Críticas

OLD BOY

Digámoslo ya de una vez: a los gafapastas de los festivales de cine, las pelí­culas de acción les molan. Pero no pueden ser americanas (válgame Cristo, dónde vamos a parar). Deben ser orientales y no de Japón, que eso ya está muy visto: mejor coreanas, chinas o taiwanesas, que son de lo más cool. Preferentemente se debe mezclar sangre a granel con un agudo retrato psicológico de los personajes y temas metafí­sicos relacionados con la sed de venganza, la soledad, el amor, la vida, la muerte, el universo y todo lo demás. Como perfecta combinación de lo dicho anteriormente, no es de extrañar que Old Boy haya arrasado en Cannes y en Sitges. Que guste a los espectadores de a pie, es otra cosa.

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Oh-Dae su y su fiel amigo el martillo.

Park Chan-Wook (si hay erratas, ruego disculpas de los lectores coreanos pero es que servidor no sabe cual es el nombre, cuál el apellido y en que orden van) es el máximo exponente de la auténtica explosión de cine asiático que se vive en estos momentos. Su talento visual es ilimitado, prácticamente es como hablar de David Fincher con tripis. Al margen de no haber dos planos que se repitan, su empleo de la luz y de la cámara prácticamente no conoce rival. Temáticamente hablando, en Old Boy vuelve a repetir su obsesión, ya presente en anteriores films como Sympathy For Mr. Vengeance o Joint Security Area: colocar al hombre corriente en situaciones lí­mite, donde sus creencias, su sentido común y su cordura se ven puestas a prueba.

En el caso que nos ocupa aquí­, la ví­ctima es Oh Dae-su (Choi Min-sik), un hombre de negocios con una excesiva tendencia a beber y a tocar las pelotas, que de repente se ve encerrado en una habitación durante la friolera de 15 años. En ese perí­odo de tiempo, Oh Dae-su es regularmente dormido, alimentado y estudiado por sus secuestradores. Dae-su tendrá que liberar una batalla interna descomunal para mantener el buen juicio, y justo cuando está a punto de escapar, es liberado. A partir de ahí­, sólo, en una nueva Corea que desconoce, con su mujer asesinada y con un entrenamiento fí­sico imaginario basado en ver combates de boxeo en la tele de su celda,  se dedicará a encontrar al responsable de su cautiverio y hacerle la pregunta del millón: ¿por qué?.

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Oh Dae-su y Mi-Do uniran fuerzas para encontrar al secuestrador.

En Old Boy el espectáculo de acción se combina con un relato mucho más denso. Old Boy es un estudio de la venganza y de la soledad, a través de los monólogos de Oh Dae-su y su relación con Mi-do (Kang Hye-jeong), una joven chef, en una Corea de fantasí­a. Equilibrando suspense, amor, drama y acción a partes iguales, Old Boy se atreve a llegar más lejos de lo que ninguna pelí­cula lo ha hecho este año, innovando y reinventándose en cada secuencia. La más memorable, obviamente, es la de la lucha en el pasillo: Dae-su pone en práctica su entrenamiento frente a veinte macarras dispuestos a curtirle el lomo. La secuencia está rodada desde un plano lateral, y son tres minutos sin cortes donde contemplamos la lucha de principio a fin como si estuviéramos jugando al Street Fighter. Un ejemplo de coordinación y ritmo que te deja con los ojos haciendo chiribitas. A partir de ahí­ la historia comienza a desenvolverse y Chan-wook comienza a tomarse su tiempo con flashbacks que nos llevan a la crucial infancia de Oh Dae-su, y lo que parecí­a una venganza en blanco y negro comienza a tomar tintes más grises que demuestran que el ser humano es capaz de moverse en un espectro moral muy amplio, donde ya no te queda tan claro qué es bueno y qué es malo.

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Lee Woo-jin (Yu Ji-tae), un hombre con muchas sorpresas en la manga.

Sin desvelar nada más de la pelí­cula hay que destacar, sin embargo, que Chan-wook a veces no termina de dominar la historia y en muchas ocasiones se pierde, o alarga determinadas escenas más de lo que deberí­a. Considerando que Old Boy es una historia de venganzas retorcidas, bastante tenemos con creernos lo que estamos viendo para que encima el director se relama los dedos con una historia que, en esencia, es tan vulgar como Kill Bill, o cualquiera de Steven Seagal. El giro de tuerca que Chan-wook da en esta ocasión es muy apreciable, pero hay momentos en los que parece muy cogido por los pelos, sobre todo en los veinte minutos finales (tan impresionantes como retorcidos) y en un epí­logo bastante innecesario (como casi todos los epí­logos). Sin embargo, no desdeñemos lo que hay: la interpretación de Choi Mink-sik como Oh Dae-su es arrebatadora, dando vida a un personaje cuya vida interna es un manojo de nervios, movido por pura desesperación por averiguar respuestas y recuperar el tiempo perdido. Min-sik es el corazón de un film manejado con mano maestra por Chan-wook que demuestra una vez mas que en esto del cine quedan muchas cosas por inventar. Sin embargo, la próxima vez se agradecerí­a que se ciñera un poco más a la historia en sí­ que, al fin y al cabo, es demasiado corriente para tanto bombo. Lo que sucede es que es un bombo impresionante.

LO MEJOR:

– La puesta en escena de Chan-wook, la interpretación de Min-sik y la perfecta mezcla de drama, acción y ternura que destila cada secuencia del film que sencillamente es tan rico en ideas y en imágenes sorprendentes, que parece que está vivo.

– La secuencia del pasillo, que todos los estudiantes de cine deberí­an empollarse de cara a futuros exámenes.

LO PEOR:

– La música.

– Sr. Chan-wook: ¿es necesario tanto para contarnos tan poco?.


Park Chan Wook | Hwang Jo-yun, Lim Chun-hyeong, Lim Joon-hyung, Park Can-wook, Tsuchiya Garon | Choi Min-sik, Yu Ji-tae, Kang Hye-jeong, Ji Dae-han, Oh Dal-su, Kim Byeong-ok, Kim Su-hyeon, Lee Seung-jin, Yun Su-kyeong, Park Myeong-shi | Jung Jung Hoon | Kim Sang-Beom | Cho Young Wuk | Ryu Seong-hie | Lim Seung-yong | Kim Dong-ju | Egg Films, Show East | Lolafilms | 8 |

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Captura1

Malas personas. Grandes soldados.

tu hijo

Vivas recupera el espíritu de ‘Secuestrados’ para contar una historia de venganza que no es tal cosa.

buster

Todos pasamos al otro lado con las manos vacías.

animales2

El precalentamiento (segunda parte).

apostle

Otro ejemplo de buenas ideas diluidas en una puesta en escena adormecida y un protagonista sin sal.

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