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Ya está.
Se acabó. Tres años de saga llegan a su fin con el último capítulo de la
trilogía más importante de la historia de Hollywood. Tres horas y veinte
minutos donde Jackson termina de poner todas las cartas sobre la mesa con el
objetivo de poner el broche de oro a su más acariciado proyecto.
El retorno
del rey no debería llevarse el oscar a la mejor película.
Ni siquiera una nominación. De las tres películas, es la que menos funciona
por separado ya que supone el climax de una historia que ha durado (dejadme
ver…contando las ediciones extendidas…) unas 9 horas, a ojo de buen cubero.
Es, sin lugar a dudas, la mas floja en cuanto a interpretación
y ritmo. Vale que tenga las escenas mas espectaculares que se pueden ver en
el cine reciente, lo que parece increíble es que, tras tomarse semejante
tiempo en explicarnos una historia, Jackson termine por meterse una prisa
del diablo a partir de la segunda mitad de la película.
Ahora
bien, desde luego, cuando se trata de poner la puntilla, Jackson cumple y a
lo grande. Su talento para las imágenes épicas se aprecia con claridad en la
llegada de Frodo y Sam al monte del Destino, donde el ambiente está tan
logrado que la temperatura en la sala se caldea varios grados. Por
desgracia, hablamos de una trilogía que funciona como un solo film, y esta
ultima entrega convierte en errores los aciertos acumulados del episodio
anterior: Faramir aparece unos cinco minutos, al igual que Barbol. Saruman,
al que tanto bombo habían dado en el capítulo precedente, está desaparecido.
El punto clave de la película, la transformacion de Aragorn de montaraz con
greñas a rey de todos los hombres, está manejado mal y con prisas.
Pero
aciertos la peli los tiene a patadas. Para empezar, Sean Astin, en el
personaje de Sam se convierte por derecho propio en el heroe indiscutible de
la historia, ya sea por su labor en los últimos momentos del film o por su
tremenda batalla contra Ella-Laraña,
una,
ejem, araña gigante que da verdadero asco y pavor y que es, junto con Gollum,
el mayor triunfo digital de la película.
Lo de
Gollum es que es tremendo. Mejorado incluso sobre la película anterior, hace
olvidar que estamos delante de un personaje generado por computador.
Maquiavélico y perverso, su viaje al lado oscuro, el triunfo de su mitad
malvada es uno de los aspectos mejor manejados de la película.
Pero
hablemos claro. No se puede hacer una critica de esta obra ateniéndonos
a aspectos meramente formales. Es demasiado grande. Demasiado esfuerzo por
parte de unos profesionales que han dedicado decadas de su vida y meses de
sueño perdido en llevarnos esta adaptación a nuestras pantallas como para
encima putearles con memeces acerca de problemas de ritmo o interpretación.
La clave de toda adaptación
es preservar el espíritu y el mensaje de la obra original. El
Señor
de los Anillos,
de Peter Jackson, lo consigue plenamente, a pesar de los cientos de minutos
que se han quedado
en la sala de montaje y de los que disfrutaremos, casi con toda
probabilidad, en la edición
extendida que aparecerá el próximo año.
De esta
forma, si alguien se desespera al ver que este film se alarga en exceso
debido a los doscientos finales que nos meten, que entienda que hablamos de
9 horas de metraje, sólido, serio, espectacular y trabajado; no sólo para
mantenerse fiel al mundo creado por Tolkien, sino para dar ciento y raya a
cualquier película de aventuras moderna. El primer punto lo consigue con
creces. El segundo punto ya es cuestión de gustos. Puede que a mí,
particularmente, no termine de llegarme el mundo de la Tierra Media, pero
soy un devoto del trabajo bien hecho, con esmero y cuidado. Y El
Señor
de los Anillos
es un ejemplo
perfecto de lo dicho, aún
con todos sus peros. En definitiva, este último capítulo puede que escasee
en momentos reposados, pero gana en imágenes épicas (el asalto a Minas
Tirith hay que verlo para creerlo). Te guste o no te guste la obra de
Tolkien, hay que quitarse el sombrero ante lo que es, en definitiva una
gran, gran hazaña. FIN.
Nota:
  
7
Rafael Martín. |