

Cold Mountain, el quinto esfuerzo del director Anthony Minghella tiene pequeños momentos en los que se respira autentica épica cinematográfica. En la guerra de Secesión, Inman (Jude Law), es un desertor del ejercito sureño que realizará un viaje de proporciones homéricas con el fin de reencontrarse con Ada (Nicole Kidman), el amor que se dejó en el pueblo de Cold Mountain, una vez florido y fermoso y ahora machacado por las consecuencias bélicas, y dominado por Teague (Ray Winstone), antiguo terrateniente del lugar ahora convertido en líder de las milicias sureñas, cuyo objetivo es aniquilar todo indicio de desertores (que no son pocos). A pesar de los insistentes ofrecimientos de Teague, Ada pondrá todo su empeño en sacar adelante la granja, cosa que conseguirá gracias a la ayuda de Ruby Thewes (léase Zifs), interpretada por Renée Zellweger (léase como se de la gana).
Así, Cold Mountain nos enseña la progresión paralela de estas dos historias, la primera muchísimo más interesante que la segunda. El viaje de Inman está salpicado por encuentros con los más diversos personajes, interpretados por gente del calibre de Philip Seymour Hoffman, Jena Malone, Cillian Murphy o Natalie Portman, los cuales lucen 20 minutos antes de desaparecer de la historia o morir acribillados. Estos secundarios, que, como mínimo, podrían ser descritos como peculiares, son la sal de la película y los elementos que ayudan a crear el interesante universo en el que se desarrolla la acción. Personajes que son, además, mucho más interesantes que el trío protagonista.

De esta forma es muy meritorio por parte de Minghella huir de las megabatallas que presiden las películas de gran presupuesto del Hollywood actual, si exceptuamos los primeros diez minutos con un combate en las trincheras (precedido por una explosión subterránea que deja a la sala con la boca abierta). A partir de ahí, se nos explica a través de los ahora imprescindibles flashbacks la relación entre Ada e Inman, despachada con una velocidad tremenda por el director, consciente de que lo que importa de verdad es la progresión de la historia a partir del momento en el que Inman empieza su viaje (y que recuerda, en mas de un momento, a O Brother, de los hermanos Coen).
Muchos dicen que Cold Mountain lleva Oscar® tatuado en el culo. Posiblemente sea así, porque lo tiene todo: gran duración, romance, tiros, galanes y galanas, algo de risas, grandes paisajes y tragedia a puñados; pero la verdad es que en algunos momentos puntuales la película destila espíritu propio, no manufacturado y empaquetado (como la increíble secuencia en casa de Junior, encarnado por Giovanni Ribisi, que vuelve a hacer de loco, sorpresa).
En cuanto al trío principal de actores, pues bien. Jude Law es muy guapo y tal, y cuanto más sucio y desaliñado mejor. La verdad es que el chico le echa carisma, pero hay momentos en los que resulta un pelín frío. Pero para glaciar está Nicole Kidman. Igual que en Dogville, es como si eso de la guerra y la enfermedad le pasara de largo. Que curioso que cuando más se está muriendo de hambre, más limpia y llena de color se encuentra, con tanta silicona en la cara que apenas puede esbozar una sonrisa sin que se le salten los puntos de la cirugía. En cuanto a Renée Zellweger, tiene el bombón de papel que posiblemente le reporte su primer Oscar, pues Ruby Thewes es una estoica señora del sur mas terca que una mula y mas bruta que un arado, amén de ese acento que le han puesto en la versión doblada que rivaliza con el del emperador de El Ultimo Samurai en cuanto a disparates lingüísticos. Los morritos de Renée no molestan tanto, y la verdad es que anima la historia de Ada, que estaba a punto de sumirme en un profundo sueño.

Lo dicho: es entretenida, técnicamente portentosa, con una gran fotografía de John Seale y una espléndida banda sonora (en la que colaboran T-Bone Burnett, responsable del fondo musical de O Brother, y Jack White, cantante de los White Stripes, éste con un pequeño papel en el film), y una justa candidata al Oscar® a la mejor película, aunque solo sea por el espléndido crisol de personajes que pululan por la pantalla, más que por la historia, repetida una y mil veces, entre Ada e Inman.
Una crítica de: Rafa Martín
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