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LA ISLA

Escrita por: Rafa Martí­n | 5 agosto | 11:03 PM

Michael Bay | Caspian Tredwell-Owen, Alex Kurtzman, Roberto Orci | Ewan McGregor, Scarlett Johansson, Djimon Hounsou, Sean Bean, Steve Buscemi, Michael Clarke Duncan, Ethan Phillips, Brian Stepanek | | Paul Rubell, Christian Wagner | Steve Jablonsky | Nigel Phelps | Michael Bay, Ian Bryce, Laurie MacDonald, Walter F. Parkes | | DreanWorks SKG, Warner Bros., Parkes/MacDonald Productions | Warner Sogefilms


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Como aficionado al cine de palomitas, siempre me he sentido inclinado a admirar la profesionalidad y la pericia técnica de los creadores de una pelí­cula destinada, sencillamente, a hacernos pasar un rato entretenido en el cine. De entre esos profesionales, debo reconocer, usted era uno de los que menos simpatí­a me inspiraba, principalmente por las constantes que marcan su cine: mareantes movimientos de cámara, permanente banda sonora, constante énfasis de detalles sutiles mediante el uso indiscriminado de la cámara lenta y una afición enfermiza por arrasar estructuras complejas (coches, edificios, helicópteros) en una lluvia de fuego y destrucción. Detalles menos obvios, como su desprecio por el guión o por la interpretación, me habí­an pasado convenientemente inadvertidos porque, al fin y al cabo, su cine se disfruta dejando el cerebro a la puerta bajo la promesa de mantenerme despierto durante las más de dos horas que suelen durar sus films; una promesa a la que usted ha sido fiel. Hasta ahora.

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Lincoln Seis-Eco (Ewan McGregor) y Jordan Dos-Delta (Scarlett Johansson): perdidos en el espacio.

Así­ que aquí­ estamos, Sr. Bay, con la pelí­cula que hubiera sido un nuevo punto de partida para usted, una inflexión en una carrera marcada por inflar cualquier argumento, por leve que sea, hasta convertirlo en una épica de la devastación. Con La Isla se le presentaba una oportunidad única, una premisa irresistible, con sólidos actores, profesionales competentes y, por primera vez, sin la temible sombra de Jerry Bruckheimer planeando sobre su cabeza con bandera americana en mano. Dos clones intentando sobrevivir en un mundo en el que sus órganos se emplean para reemplazar las partes dañadas de sus “originales” parece, cuando menos, un intento de reflexionar sobre la naturaleza humana y su comportamiento ante la sensación de ser un mero almacén de piezas de repuesto. Usted tení­a la oportunidad de demostrar que era algo más que un realizador MTV, Sr. Bay. De verdad que sí­. Al menos es mejor material que la habitual basura con la que suele trabajar usted, pero cuando ha llegado la hora de demostrar la creatividad que siempre ha anhelado enseñar aplicando su potente estilo fí­lmico a un campo tan fértil como la ciencia-ficción ¿Qué hace? Joderla. Hasta el fondo.

Sr. Bay, usted es un inepto. Inepto, porque convierte una aventura destinada para una audiencia con un cociente intelectual normalizado (audiencia a la que usted no se ha dirigido nunca) en una exhibición de “product placement” (perdí­ la cuenta de las marcas que aparecen en el film – Puma, Nike, XBox, MSN, Chrysler en el número 130). Inepto, porque se nota a la legua que está deseando saltarse las escenas en las que hablan los personajes porque no sabe que hacer ni con la cámara ni con los actores cuando los diálogos duran más de 30 segundos. Inepto, porque logra transformar las escenas con mayor carga emocional en un videoclip (cutre) mediante el empleo de todos los filtros fotográficos habidos y por haber, como en la escena en la que un clon es ejecutada instantes después de haber dado a luz a su bebé y en la que usted, inepto, se las apaña para que no nos enteremos de nada. Inepto, porque si bien Ewan McGregor no tiene las hechuras de un hombre de acción, el escocés es un actor que vale perfectamente como héroe reflexivo porque aporta frescura y naturalidad a todos sus roles, caracterí­sticas que usted asesina indiscriminadamente en el momento en el que introduce su tí­pica persecución de los cojones justo cuando el chaval comienza a coger ritmo (lo mejor del film: las escenas en las que interactúan el clon con su original, interpretado por Tito Mac con convincente sentido de la comedia).

