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El remake de El
Quinteto de la
Muerte, la fenomenal
película de Alexander MacKendrick, protagonizada por Alec Guinness
y Peter Sellers, incita a una reflexión acerca de lo que les sucede a
determinados cineastas considerados fuera del sistema una vez que empiezan a
dirigir actores que cobran veinte millones de dólares por película. Para
empezar, criticar a los hermanos Coen por hacer cine “comercial” (odio esa
palabra: si David Lynch hace pelis es porque: a) satisface sus ganas de
hacer pelis y b) gana dinero con ellas) es absurdo y supone entrar en una
polémica inútil que no lleva a ningún sitio.
Pero lo que sí es
criticable es la alarmante falta de ganas que están poniendo Joel y Ethan
desde su última gran película, El Gran Lebowski (si alguien creía que
me refería a O Brother, lo siento, pero no). Crueldad Intolerable
no deja de ser una comedia con cierto encanto fenomenalmente interpretada
(con excepciones), pero lo que sucede aquí es la culminación de una
enfermedad que se llevaba gestando mucho tiempo: la manera que tienen los
Coen de hacer cine no coincide con la manera que entiende Hollywood (y, por
extensión, la audiencia que pone las pelas) de “cine distraído”. En un mundo
en el que las películas de Adam Sandler recaudan más de 50 millones de
dólares la primera semana, el humor de los Coen, basado siempre en los
personajes y en los diálogos, en vez de situaciones (porrazos, golpes…) se
queda atrás.
La trama no se
diferencia en mucho de la original, en la que el malvado criminal G.J. Dorr
(Tom Hanks), se hace pasar por un apacible profesor de música para conseguir
un piso alquilado por la inocente señora Manson (Irma P. Hall, sencillamente
esplendida), con el objetivo de atracar un casino flotante excavando un
túnel desde el sótano de la casa. Para ello, contará con la ayuda de un
excéntrico cuarteto formado por Gawain (Marlon Wayans), El Coronel (Tzi Ma),
Bulto (Ryan Hurst) y Garth Pancake (J.K. Simmons).
Los Coen se encuentran
lejos de su mejor forma en estos momentos. Una revisión de un clásico de la
productora Ealing, como el caso que tenemos aquí, no es el mejor entorno
para que los hermanísimos
den rienda suelta a su capacidad creativa, a pesar de que en muchos momentos
se adivina su mano detrás de las mejores escenas (el flashback en el que
Gawain recuerda a su madre justo cuando está a punto
de matar a la señora Manson). Sin embargo, el ritmo comienza a ser un
problema en torno a los últimos 20 minutos finales de la película, donde
muchas cosas empiezan a pasar de forma apresurada. Tom Hanks es,
lamentablemente, otro punto negro. Hay papeles para los que, por mucho Hanks
que sea, no está preparado. Dorr, que no deja de ser un predicador barato
con mucha labia, termina resultando incómodo por los histrionismos de Hanks,
un actor bastante contenido poco dado a los excesos y a los gestos. Además,
se tira tantas y tantas parrafadas que termina aburriendo.
Algo pasa con los Coen,
en definitiva. Ladykillers no es, ni mucho menos, una mala película, pero
últimamente la pareja nos está acostumbrado a un nivel de humor que, aunque,
muy suyo, es tremendamente superficial. Estilo sobre contenido, que diría
aquel. De todas formas, recomendable y moderadamente entretenida. Pero
esperaba mucho más.
Lo mejor:
- Irma P. Hall, soberbia (los diálogos con el retrato de su
marido fallecido son impagables).
- Escenas aisladas en la
mejor línea de los Coen.
- Magnífica puesta en escena.
- Una correctísima primera
hora.
Lo peor:
- Ritmo apresurado en los
momentos finales.
- Tom Hanks.
- La machacona banda sonora (con 200 canciones sureñas, muy
buenas, sí, PERO DOSCIENTAS).
- Falta de mala uva, algo que en la versión de MacKendrick
le sobraba a patadas.
Nota:
 
6
Rafael Martín. |