

Prevenidos quedáis: éste no es un film de terror hasta sus últimos 10 minutos. Todo lo que hemos visto anteriormente da brincos en torno a la idea fundamental: la triste divorciada Dahlia (Jennifer Connely) intenta superar el traumático proceso de la custodia de su única hija Ceci (Ariel Gade), a la par que intenta evadir los intentos de su marido Kyle (Dougray Scott) de quedarse con la pequeña. Sin embargo, el nuevo piso al que se han trasladado posee una dramática historia acerca de una niña pequeña desaparecida cuyo fantasma, es posible, podría intentar arrebatar a Dahlia su bien más preciado.

Total, que este remake de la ya de por sí aburridísima peli japonesa que la precede, obra y gracia del ya mítico Hideo Nakata (el mismo de The Ring) no va a ninguna parte. Sin embargo, Walter Salles (el director de la muy buena Estación Central de Brasil) dirige la peli con un pulso firme y saca partido del claustrofóbico escenario con escenas muy conseguidas, como la que sucede en la lavandería. Pero hay un pequeño problema: el film de por sí no da miedo, y el supuesto misterio se desenreda muuuuuyyy lentamente, porque al parecer, resulta que es mucho más importante la lucha por la custodia de la niña (parte de la trama a la que se dedican interminables escenas en el despacho de un asesor).
De esta forma tenemos prácticamente dos historias en una que se desarrollan casi por separado, con sus propios secundarios. Uno cabría esperar que actores del calibre de John C. Reilly, Pete Postlethwaite o Tim Roth terminaran por salvar este caos de alguna forma, pero ninguno de los tres parece estar en su ambiente, en particular Reilly, que molesta muchísimo porque NO PARA DE HABLAR. Quizás Roth destaca por encima de todos ellos como abogado de Dahlia, porque tiene un par de detalles que lo hacen interesante, como el hecho de que tiene la oficina, fax incluido, montada en su coche. La peor parte se la lleva Dougray Scott, completamente indefenso ante el rol de marido abusivo sin entrañas que le han escrito.
Y, por fin… Jennifer Connelly, completamente mal utilizada en un papel que no le permite más que dos registros: compungida y compungida calada hasta los huesos. Sí amigos, el agua, factor fundamental en este film y está presente por todas partes pero, al igual que en el caso de su precedente asiático, sólo funciona como un mero elemento decorativo que convierte al fantasmilla de turno en un ser con habilidades especiales completamente inútiles aparte de molestar mucho creando goteras en el techo.

En fin, no vale la pena extenderse mucho más aparte de otros tópicos como el de la niña cripi que establece una conexión de tipo “parapsicológico” con el mal que amenaza la casa. Al final de la película, Walter Salles se da cuenta de que ha hecho lo que ha podido con el escaso material que tiene a su disposición, tan aterrador como El Diario de Patricia y tan interesante como una competición de carreras de pollos. Ni siquiera el clímax está a la altura de la cuestión y el final resulta magníficamente arbitrario, sin que haya habido evolución alguna en los personajes; y los únicos sustos se limitan a golpes de efecto (puertas que se cierran, grifos que gotean, tuberías que chirrían y personajes que salen inesperadamente detrás de cualquier esquina). Que sea la última vez, anda.
LO MEJOR:
- La puesta en escena de Salles y las competentes interpretaciones de todo el reparto.
LO PEOR:
- Aburrida de cojones.
Una crítica de: Rafa Martín
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