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La moto-avispa: uno de los pocos detalles originales del film.

Inepto, porque resalta los detalles más deficientes del film, como la interpretación de Scarlett Johansson en modo Barbie envuelta en sábanas blancas, o la nula presencia de secundarios como Djimon Honsou (que digievoluciona sorprendentemente de estricto jefe de seguridad a fanático revolucionario) o Sean Bean, así­ como el feí­sta diseño de producción, que alterna escenarios reales con cuatro monigotes futuristas pegados con celofán como el, ejem, monorraí­l que se ha sacado usted de la manga. Pero sobre todo INEPTO, porque ni siquiera está a la altura en su especialidad: las escenas de acción. No sólo están pésimamente incorporadas en la trama, no sólo son monótonas, repetitivas y mecánicas, sino que superan los lí­mites de la “suspensión de incredulidad” incluso para un film de ciencia-ficción (porque, créame Sr. Bay, si dos personas caen desde cien metros de altura, envueltos en treinta toneladas de metal y plástico con un helicóptero estallando a menos de dos metros, hace falta mucho más que ayuda divina para que salgan completamente ilesas).

Mire usted, creo que ahora lo que más me fastidia es el hecho haberle visto reaccionar como lo ha hecho ante el desolador resultado en taquilla de esta pelí­cula. Me jode particularmente el hecho de que sólo “suponga” que el artí­fice último de este descalabro sea usted, cuando está claro que todas las payasadas que aparecen de La Isla llevan su inconfundible sello personal, que incluye una desmedida afición por incluir escenas en discotecas y lavabos de bares, tan prestos a los chistes homófobos (incluidos este film, por absurdo que parezca). Como verá, echarle la culpa al póster (un elemento de marketing que eligió personalmente, tan habituado como está a trabajar con estos productos) no sirve de gran cosa, habida cuenta que la profundidad de su pelí­cula comparte con el cartel el mismo grosor: tres milí­metros.

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Coches y helicópteros: meterlos como sea, donde sea, cuando sea.

De todas formas, descanse tranquilo, porque si algún dí­a llega a caer Transformers en sus manos volverá a pisar terreno seguro. No puedo imaginar nada mejor para usted que rodar un film con robots gigantes arrasándolo todo por donde quiera que van: habrá cosas que explotan cada treinta segundos y no tendrá que preocuparse por aspectos como la personalidad de los protagonistas (porque, al fin y al cabo, serán robots, y como tal ha entendido usted a los actores que protagonizan La Isla). Y encima podrá llenarles de pegatinas publicitarias, como a un coche de fórmula 1, para que no tenga que molestarse en enseñarnos planos de tres segundos de una botella de Aquaviva.

Sin embargo, se quedará con una sensación incómoda antes de irse a la cama, y quiero recordársela antes de terminar estas lí­neas: que justo en el momento en el que se le ha dado una pelí­cula de verdad, justo en el momento en el que podrí­a haber dejado atrás sus tics barrocos para centrarse en una historia con posibilidades, le ha dado miedo, se ha jiñado y ha considerado que lo mejor para cubrir su inseguridad ha sido “pegar a la esposa”, so torpe: elevar todas sus maní­as al cubo, atacar de frente y pasarnos por encima como una apisonadora con un estilo visual que ha pasado de ser “mareante pero inocuo” a “irritante, inflado, torpe y molesto”.

Tal vez deberí­a dedicarse a otras cosas, ¿no le parece?. La nota que le he puesto a su film deberí­a hacerle recapacitar.

Atentamente suyo,

Rafael Martí­n.

LO MEJOR:

- McGregor y los diez minutos iniciales.

LO PEOR:

- Lo demás.


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