

El Maquinista no es la película del año, aunque sin duda es un trabajo muy notable, y tampoco impactará tanto a los que habitualmente van al cine por sus similitudes con algunas películas anteriores (que no citaré porque ya se sabría de que va todo), pero eso tampoco le quita mérito. No es una copia sino que simplemente parte de una idea similar pero que es en la que se encuentra la clave de la película.
La historia en cuestión nos sitúa en la insufrible vida de Trevor Reznik, un fresador de una cochambrosa fábrica sumido en una delgadez enfermiza y en un insomnio tan fuerte que la ha impedido dormir durante un año. Su existencia podría definirse como una mierda gorda. Pero todo eso no parece suficiente y la cosa empeora cuando Trevor conoce a Ivan, un misterioso hombre que llega a la fábrica por una sustitución y en el trabajo todos le dan la espalda tras un desafortunado accidente. Su única vía de escape son la prostituta Stivie (Jennifer Jason Leigh) y la camarera Marie (Aitana Sánchez Gijón) que pronto se verán afectadas también por el extraño mundo que rodea a Reznik. La clave de todo el embrollo se haya en resolver el juego del “ahorcado” que alguien le ha dejado en una nota en su casa.

Brad Anderson traza de este modo una película que comienza en gris y acaba en negro. Todo comienza en una escena situada antes del desenlace, donde el protagonista lanza un cadáver al mar, a partir de la cual, mediante un flashback, vivimos todo lo que ha llevado a Reznik a esa situación. No se trata de una película de terror como la anterior película de Anderson, Session 9 (en la que Anderson ya demostró lo que es incomodar al espectador), sino de una de esas películas tensas donde puede más la sensación de asfixia continua, esa sensación de sentirse vigilado, perseguido y no conocer el motivo de todo. Una sensación que Anderson plasma perfectamente a partir de un sólido guión de Scott Kosar (La Matanza de Texas).
En cuanto a los actores, está claro que el protagonista absoluto es Christian Bale, que aparte del tremendo cambio físico que ha pegado hace un papelón. Está claro que al británico no le ha importado dejarse la piel (y nunca mejor dicho) en una producción española de 5 millones de € que es menos de lo que cuestan muchas de las películas independientes en USA. Las dos coprotagonistas, Jennifer Jason Leigh y Aitana Sánchez-Gijón pese a sus breves papeles consiguen acompañar perfectamente la cadavérica presencia de Bale. El que me ha sorprendido es John Sharian, el misterioso Ivan, que a parte de lo desagradable de su aspecto, consigue meterte el miedo en el cuerpo desde el primer momento con esa actitud chulesca de quien sabe que controla la situación por completo.

Es una película que gustará a los amantes del cine de ese cine de suspense oscuro y viciado donde nada es lo que parece. Aquellos que hayan disfrutado con el primer Amenábar, con Nolan, con Hitchcock, con Aronofsky o con Fincher tienen aquí otra película de la que salir bien contentos. Brad Anderson es un director a la altura de cualquiera de los anteriores.
Una crítica de: Javier Ruiz de Arcaute
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