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No deja de resultar raro
que, de todos los que hacemos esta página que es de todos, sea yo, que con
gusto colocaría El Último
Boy
Scout entre mis
películas favoritas, el encargado de realizar la crítica
de la última película de Almodóvar, lo que supone en un principio, que antes
de ver la película he tenido que realizar un tremendo esfuerzo para
liberarme de prejuicios cinematográficos, y eso no ha resultado nada fácil.
Vayamos a ello, pues.
Almodóvar hace ya tiempo
que encontró su propia voz: su propia forma de contarnos las historias
combinando guión, imagen y sonido de forma que su mensaje, tanto en su forma
como contenido, nos remite directamente a él. Sabemos desde los primeros
cinco minutos que es una película de Almodóvar, y eso no lo consiguen muchos
realizadores, tanto nacionales (casi imposible) como extranjeros. Por un
lado, resulta magnífico comprobar que en España existe un realizador de
estas características, pero, por otro, Almodóvar corre el riesgo de
repetirse a sí mismo, como le pasó a Woody Allen hace mucho tiempo.
La Mala Educación
era una espina clavada en el realizador manchego desde hace mucho tiempo. Su
aproximación al tema de la hipócrita moral eclesiástica en tiempos de Franco
es impecable: huye del documental para explicarnos las condiciones en los
colegios de la época como trasfondo de un thriller al que, por desgracia,
nunca logra cogerle el punto del todo. El argumento en un primer nivel es
sencillo: Eduardo Godoy (Fele Martínez) es un realizador de cine
independiente en el Madrid de los años 80 que, un día, recibe la inesperada
visita de Ignacio Rodríguez
(Gael Gª Bernal), un antiguo amor del colegio interrumpido por las
maquinaciones del Padre Manuel (Giménez
Cacho), un pederasta de mucho cuidado enamorado de Ignacio. Partiendo de un
relato de Ignacio titulado La Visita, Eduardo volverá a revivir esos
dolorosos momentos a la vez que intenta descubrir el misterio de Ignacio,
que no es quien dice ser.
Almodóvar puede sentirse
muy contento con este film. A mí me ha convencido. Es muy complejo, y se
mueve a distintos niveles, así que las posibilidades de fallar aumentan,
pero el director mantiene su pulso estético y narrativo habitual, gracias en
parte a la actuación de Gª Bernal, el cual tira (y mucho) de la
sobreactuación. No es Johnny Depp en Piratas del Caribe, pero se
agradece porque compensa la cara lánguida que lleva Fele Martínez
durante toda la película. El thriller funciona a medias porque empieza muy
bien, pero luego emplea soluciones propias de culebrón para zanjar la trama
principal, que es el descubrimiento de la verdadera identidad de Ignacio,
cerrándola de una forma
un tanto abrupta (y rutinaria).
La tan cacareada crítica
a la iglesia sufre de otro tanto de lo mismo. No hace falta ser un genio
para ver en Godoy al alter ego de Almodóvar, un tío tremendamente quemado
con sus experiencias en el colegio. En esos momentos hay situaciones muy
originales y muy bien llevadas, pero cae un tanto en el estereotipo con el
personaje del Padre Manuel (al que le faltan dos cuernos, el tridente y el
rabo para ser el Anticristo), pero vamos, que yo he dado tres años de
catequesis, estoy bautizado, comulgado y confirmado y que, de ese tipo de
curas, “haberlos, haylos”. Daniel Giménez
Cacho pone unas caras de “me estoy comiendo por dentro” que no veas. Un
auténtico sufridor.
Sin embargo, todo
transcurre con natural fluidez a través de un correctísimo guión y una
dirección (apoyada en una soberbia fotografía de José Luis Alcaine) a la
altura habitual del realizador. Por desgracia, sus tics le pierden en muchos
momentos: Almodóvar, al igual que Vicente Aranda, tiende a confundir
“momento erótico” con “porno setentero”, y pone énfasis en momentos en los
que se echaría de menos una mayor sutileza pero claro, ser sutil nunca ha
sido el punto fuerte de Almodóvar, que a veces se pasa de listo con tanta
estética, en detrimento de la historia, en la que se vuelve a hablar de
PASIONES, CELOS, SEXO y DRAMA TOTAL con mayúsculas, remarcados por la
rimbombante banda sonora de Alberto Iglesias, que en tiempos medios funciona
muy bien, pero que cuando saca el ritmo te deja la cabeza como unas maracas.
Éste es el fallo al que
antes hacía mención: es una película de Almodóvar. Si eres un fan, pues no
te sentirás en absoluto
decepcionado: es de lo mejorcito que ha hecho, no tan contenido como Todo
Sobre
Mi Madre,
pero más maduro que Pepi, Lucy y Bom… y demás sandeces de su primera
etapa. Si, como a mí, Almodóvar no termina de llamarte, no te garantizo un
rato extraordinario, pero sí algo distraído,
inteligente, y, entre tanto No Hay
Motivo, algo
verdaderamente distinto.
Una última cosa: el (durísimo) contenido sexual de la
película puede herir la sensibilidad de más de uno, pero Almodóvar lo maneja
con bastante sobriedad. Yo, sin embargo, no tengo muy asumido el hecho de
ver como dos niños se masturban el uno al otro viendo una película de Sara
Montiel, algo que nos es mostrado en un contenido plano trasero EN EL QUE
NO, REPITO, NO SE VE NADA, SOLO SE NOS SUGIERE. Es una sensación bastante
incómoda. Almodóvar
deja bien claro, de todos modos, que el uso sexual de un menor es un delito
atroz, rastrero y vergonzoso, así que no hagáis caso si a alguno se le va la
pinza y empieza a acusarle de cosas que no son. Dicho queda.
Nota:
  
7
Rafael Martín. |