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Una joven psiquiatra llega a un
innovador centro en un antiguo castillo en el que se investiga la curación
de los pacientes mediante hipnosis. En él hay una niña en estado de shock
que ha sido testigo del asesinato de su madre. La psiquiatra conecta con la
niña y cuando se pone a trabajar en su caso ésta aparece muerta en la
piscina con las venas cortadas. Lo que parece un suicidio es puesto en duda
por la psiquiatra al ver los extraños métodos del Dr. Sánchez Blanch que
dirige el centro y por las advertencias de uno de los pacientes.
La premisa es sin duda interesante y muy
llamativa, pero algo que podría dar lugar a una muy buena película de
suspense y terror se plantea desde el principio como un entresijo de
casualidades y giros de guión que acaban por dejar al espectador sin saber
de que va la historia. No es como en muchas películas americanas en las que
pensamos una cosa hasta que al final nos damos cuenta de que es otra, sino
que aquí al principio se nos plantea una cosa, luego otra, luego otra y así
sucesivamente.
Si a eso añadimos un tono frío y distante de
la película y los personajes, acabamos por desentendernos en buena medida de
lo que ocurre en pantalla. En estas películas es muy importante que el
protagonista sea hasta cierto punto, alguien con quien uno pueda
identificarse, alguien a quien uno quiera seguir y no un personaje seco,
solitario, callado y que salvo en lo profesional a penas sabemos que
pretende. De hecho el personaje más cercano es incluso uno de los que a
priori nos intentan colocar como peligroso, el paciente M.
Estos personajes no están mal debido a los
actores, sino por un guión demasiado engañoso que se centra más en mantener
al espectador mareado que en crear un vínculo con sus protagonistas.
Cristina Brondo, la protagonista absoluta de la cinta, cumple perfectamente
con su papel, ella no tiene culpa de que éste sea un témpano de hielo al que
sólo le cambia la cara cuando la cosa se vuelve totalmente desquiciante.
Féodor Atkine, el director del centro, resulta muy convincente e inquietante
aunque para mí la palma se la lleva el mejicano Demián Bichir, que aunque
con un papel más secundario, el paciente amnésico M, consigue dar a cada
momento lo que de su personaje se espera.
La dirección está muy bien llevada y ha
sabido sacar muy buen provecho de un presupuesto relativamente modesto para
una producción de este tipo. Los aspectos técnicos como la iluminación, la
fotografía e incluso la escena que abre la película en la que un camión
choca con un poste eléctrico están muy bien resueltas. La banda sonora está
a la altura de las circunstancias. Con todo ello el director si que consigue
darnos más de un susto y crear una atmósfera axfixiante. Pero aunque el
debutante David Carreras acierte en este aspecto, no consigue paliar su
enrevesado guión donde ni siquiera el final resulta del todo claro, para ese
momento nos han dado demasiadas vueltas a la historia.
Así que el resultado es una película
técnicamente notable, con buenas interpretaciones pero que tiene una
historia mal resuelta, con demasiados giros y demasiadas cosas sin explicar.
Además peca de lo mismo que otras películas del mismo estilo de nuestro
país, como El Arte de Morir, una atmósfera que si bien logra incomodar
resulta demasiado fría e irreal, como los personajes (que en El Arte de
Morir eran además rematadamente pijos y desagradables), con lo que uno
no termina de sentirse dentro de la historia. Quizás era lo que pretendía el
director, incomodar desde el principio, pero no es lo que al menos a mí me
convence de estas historias. Otras películas como Los Sin Nombre
siendo igualmente aterradoras consiguen enganchar con unos protagonistas
realistas, que tienen emociones, que tienen un pasado y que incluso bromean
haciéndolos más normales.
Aún así se le augura un futuro muy
interesante a Carreras al que habrá que seguir de ahora en adelante.
Nota:
 
6
Javier Ruiz de Arcaute. |