

Tim Burton es uno de esos directores que gustan a casi todo el mundo y eso que siempre se ha caracterizado por un gusto estético y un tipo de humor muy particular. Hasta cuando ha adaptado historias ajenas como Batman o El Planeta de los Simios (unas más acertadas que otras) ha dejado su sello. Su última película, Big Fish, se caracterizaba porque, a pesar de mantener su estilo, era una película mucho más luminosa que las anteriores. A Burton le mola lo oscuro, pero últimamente también está mostrando un gran interés por historias menos tenebrosas y más coloristas, como es el caso de Charlie y la Fábrica de Chocolate.
La película es una fiel adaptación del libro de Roald Dhal que comienza cuando Willy Wonka, uno de los mayores fabricantes de chocolate del mundo, sortea, mediante cinco billetes de oro ocultos en sus chocolatinas, la oportunidad de visitar su fábrica. Charlie, un humilde niño de una familia pobre como pocas, se encuentra así con algo que le ilusiona. La mera posibilidad de ser uno de los elegidos le resulta suficiente motivo para estar feliz. No es un secreto que al final consigue el ansiado billete para el que será el viaje más asombroso de su vida.

Burton ha hecho su película más alegre y colorista y se ha mantenido fiel al libro ya que la película está principalmente pensada para el público infantil. Lo bueno es, que al igual que el libro, ese público principal no es tratado como un idiota (algo que si ha sucedido en cosas como El Gato) y además resulta igualmente interesante para los adultos.
Freddie Highmore (que a mí inevitablemente me recuerda a Galindo, de Crónicas Marcianas) demuestra el potencial que tiene como actor y Johnny Depp hace uno de los papeles más alejados de su tradicional imagen de guaperas intelecual, su Willy Wonka es un tipo raro, histriónico, hasta cierto punto huraño y tremendamente divertido. Junto a ellos toda una galería de secundarios desde el entrañable abuelo, interpretado por David Kelly, a los descojonantes niños y sus respectivos progenitores que acompañan a Charlie en su viaje por la fábrica de Willy Wonka.

Los números musicales que acompañan la película cada vez que uno de los repelentes niños la caga son geniales y van mejorando uno tras otro, todos protagonizados por Deep Roy, que da vida a todos los Oompa Loompas (los pequeños obreros que trabajan en la fábrica).
En el tema visual la película es un prodigio con grandiosos decorados para cada una de las salas de la fábrica de chocolate. La cascada, la sala de inventos, la sala de la tele y los desplazamientos del ascensor son estupendos. Hasta la decrépita casa de Charlie resulta entrañable.

El resultado final es una estupenda película infantil pero con la que los adultos van a pasarlo también en grande, con claras dosis de mala leche y crítica hacia los niños malcriados y los padres de los mismos, aunque con la inevitable dosis de moralina y buenas intenciones que es lo que puede hacer que la peli no sea del todo redonda. Echo en falta al Tim Burton más tétrico, pero hay que entender a quien va dirigida la película.
Eso sí, no es la mejor película para animar a los niños a ir al dentista y no lo digo por el chocolate, sino por Christopher Lee.
Una crítica de: Javier Ruiz de Arcaute
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