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1991.
Guerra del Golfo. El Capitán Bennett Marco (Denzel Washington) dirige a sus
hombres hacia una arriesgada misión al norte de Kuwait. La operación resulta
ser un éxito y todos vuelven a casa como héroes, en especial el sargento
Raymond Shaw (Liev Schreiber) galardonado con la Medalla de Honor del
Congreso.
2004.
Trece años después, Shaw está a un paso de convertirse, bajo los atentos
cuidados de su madre, Eleanor (Meryl Streep), una senadora que convierte a
George W. Bush en un fraile sabadico, en vicepresidente de los EE.UU.. Al
mismo tiempo, Marco se limita a sacar partido de su baja por estrés
postraumático como relaciones públicas del ejército. Todo es genial y
maravilloso. Solo hay un problema: que quizás la misión en Kuwait no acabó
como todos pensaban. Que en realidad Marco y su grupo de soldados quizás
fueron capturados y sometidos a un brutal lavado de cerebro. Y que
posiblemente, Raymond Shaw esté a punto de convertirse en el primer
vicepresidente de los Estados Unidos bajo el control absoluto de la
todopoderosa compañía Manchurian.
Así
comienza la película más inteligente del año. Un remake de la película del
mismo nombre dirigida hace mas de cuarenta años por John Frankenheimer y que
fue el punto de partida del thriller político y conspiratorio que tanto
juego dio en el cine americano durante la década de los 70. Este film que
nos ocupa ahora, aun conservando la esencia del original, posee unas cuantas
sorpresas de cosecha propia. ¿Los méritos? Indudablemente son de su
director, Jonathan Demme y del extraordinario trío de actores protagonistas,
en el mejor reparto que se ha visto desde Mystic River.
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Marco tratará de advertir a Shaw.
Demme is back!
Tras
Philadelphia, Jonathan Demme, el director de El Silencio de los
Corderos, encadenó una serie de fracasos tan impresionantes que muchos
dudaban de que pudiera volver a ser considerado entre los mejores directores
de Hollywood (sobre todo, a raíz de su último film, La Verdad sobre
Charlie, un inútil remake de la mítica Charada). Sin embargo,
gracias al fabuloso guión de Daniel Pyne, Demme vuelve a estar en su salsa,
dirigiendo con mano maestra a los actores (parece increíble, pero
absolutamente todo parece tan natural que cuesta creer que haya un director
detrás manejando el cotarro) y con una puesta en escena que, al igual que la
de Michael Mann en Collateral, se resume con una palabra: fiereza.
Los planos frontales de los personajes, mirándonos a nosotros, al público;
la cámara en mano con iluminación natural; la extraordinaria visualización
de los sueños de Marco (con esos soldados machacados a hostias, con tubos y
electrodos por todas partes, estrangulándose unos a otros)… El Mensajero
del Miedo se distingue de otros thrillers precisamente por la energía y
el aplomo de Demme, que reserva la violencia física hasta los últimos
minutos de película. Y cuando la hay, deja al espectador literalmente
clavado en la butaca (véase la escena del lago, sin ir mas lejos). Y, desde
Demme, llegamos a los actores, destacando por encima de todo la que es la
interpretación femenina del año: una soberbia, descomunal y terrorífica
Meryl Streep. El Oscar de Las Horas Perdidas va para ella.
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Eleanor Shaw, una senadora que no se detendrá
ante nada para asegurar la victoria de su retoño.
Actorazos.
Lo que
hace Meryl Streep en esta película es, sencillamente, borrar del mapa a todo
aquel que comparte escena con ella. Eleanor Shaw es la víbora definitiva del
cine norteamericano. Angela Lansbury (¡sí, Jessica Fletcher!) ya lo clavó en
1962 y Meryl Streep lo vuelve a clavar. Su personaje es el protector
definitivo de los EE.UU., una psicópata (que tiene con su propio hijo una
relación que se apunta como muy “especial”) que no se detendrá ante nada
para asegurar el plácido sueño de los norteamericanos. Frente a ella, todos
los personajes parecen encoger de tamaño. Lo mejor que puede hacer Demme es
dejar que Washington y Schreiber se luzcan de forma individual. Y mientras
el tito Denzel nos deja un gran retrato de hombre atormentado y neurótico,
sin perder nunca su condición de héroe de película, con un carisma que ya
quisiera tener Will Smith, es Schreiber quien vuelve a dar la campanada como
Raymond Shaw, un personaje en permanente conflicto consigo mismo, que quiere
dejar de ser manipulado y no puede y que ve como su personalidad se va poco
a poco por el retrete. Tras Pánico Nuclear, Schreiber vuelve a
apuntar magníficas maneras, una vez apartado del infecto cine de terror para
quinceañeros (y aún así eligió bien: estuvo en Scream, recordemos.
Phantoms es otro cantar. Puto Ben Affleck.).
Buena película, señores:
muy buena.
En
definitiva, que nadie se deje llevar por el trailer (magnífico, por otro
lado). El Mensajero del Miedo, más pausada y reflexiva de lo que
parece en un primer momento, carece de la paranoia comunista de la Guerra
Fría y centra su objetivo en las grandes multinacionales que dirigen el
mundo en la sombra - acompañese esta frase con un “chan, chan, chaaaaaan!!!!”-.
Es una actualización brillante, apoyada en un férreo guión (que incluye un
muy apreciable giro sobre el original de George Axelrod), una poderosa
puesta en escena y grandes interpretaciones (particularmente de Tita Meryl).
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Raymond Shaw, manipulado a su pesar.
A
verla.
LO
MEJOR: Pues aparte de lo que se ha dicho, destacar la gran selección musical
y la banda sonora de Rachel Portman. Es un cacho de thriller.
LO
PEOR: Que pese demasiado la sombra de su antecesor y muchos la crucifiquen
por ello.
P.D.:
Como nota particular para los fans de Demme, los viejos amigos del director
(Kenneth Utt, Ted Levine, Paul Lazar…) tienen breves cameos en las
películas, incluido el mismísimo Roger Corman, rey de la serie B y mentor
del propio director.
Nota:
  
8
Rafael Martín. |