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LA INTÉRPRETE

Sí­: es predecible hasta la exageración. Sí­: es demasiado larga. Sí­: no hay quí­mica alguna entre la pareja protagonista. Pero La Intérprete es una exhibición de control y dialogo a cargo de los grandes mitos del cine norteamericano de las ultimas décadas, Sydney Pollack, que ha conseguido con este trabajo (aún con todos sus defectos), su obra más entretenida en mucho tiempo. Un auténtico ejercicio de cine tradicional artesano.

Silvia Broome (Nicole Kidman) trabaja como traductora en el edificio de las Naciones Unidas, una institución atada de pies y manos en la vida real que recibe aquí­ un ciertamente sospechoso pero comprensible, dados los privilegios, lavado de cara. Un mal dí­a escucha por casualidad una conversación entre dos hombres de un paí­s africano (completamente ficticio, claro) en la que se planea el asesinato del presidente de dicho paí­s, un buen hombre que se ha convertido, por obra del destino y la polí­tica, en un genocida. El caso es que Sylvia, por otro extraño giro del guión, está nacionalizada en ese mismo lugar, por lo que ocupará un lugar fundamental en la increí­blemente enrevesada trama que se relatará a continuación. Acosada por los conspiradores y rechazada por el Servicio Secreto, sólo tendrá un férreo apoyo en la figura del agente Tobin Keller (Sean Penn), cuya única razón real para ayudarla, se me ocurre una vez visto el  film, es que es Nicole Kidman y que en esta pelí­cula Nicole Kidman sale muy guapa.

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Estás preciosa cuando te persiguen, Nic.

Si habéis tenido la desgracia de ver el trailer, debéis saber que no hay mucha más acción aparte de la explosión de un autobús y un par de amenazas de enmascarados en casa de la bella traductora. El resto de las más de dos horas de pelí­cula se basan en diálogo y más diálogo prácticamente intrascendente entre el protector y la protegida, sin mucha más chicha que un pasado traumático común (los padres de ella murieron en la guerra, la mujer de él en un accidente de coche) que no existe por otro motivo que para dar entidad a personajes que son más planos que un folio.

Sin embargo, Sydney Pollack es un hombre que sabe de cine. Sabe que está rodando en la mejor ciudad del mundo cinematográficamente hablando (o sea, en Nueva York) y aprovecha el permiso especial concedido por la ONU para explicarnos la organización de cabo a rabo e introducirnos en su pasillos y despachos como nunca habí­amos visto antes. Sin embargo, la fiera social desaparece por completo y el espinoso tema africano deja de cobrar sentido en el momento en el que hablamos de un dictador cualquiera de un paí­s cualquiera. Lo que es una lástima, porque el malo de la pelí­cula, al que se le acusa de haber asesinado a medio paí­s, empezó siendo un honrado dirigente y Pollack evita centrarse por completo en tan interesante personaje, lo que me parece un craso error. En vez de eso, deja carta blanca a Sean Penn y Nicole Kidman para que se desarrolle su relación. Pero hay problemas. Para empezar, a Penn su Oscar se le ha subido mucho a la cabeza, y en este film le vemos sumamente concentrado. Es más, es como si creyera estar en la pelí­cula más importante de todos los tiempos, interpretando con una seriedad y una firmeza que da asco, sin ligereza ni humor alguno. En cuanto a Nicole Kidman, aparte de creernos que tiene raí­ces africanas (cosa que yo, particularmente, no me trago), no hace mucho más que mostrar un despliegue de emociones (llorar, estar enfadada, poner morritos) que tampoco cuaja. Porque, señores, si alguien quiere ver un ejemplo de papel femenino de acción, que vean a Jodie Foster en La Habitación del Pánico, donde es dinamismo puro y duro. Da igual que conduzca una moto o que apunte con una pistola: si Sean Penn está en Mystic River 2, Kidman sigue en los anuncios de Chanel, con esa mirada frí­a y esa posición estática (no anda, levita, como la de Mars Attacks) que la sitúa en un Nirvana por encima de nosotros mortales.

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Penn, Pollack (centro) y Kidman, en medio de la ONU.

Pero por la parte que le toca a Pollack, señores, intachable. Da gusto ver a un director (con cameo incluido) manejar conversaciones de cinco, seis minutos con una seguridad y una convicción apabullantes, sin aburrir lo más mí­nimo cuando lo más fácil hubiera sido recortar lí­neas de diálogo. Además el escenario, como ya he comentado, cobra un papel fundamental y enriquece muchí­simo la pelí­cula con esos grandes paisajes de Manhattan agraciados con la espléndida fotografí­a de Daruis Khondji (Seven) que alcanza puntos culminantes en la escena de la fatí­dica conversación inicial. Es una pena, sin embargo, que ninguno de los personajes despierte el mayor interés (ni siquiera los secundarios, con Catherine Keener como compañera de Penn, completamente desaprovechada) y que el continente africano se presente de una forma tan lejana, con un breve (pero sangriento) prólogo inicial en África y unas cuantas máscaras de adorno y fotografí­as de cadáveres. Y en lo que se refiere a la trama, ésta se complica de forma tan enrevesada que hay que seguir escuchando a los personajes, lo cual da muestras de auténtica madurez en esta obra de Pollack, pero también de falta de garra en el guión, y mira que tiene a gente como Scott Frank o Steven Zaillian.

Y sin embargo, destacamos de nuevo lo dicho, que Pollack entiende al espectador como un ente inteligente, y que a pesar de los extraños vericuetos de la historia, decide centrarse en las relaciones humanas entre los personajes sin dejar de lado la acción y el suspense (tratados con maravilloso clasicismo alejado del montaje videoclipero) en la de todos modos brillante secuencia del autobús y en el climax final en la ONU, con el asesino a punto de actuar. La Intérprete es un ejemplo de cine inteligente, tradicional, serio y clásico, pero es un brillante mecanismo de relojerí­a en el que muchas de sus piezas no están a la altura. Sin embargo, no os decepcionará.

LO MEJOR:

- La puesta en escena de Pollack y el sentido de la profesionalidad que se desprende de este film, que nunca arrebata pero que te engancha si tenemos los oí­dos prestos.

LO PEOR:

- El guión no termina de estar a la altura y los actores se resienten por ello.

- La imagen de la ONU es muy hermosa, como una perfecta organización internacional que lucha por el pluralismo, la paz y el equilibrio de poderes en el mundo. Supongo que esto es la magia del cine: ojalá fuera cierto.

  • TTAA

    Una buena reflexión, lo único que corregiría sería la palabra “traductor” por “intérprete”, ya que no es lo mismo ;) por algo se llama “la intérprete” y no “la traductora”.