Críticas

MILLION DOLLAR BABY

A finales del pasado verano Clint Eastwood presentaba en los estudios Warner la copia definitiva de su última pelí­cula, Million Dollar Baby, a los mismos ejecutivos que rechazaron promocionar Mystic River de cara a los Oscar por considerarla “anticomercial” y “aburrida” (Mystic River terminó ganando dos estatuillas y recaudó mas de 200 millones de dólares en todo el mundo). Eastwood cumplió su trabajo como siempre hace, es decir, a tiempo y por debajo del presupuesto, pero esta vez se reservó el derecho de promocionar su último film como le diera la realí­sima gana. A las 24 horas de ver el pase de prueba, la Warner Bros. era un clamor: el estreno de la cinta se adelantó cuatro meses para colocarle en la lí­nea de salida de cara a los premios de la Academia. La razón de tanta locura es bien sencilla. Señoras y señores: Million Dollar Baby es la mejor pelí­cula del año, una de las tres mejores pelí­culas de la filmografí­a de su director y la clara demostración de que Clint Eastwood es el mejor cineasta norteamericano en activo.

Frankie Dunn (Clint Eastwood) sabe todo lo que hay que saber del boxeo. Como padre es un desastre, porque tiene una hija que lleva 23 años sin hablarle. Como feligrés, es lamentable: no para de torturar al bueno del Padre Horvak (Brian F. O’Byrne), que le considera un “jodido pagano”. Pero como entrenador, su astucia y experiencia son mano de santo para sus pupilos a los que lleva en volandas hacia las peleas más importantes y, al final, a la lucha por el tí­tulo de campeón del mundo, momento en el cual el dinero manda, aparecen los grandes managers y el viejo Frankie es arrojado a la basura. Dí­a tras dí­a y decepción tras decepción, Frankie agota el poco tiempo que le queda en su gimnasio junto a su amigo del alma Eddie Dupris (Morgan Freeman), un boxeador tuerto que ejerce de amigo, hermano, confidente y conciencia ocasional. Un buen dí­a, las convicciones deportivas de Dunn se ven dinamitadas: hay una mujer entrenando en su gimnasio. Responde al nombre de Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), pura “basura blanca”, que llaman en los Estados Unidos: iletrada, inculta, analfabeta y testaruda como una mula. Maggie trabaja de camarera viviendo de las propinas y de las sobras de los clientes y para Frankie la sola idea de entrenarla (a ella, a una CHICA) es poco menos que una afrenta al honor. Sucede sin embargo que estos tres personajes, con sus defectos y sus virtudes, tienen en común un corazón del tamaño de un estadio de fútbol: al vigésimo intento, Frankie acepta entrenar a Maggie y llevarla a la lucha por el tí­tulo.  Muy pronto, Frankie verá en Maggie más que una pupila. Verá a la hija que perdió y esa camarera que no sabe hacer ni la “o” con un canuto, por arte de magia, se convertirá en la persona más importante de su vida. Para bien y para mal.

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Maggie y Frankie; entrenándose para vencer. 

Decir que Million Dollar Baby va de boxeo es como decir que El Viejo y el Mar va de viejos y peces. El film es un estudio de las relaciones entre las personas, entre Frankie y Maggie, entre Eddie y Frankie, entre Maggie y su familia, que da miedo verla del asco que da. El boxeo es una excusa, una herramienta maravillosamente manejada, eso sí­, por el director, que se lo pasa pipa con los combates, genialmente coreografiados y más violentos de lo que cabrí­a pensar, marcados por la gran exhibición fí­sica de la Tita Hilary, que ganó más de siete kilos de músculo para el papel. Durante los dos primeros tercios de pelí­cula todo va bien: la fotografí­a es guay (cortesí­a de Tom Stern, que controla el claroscuro con mano maestra), la música es guay (un leví­simo punteo de guitarra compuesto por el propio Eastwood) y los actores principales dan vida a los personajes con una comodidad y seguridad pasmosa, alimentada por el estilo de dirigir de Eastwood, donde el ensayo se convierte en la toma. El público se rí­e, se evade, se reconforta, y se dispone a ver un relato clásico con la mayor placidez posible. Y es en ese momento, cuando la audiencia baja definitivamente la guardia, cuando comienza el último tercio de Million Dollar Baby: los treinta y cinco minutos más devastadores que he visto en años en una pantalla de cine.

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Maggie, luchadora incombustible.

