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Es la mejor película que ha hecho Pixar. Y es
una de las cinco mejores películas de animación de todos los tiempos. Quizás
también sea uno de los tres mejores films del año. Y no exagero. Mientras
veía Los Increíbles, en torno al minuto 90 de película, se me empezó
a caer la baba. Lo juro.
Es muy fácil considerar Los Increíbles como
un “entretenimiento decentillo y ligero, algo para pasar el rato y nada
mas”. Nada más lejos de la realidad. Películas como esta aparecen una vez
cada diez años: es una de las grandes obras maestras del cine de
entretenimiento. Si hay algo más difícil que hacer reír, es hacerte reír con
el mismo chiste otra vez. Pues bien: me he visto la película unas tres
veces, y sigo desternillándome. Es el humor del bueno, el que no se
autoparodia. El que se tiene que trabajar. Difícilmente podremos recordar
una frase memorable de esta película, pero recordaremos diálogos y
situaciones enteras, y éstas son incontables.
¿Cómo no
podemos asombrarnos con la sucesión de desgracias que le ocurren a Robert
Parr, alias Mr. Increíble, condenado al retiro en una infecta compañía de
seguros? ¿Un superhéroe que se ve obligado a meterse en un programa de
reasignación de identidad por las demandas de daños materiales que causan
sus acciones heroicas? ¿Cómo no podemos descojonarnos con un malo que es
antiguo presidente de su club de fans con una inevitable tendencia al
monólogo? ¿Cómo no podemos reírnos con la irrepetible Edna P. Mode,
diseñadora de ropa para superhéroes? Los Increíbles, al igual que las
otras cinco películas de Pixar, juega en otra división: no concibe el
espectáculo sin dotarlo de clase y exquisitez técnica. Los chistes
escatológicos no entran en su vocabulario. No parodia, homenajea. Todo lo
que hace genial a una película de Pixar está en este último film. Pero esta
vez nos encontramos un pequeño punto por encima. Un punto con nombre y
apellidos: Brad Bird.
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La familia Parr (Robert, Helen y sus hijos
Dash y Violet) planta cara al peligro.
QUÉ GRANDE ERES, BRAD.
El genio
creador detrás de El Gigante de Hierro aporta su toque personal: su
devoción por los años 50 y la estética retro. Por poner un ejemplo, la
guarida del malo, Síndrome, es un homenaje a las superbases secretas de las
pelis de James Bond. Pero hay muchos más detalles, como el enorme robot
enemigo sacado de un cómic pulp de los 60. El gusto de este hombre por lo
clásico es evidente, pero también es evidente su interés por hacer de sus
películas de animación una reflexión más cercana a los adultos que a los
niños. Donde los churumbeles solo verán espectáculo, nosotros los creciditos
veremos una sutil ironía del modo de vida adulto donde la rutina familiar es
capaz de anular las ansias de acción del superhéroe mas pintado.
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Síndrome: genio maligno, resentido y megalomaníaco.
LUCES, CÁMARA… ¡Y ACCIÓN!
También
hay mucho de eso en Los Increíbles, que se convierte en su ultima
hora en un espectáculo que quitaría las ganas de hacer cine a Michael Bay:
megaexplosiones, megapersecuciones, megapeleas… y cierto grado de violencia
que le ha costado a Pixar un PG (calificación moral estadounidense un punto
por encima de “para todos los públicos”, o sea, que los niños pueden ir
solos, pero los padres deben dar su visto bueno). La acción es expuesta con
claridad meridiana y los recursos visuales son ilimitados, destacando en
especial el superclímax final “Made In Pixar” que tanto echaba de menos en
Buscando a Nemo.
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Edna P. Mode, costurera de superhéroes.
Desde el portentoso prólogo (con los
protagonistas, micrófono en mano, hablándonos de lo difícil que es ser
superhéroe) hasta el final (el enfrentamiento definitivo contra Síndrome,
donde Jack-Jack, el más pequeño de la familia jugará un papel decisivo),
Los Increíbles demuestra cómo debería ser una película de superhéroes:
ilimitada, desbordante de imaginación, festiva y alegre. No se me ocurren
más motivos para convenceros, salvo la “chicha” que tenéis que extraer de
toda esta crítica: Pixar es perfección. Pues bien. Imaginaos un paso más
allá. Ahí se encuentran Los Increíbles.
LO MEJOR:
- Que se propone hacernos pasar el mejor rato
del año en una sala de cine e ir mas allá de ser una simple película de
entretenimiento animado. Lo consigue completamente.
- El casting de voces de la versión original,
con Samuel L. Jackson (Frozone) y Jason Lee (Síndrome) como triunfadores
absolutos.
- Técnicamente inconmensurable: los gestos
que pone Elastigirl dando de comer al pequeño Jack-Jack son de echarse las
manos a la cabeza y decir : “¡Dios mío! ¿Han hecho esto con un ordenador?”.
Escenarios, música, diseño… perfectos.
LO PEOR:
-
Haberlo, haylo: sobre todo por la parte que le toca a Violet,
hija mayor de Los Increíbles, que lucha contra su inadaptación
volviéndose invisible a ojos del chico que le gusta. Es algo que me parece
un poco manido. Y esas pequeñas gotas de leccioncitas morales, sobre todo al
final, molestan un pelín. De todas formas hay que entender que es como un
0.1% de la peli y que, estando dirigida a los pequeñines, es inevitable. Eso
sí, se lo van a pasar en grande, y nosotros también.
Nota:
   
9,5
Rafael Martín. |