacar Adjani y Derangere, una pareja con gancho al mas puro estilo
Hollywood clásico. Con todo esto el 75% de una gran película está hecho,
pero falta por alabar la impresionante realización técnica de la película,
con Rappeneau rodando cada plano como si fuera único, con una elegancia, una
fluidez en el montaje y una mano para los diálogos que asusta de lo fácil
que parece. Si encima cuentas con la fotografía de Thierry Larbogast,
colaborador de Luc Besson, y una exquisita banda sonora de Gabriel Yared, el
de El Paciente Inglés, pues tienes un caballo ganador como pocos se
han visto.
Pero eso no es todo. La guinda del pastel es que Bon Voyage es más que la
suma de sus partes. El trasfondo histórico, la rendición de los franceses
con la creación del Gobierno de Vichy, la brevísima aparición de De Gaulle
de camino a Londres, el espíritu de la Resistance, el caos que se desató en
Francia previo a la ocupación, todo conforma el marco donde se desarrolla la
acción, para devolvernos la fe en la idea de que las mejores películas
bélicas son aquellas donde la guerra es, simplemente, el trasfondo donde se
desarrollan las historias humanas, y ésta que Rappeneau nos cuenta aquí es
de las mejores. Divertidísima, logradísima, magistral.
Nota:
   
9
Rafael Martín. |