A partir de una escena crucial, la pelí­cula se convierte en un infierno casi insoportable de ver: un descenso a lo más profundo de la naturaleza humana donde confluyen de golpe el perdón, la amistad, el amor, la confianza y, sobre todo, la pérdida. Entonces nos damos cuenta de que lo que ha hecho Eastwood ha sido prepararnos para lo que se nos viene encima: nos ha dado un trasfondo emocional para identificarnos con los personajes, alegrarnos con ellos y sufrir con ellos. Eastwood se limita a poner la cámara en el mejor ángulo existente y a dejar que los actores hagan el resto. Ni más ni menos. 35 minutos de cine en todo su esplendor, inolvidables y con una carga emocional que deja al espectador clavado en la butaca. Million Dollar Baby es la historia de tres marginados que se han apartado del resto de la sociedad por atenerse a unos principios casi olvidados (nobleza, integridad, constancia) que todo el mundo se pasa por el forro de los cojones. Escenas como la de Frankie aceptando a Maggie en el gimnasio, el primer combate, la primera reunión de Maggie con su familia… son casi imposibles de ver en el cine actual: enseñar personajes comportándose como seres humanos bajo una mirada adulta y enfrentándose hasta el final a lo que la vida nos depara requiere no solo de talento, sino de alma; y el Tito Clint tiene a patadas la sabidurí­a cinematográfica que otorgan casi medio siglo al servicio del celuloide. En cuanto a la parte humana, sólo hay que ver su interpretación, un elogio de la vulnerabilidad, de la debilidad de la gente: Frankie Dunn está solo, y sólo tiene a Maggie y a Eddie, y cuando las cosas se ponen difí­ciles, es tan humano como otro cualquiera. Eastwood aporta esa imagen de tipo duro que es sólo cáscara, mientras que por debajo se esconde un viejo amargado y herido pero enormemente tierno, noble y honesto. Morgan Freeman aporta al papel de Eddie su empaque, dignidad y sobriedad habitual, sólo que esta vez el papel está a su altura, el de apoyo moral de Frankie, amigo hasta el final, y narrador de la historia, con una voz en off que parece que está recitando un poema. Ojo con la escena en la que se enfrenta a un mindundi del gimnasio.Pero es Swank el alma de la pelí­cula. El corazón del millón de dólares. Maggie Fitzgerald es un gran personaje, y Swank lo afronta de la mejor manera posible: con mucho cuidado, sin excederse en el acento (de nuevo, imprescindible la versión original) y con una candidez y una humildad que equilibran su faceta de guerrera del ring. La Srta. Swank ya deberí­a ir preparando su discurso de aceptación de su segundo Oscar porque este año no tiene rival. Me alegro mucho por esta actriz, que parecí­a condenada al telefilm tras su primera estatuilla y demuestra pasito a pasito que es el Matt Damon con tetas: posee no solo la inteligencia para elegir los mejores papeles disponibles (véase Insomnio) sino que tiene una especie de aire de antidiva que te desarma y la hace inmediatamente accesible.

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Eddie será testigo del destino de sus amigos.

En definitiva, que la veáis. Porque es necesario. Porque es una experiencia emocional como muy pocas veces se da en una pantalla de cine. Porque es la obra cumbre de un cineasta que no tení­a que demostrar nada a nadie, pero que obra tras obra va mejorando cuando la mayorí­a de sus coetáneos se han rendido o, peor aún, están muertos. 27 pelí­culas y contando, Clint Eastwood ya no sólo es mi Tito cinematográfico. Ahora, para este señor que suscribe ya no es Tito Clint, es PAPÁ EASTWOOD.

* LO MEJOR:

– TODO

* LO PEOR:

– A la hora de hablar de los defectos del film, la tarea se vuelve difí­cil: Eastwood puede ser considerado como un manipulador de emociones, pero creo sinceramente que no hay manipulación en enseñar las cosas tal y como suceden. Nunca noté que el director me estuviera presionando con música de campanillas o explosiones dramáticas (algo que aquí­ NUNCA sucede). También se le puede criticar el empleo de los tópicos: es muy fácil ver un clon de Rocky o Karate Kid durante gran parte del film pero claro, también es cuestión de lo superficiales que queramos ser. Desde mi punto de vista, Condemor va del Oeste, pero no es Grupo Salvaje.

Además, anuncio desde aquí­ que cualquiera que ataque a esta pelí­cula recibirá una cordial respuesta de este señor invitándole a que exponga los motivos de su rechazo, motivos que serán civilizadamente debatidos. Pero si por casualidad a alguien se le ocurre poner a caldo al film sin más ni más, le digo desde este momento que no importa cuán profundo que se oculte ni lo lejos que huya: le encontraré y los forenses tendrán que inventar un nuevo nombre para describir lo que voy a hacer con su cadáver.


Clint Eastwood | Paul Haggins, basado en la colección de relatos Rope Burns de F.X. Toole | Clint Eastwood, Hilary Swank, Morgan Freeman, Jay Baruchel, Mike Colter, Lucia Rijker, Brian F. O'Byrne, Anthony Mackie | Tom Stern | Joel Cox | Clint Eastwood | Jack G. Taylor Jr. | Clint Eastwood, Paul Haggins, Tom Rosenberg, Albert S. Ruddy | Robert Lorenz, Gary Lucchesi | Malpaso Productions, Albert S. Ruddy Productions, Lakeshore Entertainment | Filmax | 10 |

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