Críticas

KING KONG

Que Peter Jackson es un animal único en su especie es algo que ya se ha confirmado para todos aquellos que se hayan tragado de una sentada las más de nueve horas de duración de la trilogí­a extendida de El Señor de los Anillos (y creo que hay más de uno). Quizás, en términos de ambición y visión, James Cameron es su único igual en Hollywood, ahora que Spielberg se ha pasado al “documental” (me refiero a La Guerra de los Mundos), en tanto que nadie, absolutamente nadie, se atreve a dirigir mostrencos tan grandes como el que nos ocupa a continuación. King Kong, a grandes rasgos, es una burrada de 187 minutos de duración, con efectos visuales nunca, repito, nunca vistos antes en una sala de cine pero con unos increí­bles problemas de ritmo que se hubieran solucionado con unos cortes de tijera por un lado y por otro. King Kong es desde ya la pelí­cula de las Navidades (si no del año) y los que vayan esperando un espectáculo de primer orden ya se pueden ir poniendo los primeros en la cola. Eso sí­, desde un punto de vista más serio, como pelí­cula en sí­, y comparándola con otros similares, el nuevo film de Jackson es otro cantar…

Porque, a ver, que alguien me explique por qué son necesarias tres horas de pelí­cula cuando nada sustancialmente interesante ocurre durante su primera mitad. Por “sustancialmente interesante” me refiero a que el mono no aparece. Al igual que pasó con ese maravilloso error llamado Hulk, Jackson pretende dar a la historia un aura épica que no aparece por ningún lado durante la primera hora del film, que nos presenta a los personajes y nos mete en un barco de camino a la isla donde habita el bicho de marras. Tenemos a Ann Darrow (una monumental Naomi Watts, que es el salvavidas de la pelí­cula, ni más ni menos), una actriz muerta de hambre contratada in extremis por el alter ego de Jackson en el film, el director Carl Denham (Jack Black, que por mucho drama que le ponga al papel, sigue siendo Jack Black) y por último al guionista de la pelí­cula, y héroe a su pesar, Jack Driscoll (Adrien Brody, salvando como puede un papel absolutamente delirante en el que un guionista del off-broadway se convierte en un minuto, como Clark Kent en Superman, en Indiana Jones y, encima, experto zoólogo).

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Aunque no lo parezca, son un director y un guionista.

La idea que cruza por la cabeza del espectador que no está abrumado por el fascinante diseño de producción es la siguiente: “que me enseñen ya al mono”. Esto viene a cuento de que durante el viaje en barco (donde Denham aprovecha para rodar parte de la pelí­cula) no sucede absolutamente nada. Pero nada, hasta los últimos cinco minutos, donde hay un encadenado bastante extraño donde ocurren más cosas en sesenta segundos que en la media hora anterior. Luego el barco se choca contra la isla (en una costa extrañí­sima donde salen rocas de ninguna parte) y empieza la aventura, pero hasta entonces, Jackson se ha colado hasta el fondo, y uno empieza a pensar que los susodichos cortes, a saco, podrí­an haber beneficiado mucho al film (en particular a partir del enésimo plano aéreo del barco).

Lo que sucede a continuación sigue descolocando más y más: lo que parecí­a una pelí­cula enfocada en los personajes pone la quinta y se convierte en una especie de Superparque Jurásico rodado por un enamorado de Lovecraft, con resultados tan impresionantes como relativamente absurdos, a medio camino entre “pelí­cula de aventuras familiar” y “terror para mayores de 18”. A partir de aquí­, que conste, el film no para: se convierte en una increí­ble montaña rusa de persecuciones, tiroteos, dinosaurios, bichos (en una escena absolutamente memorable que sucede en el fondo de un barranco) y sobre todo, un mono de diez metros de altura que se convierte en la estrella de la función porque a mí­, que soy un fanático de las maquetas y de los tí­os disfrazados de mono, me ha convencido. Se mueve como un mono, parece un mono y su expresividad roza lo magistral a pesar de que es una creación infográfica. Los resultados son espeluznantes y, dado que toda la pelí­cula se basa en este punto, el film funciona, como funcionan los momentos “románticos” entre él (o “eso”) y Watts. Amantes de la zoofilia, amigos perturbadillos, lamento decepcionaros porque en King Kong la relación es casta y pura y lo que hay entre ellos dos es más un rollo “amo-mascota” muy divertido porque se basa en el juego y las risas más que en la tensión sexual (algo que sí­ habí­a en el infame remake setentero protagonizado por Jessica Lange y que a falta de una palabra mejor, era absolutamente bochornoso. Pero muy bizarro).

