|
Sofia Coppola, cuando empezó en esto del
cine, al menos de forma seria, lo hizo de la mano de su padre, Francis Ford
Coppola, interpretando a Mary Corleone en El Padrino III. Su
interpretación en aquella película, en aquella mítica saga, fue motivo de
cachondeo durante años, de hecho aún lo es. No es que fuese horrenda, pero
si no eres buena actriz, papa te da un papel de peso y encima lo hace en la
tercera parte de la saga cinematográfica más laureada y admirada del mundo,
pues como que te cogen manía. Así que Sofia, la hija de papá, desaparece de
las pantallas excepto para pequeños papelillos y se dedica a partir de
entonces a demostrar que tiene talento para el cine aunque no sea como
actriz. Después de un corto bastante exitoso en 1999 estrena su primera
película, Las Vírgenes Suicidas, una película amarga y a la vez con
un humor negro y una sensibilidad de primer nivel, la gente empieza a
comerse sus palabras. Solo quedaba que confirmase que esa película no fue
sólo un espejismo. Así llega Lost In Translation.
Esta película no está hecha para todo el
mundo, no es una película al uso y tiene ese punto cultureta que puede
irritar a más de uno. Lo genial de la película, es que a pesar de ese aire
de cine intelectualoide, no se aleja de la realidad en absoluto y cuenta una
historia con la que seguro que nos hemos sentido identificados en más de un
momento y acaba siendo una maravilla de esas con las que sales con una
agradable sonrisa de oreja a oreja y deseando haber sido el protagonista.
Lost In Translation cuenta la historia
de Bob Harris (Bill Murray), famoso actor de Hollywood en horas bajas, que
hace un breve viaje a Japón para rodar un anuncio de Whisky por el que se va
a llevar una pasta. Se adentra así en un país donde, a pesar de la
globalización, todo es demasiado raro incluyendo, como no, el idioma. Es el
sitio ideal para darse cuenta de que todo se la trae floja y de que su vida,
por lo general, no tiene demasiado sentido. En ese momento conoce a otra
persona en la idéntica situación, Charlotte (Scarlett Joahnsson), una chica
que se aloja en el mismo hotel con su marido, un prestigioso fotógrafo que a
pesar de parecer buena gente no se da la más mínima cuenta de lo que a ella
le pasa por la cabeza. El viaje del marido de Charlotte a otra ciudad por un
par de días es el detonante para que ella y Bob inicien
una relación entre la amistad y el amor (he tenido que ponerlo, las cosas
son como son) que les ayudará a encontrarle otro punto a sus vidas a pesar
de saber que eso no durará más que en su recuerdo.
Así la película nos va llevando de un lugar a
otro tanto de Tokyo como de las sensaciones de los dos protagonistas que
pasan de sentirse solos y amargados, a ver que al final en la vida siempre
puedes encontrar tu sitio y algo que merezca la pena. Y entre tanto cúmulo
de sensaciones mostradas de forma sutil (como pasa normalmente) y no en plan
de sobreactuación de telefilme (no por gritar y llorar en una peli se
emociona más uno), suceden unas cuantas anécdotas de lo más divertidas que
reflejan el tremendo choque de idiomas y culturas (la sesión de fotos, el
rodaje del anunció y la entrevista en la tele no tienen desperdicio).
Es una película excepcional donde Bill Murray
demuestra que no es sólo uno de los mejores cómicos americanos sino también
un actor de primera y donde Scarlett Johanson, que a pesar de no ser el
prototipo de mujer cañón del cine está tremendísima, se da a conocer de
forma definitiva como una de las actrices a tener en muy en cuenta de aquí
en adelante. No es la comedia que nos venden en los anuncios, pero
sinceramente es una película que merece la pena ver, una historia sensible y
no sensiblera, rara para el cine pero muy acorde con la vida real y a la que
yo, personalmente, no le encuentro ninguna pega.
Nota:
    10
Javier Ruiz de Arcaute. |