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Samsara dura dos horas y veinte minutos. De esas dos
horas y pico, diríase que media hora (o más) carece de diálogos o banda
sonora alguna. Hay escenas en las que esos silencios llegan a prolongarse
durante cinco minutos. Es decir, es lenta. Es EXASPERANTEMENTE lenta. El
mayor desafío del director, Pan Nalim, no era lograr transmitir su mensaje
al público, sino conseguir que semejante ladrillo fuera medianamente
soportable.
Y lo ha conseguido.
En realidad, la película es más que soportable. En realidad,
es bastante correcta. Lo es porque Nalim podría habernos metido entre pecho
y espalda el ABC de la filosofía budista, como hizo Scorsese en esa chorrada
(admitámoslo, cuando el realizador de Taxi Driver y Uno de los
Nuestros
se pone a hacer pelis budistas, a eso no se les llama películas, se les
llama chorradas) llamada Kundun, pero lo que nos explica es una
historia muchísimo más mundana, más ingenua, y más accesible (aunque no deje
de ser un poco delirante, no por la idea inicial en sí, sino por la puesta
en escena de la misma).
Tashi es un monje budista que se ha pasado tres años, tres meses, tres
semanas y tres días meditando en una cueva en la recóndita región del Ladakh, situada en el Tibet a unos 3000 metros de altura. Como
se puede imaginar, el estado de Tashi es realmente lamentable. Tras una dura
recuperación, Tashi, en vez de haber alcanzado el Nirvana, el séptimo cielo
o como se llame, comienza a fijarse en unos seres humanos, que aparentemente
no había visto antes, llamados “mujeres”. Esa repentina fijación no se nos
termina de explicar muy bien, pero la verdad es que poca falta hace. El
extraño comportamiento de Tashi
(que se masturba compulsivamente y que casi llega a arruinar una actuación
por ver a una madre dar el pecho a su hijo)
provoca malestar en el monasterio
hasta que el joven monje decide abandonarlo, formar una familia y dedicarse
a los placeres de la vida mundana.
Todo esto que acabo de explicar es cierto, lo juro. Pero, a
diferencia de otras películas de su género, Samsara se distingue por
su afán de mostrarnos el conflicto, cual Richard Chamberlain en El Pájaro
Espino, entre llevar una vida santa o entregarse a los placeres de una
vida familiar. Es decir, es más humana y más agradecida. Nalin es un hombre
inteligente y eso se nota en el ritmo de la película: cuando hay cinco
minutos de silencio, no es que al director le de la vena experimental, es
que, realmente, son necesarios e importantes. Nalin se apoya, además, en una
fotografía fascinante (parece que hay momentos en los que estamos delante de
un documental de National Geographic). No sólo eso, su dirección de actores
es impecable: la película, como humana que es, posee momentos de gran
intimidad, y funcionan a la perfección porque los actores se sienten a
gusto. La historia no requiere grandes alardes interpretativos, y sólo
bastan dos profesionales (Shawn Ku y Christy Chung, muy correctos ambos)
para cumplir con los momentos más dramáticos.
Nalin, incluso, introduce momentos de humor que funcionan a
la perfección y alivian mucho el tono dramático del film, que durante la
mayor parte del metraje no llega a acercarse a ningún género en particular.
Sencillamente, adquiere un tono documental que es de lo más agradecido.
También es de agradecer
la fuerza de los papeles femeninos, que nunca llegan a ser estereotipos al
ciento por ciento.
Muchos
pondrán pegas a la película por ser demasiado lenta. Suena lógico y
comprensible. Fácilmente se le podrían eliminar unos diez minutos de
paisajes y planos fijos, pero si se ve con la intención de aprovecharla al
máximo (lo que requiere cierto grado de esfuerzo: esto no es Armaggeddon),
el resultado es bastante satisfactorio. La falta de pretensiones de la
película y su sencillez juegan en su contra a la hora de subirle puntos, y
no es apta para todos los paladares, pero todos aquellos que se dispongan a
verla hasta el final, no se sentirán defraudados.
Nota:
 
6,5
Rafael Martín. |