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La película ganadora en Cannes llega a
nuestro país entre el desconocimiento y la apatía. Quizás su retraso en el
estreno o los rumores, que achacan su fracaso en Estados Unidos a su
temática, hayan provocado que un filme con cierto renombre (el citado
galardón y la dirección de Gus Van Sant, un viejo conocido) entre en España
de puntillas. De todas formas, Elephant es una película por encima de
cualquier frontera o ataque moral. Gus Van Sant recrea los hechos del famoso
Instituto Norteamericano de Columbine desde una óptica diferente a la que
Michael Moore empleó el año pasado, pero con un mismo fin: demostrar que el
problema está dentro de la sociedad norteamericana. Pero que nadie se
equivoque, Elephant no es una demostración, es una muestra (desde el
punto de vista más genuino de la definición de cine: no se trata de
demostrar, sino de mostrar). Gus Van Sant se descubre como un autor a la
francesa: guión, dirección y compromiso entre el arte y la historia. La
película intenta asemejarse bastante al documental (no en vano, una de las
chicas ordena los libros de “non-fiction” en la biblioteca del Instituto)
pero desde un ángulo cinematográfico. Y, en este punto, la labor del
director es tan creativa como cuestionable.
La trama se estructura en diferentes bloques
que se superponen repitiendo partes narrativas y mostrando los momentos sin
emoción de la vida de los personajes. Esto, de entrada, va en contra de
todas las reglas del cine, pero si tenemos en cuenta que lo que se pretende
es recrear la vida de unos estudiantes de instituto en Norteamérica, la
elección se hace pertinente. Vemos a cada personaje haciendo su vida normal,
aburrida, igual cada día. Y en ese estado de tranquilidad, irrumpen los dos
estudiantes perturbados. Pero además de ese cambio de ambiente, Van Sant
aprovecha esto para hacer pequeñas críticas muy agudas a la vida de los
jóvenes de su país y, en general, a una sociedad que se mira el ombligo.
Encontramos enormes instalaciones que apenas se usan, estudiantes
obsesionados con la imagen, atletas en vez de estudiantes, populares y
marginados, etc.
Desde el punto de vista formal, el director
recorre cada pasillo del Instituto con largos planos secuencia (aburridos
hasta lo inexplicable la mitad de las veces) siguiendo a cada estudiante.
Este aspecto técnico invita a la reflexión constante del espectador y,
aunque se hace bastante pesado, no llega a irritar al tratarse de un filme
de 82 minutos. De todos modos, normalmente se critica el montaje demasiado
presente en cualquier película (muchos cortes, planos de escasa duración)
puesto que sacan al espectador de la narración y se hace presente que es una
ficción. Sin embargo, no parece que el director haya querido evitar los
cortes por este motivo, sino que el estilo de esos planos con la
“steady-cam” nos sacan fuera del cuento y nos obligan a reflexionar sobre
aquello que vemos. La fotografía de Harris Savides es naturalista, buscando
ese aire realista ya mencionado, y el formato es 1:33, bastante cuadrado y
casi escandaloso para (desaprovechar) una pantalla de cine, aunque en un
claro intento de asemejarse a la televisión (un elemento muy importante en
la vida de los chicos norteamericanos).
En conjunto, estos elementos son muy
novedosos pero en algunos momentos se hacen demasiado presentes y evidentes.
En paralelo, la historia que narra no tiene muchos secretos (se ve venir a
lo lejos y es bastante conocida por todos), por lo que su valor está en el
modo en que la cuenta y los puntos sobre los que insiste. La película avanza
sin muchos problemas, pero la última parte resulta fallida. Hay un material
muy bueno que se desaprovecha claramente, sin un clímax real, sin
explicaciones concluyentes (a no ser que los videojuegos e Internet lo sean)
y con demasiados simbolismos evidentes que no aportan verdad sobre el tema.
Para
concluir, hay que resumir que se trata de una apuesta muy arriesgada pero
que confronta intenciones contrapuestas: mostrar la realidad y variar los
aspectos formales convencionales (de modo erróneo). Eso sí, la música está
empleada con gran acierto. Por lo demás, y a pesar de todo, es de asistencia
obligatoria para todo el que desea ver algo diferente. Es impagable poder
conocer por fin la realidad de un Instituto norteamericano que ahora se
revela falseada en tantas otras películas. Gus Van Sant llama la atención
sobre la realidad: esto no es ficción, esto sucede en Estados Unidos.
Nota:
 
6,5
Javier Pulido Arévalo
(colaborador). |