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Imaginad su aliento.

Otra cosa es que nos creamos algunas de las escenas de acción que nos cuela el director neozelandés, que son tan extremas, tan rápidas, y con tantos clí­max acumulados, que corremos el peligro de insensibilizarnos y pedir a gritos un tiempo muerto o algo de suspense en vez de gritos, saltos o Adrien Brody derribando a un velocirraptor de un puñetazo (momento en el que la “suspensión de incredulidad” salta por la ventana para nunca más volver). En realidad, están concebidos para que te quedes mirando la pantalla pensando “cómo mola”, y no para que te quedes analizando las increí­bles inconsistencias que rondan por ahí­ (el film prueba, efectivamente, que puedes correr entre una estampida de brontosaurios durante diez minutos cual San Fermines, que si eres uno de los protagonistas, no te va a pasar nada).

Ahora bien, que se haga el silencio. Lo que sucede de vuelta a Nueva York (a estas alturas no destripo nada si digo que el mono viaja a Nueva York, ¿verdad?) es antologí­a del cine moderno. Supongo que, por Navidad, mandaré a los chicos de Weta Design una cesta con champán porque el clí­max final en el Empire State Buliding no tiene nombre. Jackson sube hasta la estratosfera el listón de los efectos especiales en ese momento: Nueva York, la mejor ciudad del mundo después de mi pueblo, aparece como nunca antes se ha visto en una pantalla de cine, bañada por la luz del amanecer en todo su esplendor. Es un escenario tan impresionante, tan abrumador, tan jodidamente inenarrable que me da igual que en la cima del edificio esté un mono gigante derribando aviones o una pelea a puñetazos entre Chiquito y Marianico el Corto. Es un puro éxtasis visual y posiblemente el momento más recordado de una pelí­cula en el que, como se puede adivinar por lo que os acabo de contar, los personajes (y ni siquiera el simio) han sido, al final, lo más importante.

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Hasta un gorila se enamorarí­a de ella.

Lo más importante, y con esto se acaba esta historia, es el bosque, el cuadro general, la ambición de Peter Jackson de coger todas las aventuras de serie B y elevarlas hasta tal punto que a Stephen Sommers no le va a quedar más remedio que exiliarse a Alaska. Queda en el debe de la pelí­cula que muchos de los diálogos, y muchas de las escenas entre los protagonistas no están a la altura, pero King Kong es un espectáculo de primer orden y está concebido para que alucinemos durante un buen rato. Sin embargo, la ambición de Jackson es letal. Cameron sabe qué hacer durante tres horas, sabe crear un trasfondo dramático y sabe componer personajes atrayentes, pero sobre todo, sabe cuando es demasiado, cuando hay que parar y dejar que el espectador respire. Aquí­ no: al igual que sucedí­a con El Señor de los Anillos, Jackson se pierde en su propia grandeza. A las dos horas de pelí­cula, cuando el espectador está abrumado por tan bombástico espectáculo, King Kong sigue acelerando hasta convertirse en un espectáculo casi demencial: sí­, el mono es gigante, sí­, los bichos son gigantes, sí­, el escenario es gigante. Pero por favor, ojalá hubiera sido una pelí­cula más pequeñita. Ahí­ residí­a el encanto del clásico. Que sabí­a cuando decir “basta”.

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Se avecinan problemas.

LO MEJOR:

– El diseño de producción más fascinante jamás visto en una sala de cine, su sentido del espectáculo y Naomi Watts. En primer lugar, es la más guapa y, en segundo lugar, su interpretación recuerda a sus mejores antecesoras de los años 30: puro vigor, energí­a y agilidad fí­sica. Evidentemente, además, es muy entretenida. Final memorable.

LO PEOR:

– Es demasiado. Ocurren demasiadas cosas, todo es demasiado grande y muchos de los personajes son demasiado ligeros (en especial los secundarios, a los que se les da una escena por separado y ¡voilá!, ¡ya tienen profundidad!. Pues no.) para aguantar semejante carga. Cuando salgáis del cine la cabeza os dará vueltas.


Peter Jackson | Peter Jackson, Frances Walsh, Philippa Boyens, a partir de la historia creada por Merian C. Cooper y Edgar Wallace | Naomi Watts, Adrien Brody, Andy Serkis, Jack Black, Thomas Kreschmann, Jamie Bell, Colin Hanks | Andrew Lesnie | Jamie Selkirk | James Newton Howard | Grant Major | Peter Jackson, Frances Walsh, Jan Blenkin, Carolynne Cunningham | Universal Pictures, WingNut Films | UIP | 7 |

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