Críticas

HOSTEL

Al final, cuando se trata de hacer una peli de terror, sólo te quedan dos caminos: o sugieres, o muestras. Lo de sugerir es muy relativo, y hay que ser muy bueno. Ridley Scott no enseñó el puñetero alien hasta los últimos veinte minutos de pelí­cula y lo convirtió en una amenaza invisible, como Stealth, incitando los miedos más ocultos de la imaginación del espectador, que se encargaba de hacer el resto. El otro terror digamos que lo inauguró La Matanza de Texas (aunque seguro que habí­a un par de pelí­culas antes), un ejercicio de casquerí­a fina rodado en plan cutre que, vive Dios, tuvo mucho éxito porque, qué coño, a quién no le gusta ver un desmembramiento en directo: si en vez de la actriz/actor le ponemos la cara del jefe o del cabrón que nos ha robado la novia, es un espectáculo la mar de disfrutable y sano, siempre que colabore al desarrollo de la historia, siempre que no se convierta en el motivo fundamental para que avance el film, siempre que la peli no se tome a sí­ misma muy en serio y siempre que no se nos ocurra repetirlo en la vida real. Prevengo.

Cuando en el cartel aparece un pavo con una motosierra y una máscara de cuero, no hace falta ser Lumiére para averiguar a qué grupo pertenece Hostel, la última idiotez de Eli Roth y PRESENTADA POR QUENTIN TARANTINO. Al parecer, Eli Roth es como la segunda venida de Jesucristo y el salvador del cine de terror estadounidense (posiblemente el único género que no necesita ser salvado, habida cuenta de la excepcional The Ring). En vez de potenciar filmes como el anteriormente mencionado de Gore Verbinski, basados en una HISTORIA, una PUESTA EN ESCENA y un SENTIDO DE LA TENSIÓN van y encumbran a este tí­o, que además de carecer de los elementos mencionados, tiene un problema o dos en la cabeza que necesitan revisión urgente.

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“¿Oiga? Buscaba una habitación tranquilita.”

Si entendemos que a la hora de hacer una pelí­cula el creador aporta  una pequeña parte de su forma de comprender las cosas, para Eli Roth todas las mujeres son unas putas, coños con patas malévolos y retorcidos que emplean sus armas de seducción de forma indiscriminada y que carecen de sentimiento alguno. Los homosexuales, que tampoco se libran, están representados por el malo de la pelí­cula, un cripy sádico que aprovecha la más mí­nima ocasión para perturbar sexualmente a nuestros protagonistas, que por otro lado son unos completos gilipollas con el cociente intelectual de un cenicero sin las colillas. Seguramente Eli Roth será un tí­o de puta madre en la vida real, pero cuando proyecta su visión del mundo en sus pelí­culas no podemos sino pensar que este tí­o tiene un trauma sexual infantil de carácter grave (posiblemente relacionado con algún cuadrúpedo). ¿Es quizás una aproximación aislada? Definitivamente no, porque lleva ya dos pelí­culas cortadas por el mismo patrón. Al igual que en Cabin Fever, los seres humanos son máquinas de sufrir y recibir estopa exceptuando claro está el protagonista (Jay Hernández) que en esta ocasión no tiene ningún inconveniente en ponerse a la altura de los malos para conseguir salir de ahí­ con vida, y es capaz de arrancar un ojo con unas tijeras y salir tan campante. El ojo pertenece a una chica asiática que consigue escapar con vida del lugar, pero cuando se mira en un espejo y se da cuenta de que ha quedado muy fea, se tira a la ví­a del tren. Viciosas, asquerosas, superficiales mujeres, ¿eh, Eli?.

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Este tipo está a punto de experimentar la imaginación de algún perturbado en sus carnes.

Estéticamente hablando… bueno, es terror-mierda. El mismo terror al que pertenecen pelí­culas como Saw en el que se nos presentan costrosos escenarios oscuros, llenos de goteras, luces que se encienden y se apagan y manchas de zurullos por todas partes. El último lugar donde te apetecerí­a echarte un revolcón, a pesar de que nuestros héroes no tienen ningún problema con ello y estarí­an dispuestos a meterla hasta en la escupidera de una clí­nica para tuberculosos. Es, por supuesto, un film con más medios que Cabin Fever y se nota: evidentemente los efectos de maquillaje están curradí­simos y eso nos va a ayudar mucho para sumergirnos en esta aventura, que desde luego va a hacer las delicias de los que buscan sangre y casquerí­a fina, o disfrutan viendo como a un chaval le cortan los tendones de aquiles mientras está atado a una silla.

A mí­ lo de ver violencia en las pelí­culas me la trae floja, la verdad. Es más importante entender el contexto, y esto me da pena, porque justo cuando los capullos que atacaban la violencia en Hollywood han desviado su mirada hacia los videojuegos como exponentes de la degradación humana, va ahora y sale esto, y me da pena porque la criticarán y tendrán razón, porque en Hostel todo sucede de forma explí­cita y sin ningún objetivo para el desarrollo del film, que serí­a un puto coñazo si no viéramos a un tí­o arrancarse la pierna con su propia motosierra. El gore absurdo se junta con las ideas raritas que os he comentado antes y tenemos como resultado una de las cosas más vací­as y estúpidas que me he echado a la cara últimamente, un digno sucesor de Cabin Fever y un nuevo ejemplo de que un mal giro se merece, definitivamente, otro peor.

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A la muchacha, efectivamente, le cuelga un ojo.

LO MEJOR:

– Al menos está bien hecha.

LO PEOR:

– Está concebida para impactar a través de la tortura sistemática de seres humanos. No es que sea su caracterí­stica más distinguible. Es que es la única caracterí­stica. ¿Hace falta decir más?


Eli Roth | Eli Roth | Jay Hernandez, Derek Richardson, Eythor Gudjonsson, Barbara Nedeljakova, Jan Vlasák, Jennifer Lim, Lubomir Bukovy, Petr Janis, Jana Havlivkova, Vanessa Jungova | Milan Chadima | George Folsey Jr. | Nathan Barr | Franco-Giacomo Carbone | Chris Briggs, Mike Fleiss, Eli Roth | Scott Spiegel, Quentin Tarantino, Boaz Yakin | Hostel LLC, International Production Company, Sony Pictures Releasing | Sony Pictures | 3 |

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