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Hay
películas que sólo se pueden describir con una palabra. Por múltiples
motivos. Por emplear planos de películas como Gattaca o
Armaggeddon durante la narración
inicial, cual película de Ice-T. Por emplear el MISMO vestuario de los
soldados de Starship Troopers para identificar a la policía.
Por no saber ni por donde va ni por donde viene en ningún momento del
metraje y, sobre todo, por conseguir que servidor acabe deseando ver de
nuevo SWAT en chino mandarín. La palabra no es “telefilm”, o,
simplemente, “basura”. No. Eso sería ser condescendientes y, que narices,
esto es una crítica como Dios manda.
La palabra
es “Arghhhhhh”.
Veamos: El
doctor Spencer Olham (Gary Sinise) se ve perseguido en un futuro no muy
lejano (año 2079, lo que diga la rubia) por unas fuerzas policiales
capitaneadas por Vincent D’Onofrio (que me cuentan se ha ido a vivir al
Monasterio de Yuste) en medio de una guerra con alienígenas
de Alfa Centauri (a los que, oh casualidad, nunca se ve en pantalla: los 300
duros del presupuesto no dan para más). Al parecer, el pobre Spencer es un
cyborg-robot-asesino-con-bomba-implantada que esta listo para exterminar a
una tal “Canciller” (Lindsay Crouse, en una interpretación
fascinante: ninguna actriz había hecho tanto en 27 segundos, tiempo que esta
en pantalla).
Tras una
IN-TER-MI-NA-BLE secuencia de interrogatorio, Olham escapa y se pone a
correr por el maravilloso mundo futuro en el que vive: una sucesión de
alcantarillas interminables con muchos ventiladores e iluminación
de película
sadomaso, a la par que se nos endilga una especie de subtrama en la que
aparece el pobre Mekhi
Phifer que “interpreta” a Cale, chico para todo de Olham, que le ayudara a
infiltrarse en la clínica
donde trabaja Maya (Madeleine Stowe), la mujer del buen doctor, lugar donde
se esconde la clave de su verdadera identidad. Olham corre. Luego corre mas.
Luego se pone una gabardina de rapero y sigue corriendo, pero con gafas tipo
King Africa.
Infiltrado
de anestesia en el cerebro es lo que te deja esta película. El señor Gary
Fleder, al que le gusta la cámara
lenta más que a un tonto una pecera, nos da un autentico recital de
movimientos de cámara,
encadenados, flashbacks, flashforwards, flashgordons y chorradas varias
mientras controla a los actores con guante de alpargata. La peli es una
cutrez de las que ya no se hacen. Puedo ver a los diseñadores de efectos
especiales hasta las orejas de Larios mientras desarrollan las tremendas
batallas espaciales que tienen lugar al principio, mientras el director de
fotografía, afanoso
él, recoge las bombillas de navidad de la casa de sus
suegros para dar a las fosas sépticas
en las que se ¿rodó? ¿grabó? ¿imprimió? esta cosa un aspecto mas “in”. Que
grande, señores, que grande.
En fin.
Repugnante. No perderse la explosión
final en la que se encienden a la vez treinta mecheros. El guión, escrito,
reescrito y subrayado con colorines por todos los guionistas habidos o por
haber, es producto de una imaginación
muy enferma, muy falta de cariño y de calor humano. Ya no es que mezcle
churras con merinas, sino que si en algún
momento aparece Chiquito de la Calzada con un casco de Depredador, no
me hubiera importado demasiado. Es un descoque del quince, chavales. Joyita,
cremita total, vamos. Que se va a comer un ceropio como yo me llamo Rafa
Martín.
Pues eso,
un cero.
CERO
ZERO
Nota: 0
Rafael Martín. |