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"Sainte-Marie-La-Mauderne" es como la aldea
de Astérix. Son pocos pobladores, está en la costa, sus habitantes son
"galos" divertidos, afables, sencillos y viven de la pesca. O al menos
solían vivir de ella. La vida trascurre despacio y se da poca importancia a
detalles como la fama, la riqueza y el poder. Una aldea de irreductibles, en
definitiva. Las diferencias estriban en que existe en el siglo XXI, en
Canadá y en que sus habitantes hacen cola para cobrar el paro. Eso y en que
la amenaza no proviene de los romanos sino de la desidia, la apatía y la
desesperanza causadas por el cese de la actividad pesquera. No es rentable,
ya saben. Nada nuevo en el tema. Un grupo de hombres, y mujeres, trata de
revivir el pueblo convenciendo a un compañía de que instale una fábrica en
sus dominios. Para ello necesitan aparentar que son cien personas más de las
que en realidad son, 50.000 dólares de soborno y, lo más importante, un
médico. Y no es nada fácil lograr que un doctor se quede mucho tiempo en un
lugar tan aislado. Esa será "la gran seducción".
El azar hace que un médico llegue al pueblo. Y es una oportunidad que no van
a desaprovechar. Harán lo que sea para convencerle. Limpiarán, ordenarán e
incluso cambiarán de deporte. Del hockey sobre hielo al críquet. Casi nada.
Todo para lograr un poco de dignidad con la única ayuda de su poción mágica.
Y no me refiero sólo a la cerveza, sino al amor propio y a la ilusión. Una
historia rodada con ternura, mucho humor y frescura -no en vano fue premiada
en el festival de Sundance este año como mejor película de cine del mundo-
que cuenta como principal bagaje unos actores fantásticos. En especial la
pareja de brutos afables Raymond Bouchard-Pierre Collin. Una suerte de dúo
Obelix-Obelix que funciona a la perfección.
Nota:
  
7
Iñigo de Amescua (colaborador).
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