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INSTINTO BÁSICO 2: ADICCIÓN AL RIESGO

Escrita por: Rafa Martí­n | 31 marzo | 6:37 PM

Michael Caton-Jones | Leora Barish, Henry Bean | Sharon Stone, David Morrisey, Charlotte Rampling, David Thewlis, Hugh Dancy, Anne Caillon, Iain Robertson, Stan Collymore, Kata Dobó, Flora Montgomery, Jan Chappell | | Istvan Király, John Scott | Jerry Goldsmith, John Murphy | Norman Garwood | Moritz Borman, Mario Kassar, Joel B. Michaels, Andrew G. Vajna | Mark Albela, Denise O'Dell, Volker Shauz | C-2 Pictures, IMF, Intermedia Films, Kanzaman, MGM | UIP


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Capí­tulo 12

…y era el minuto 72 de pelí­cula cuando el espectador volvió a mirar por enésima vez su reloj mientras de nuevo se preguntaba qué le impedí­a salir corriendo de la sala con un cohete en el ano, tras comprobar que sus peores pesadillas se habí­an hecho realidad: estaba, posiblemente, ante uno de los peores films que habí­a visto desde que comenzó su aventura como redactor en Las Horas Perdidas.

“¡No vayas!” – dijeron algunos. “¡No es el film original! ¡Carecerá de la impecable puesta en escena de Verhoeven, de su sentido del ritmo y del humor negro, así­ como de esa sensación de diversión y misterio que hicieron de la pelí­cula original una revisión a lo bestia de los filmes detectivescos con mujer fatal de los años 50!”, aseguraron otros. “¡Por Dios, es inglesa! ¿Recuerdas algún thriller sexual decente que haya salido de Inglaterra? ¿Exceptuando Mr. Bean?” – me espetaron otros, mientras agarraban al redactor por las solapas de la chaqueta rogando por la salvación de su alma. Lo peor es que esa vocecilla en su conciencia no paraba de repetirle “Tení­an razón. Echan Firewall en la sala 2 y tú como un gilipollas, contemplando las extrañas costumbres sexuales británicas. Como si tú no fueras más imaginativo. Membrillo. Cafre”.

“No tiene el menor sentido”, pensó el redactor para sus adentros, “llevo dándole vueltas al tema durante una hora completa y cuanto más lo pienso, más me lí­o”. El redactor conocí­a los detalles más importantes de la trama: que Catherine Trammell (Sharon Stone), habí­a vuelto a ser acusada de asesinato; que un psiquiatra llamado Michael Glass (David Morrisey) iba a ser el encargado de su evaluación; y que probablemente los dos estarí­an retozando como perros salvajes en un abrir y cerrar de ojos. El lo sabí­a pero, ¡diablos! estaba intentando comportarse de una manera profesional y no iba a dejar que las continuas referencias a la primera entrega, las frases hechas, los tópicos que estaban inundando la secuela hasta esos momentos nublaran su buen juicio.

Sin embargo, ni aún desplegando la inmensidad de su cociente intelectual (75, según el último test), el redactor pudo, ni por un solo momento, atisbar el significado de la historia que se le estaba contando. Pero, como en los mejores capí­tulos de Expediente X, cada respuesta abrí­a un millar de interrogantes. ¿Por qué, exactamente, el psiquiatra se siente atraí­do por Tramell? ¿Comparten algún rasgo en común como el sentido del peligro que torturaba a Douglas en la primera parte del film? ¿Quién es ese policí­a y por qué ronda por ahí­, a pesar de que el caso contra Stone se abre y se cierra a los cinco minutos de pelí­cula? ¿Por qué el film, que parece un thriller, no tiene ninguna escena de acción, o de suspense? ¿Por qué Stone sobreactúa tanto? ¿Por qué Morrisey es incapaz de irradiar ninguna sensación de peligro o de protagonismo? ¿Y sobre todo… quién coño es el anterior paciente de Glass, un tí­o de nombre rarí­simo del que se habla cada dos por tres en el film, fundamental para la trama, pero que nunca aparece en pantalla?

“A la mierda”, pensó para sus adentros el redactor, mientras acariciaba inconscientemente la edición especial de Ben-Hur que se habí­a comprado, “veamos las tetas”. Y de nuevo, otra decepción. Marchado se habí­a el componente erótico de la primera entrega. Una vulgar escena de sexo con correas, una teta de Sharon Stone, pezones transparentes y el culo del inglés amenizaban su velada mientras el redactor luchaba por conservar en su memoria la tensión del original, que aún enseñando menos, estimulaba más. “Cojones, incluso Aranda lo hubiera hecho mejor”, farfulló, consciente de que era una afirmación atrevida, sobre todo después de ver el trailer del nuevo experimento de porno-celofán del viejo verde: Tirante el Blanco, que provocó carcajadas en la sala.

Se acercaba el final del film y la mente del joven redactor madridista estaba en el Camp Nou, recordando el gol de Ronaldo y los 20 euros que habí­a perdido en la porra, pues el 1-1 era un resultado inimaginable. De repente, el film, sutil como pocos, eleva su banda sonora (evidentemente lo mejor del film porque, evidentemente, es la banda sonora original de Jerry Goldsmith) hasta dejar sorda a la platea: se acerca el final. ¿Quién es el asesino? ¿A quién le importa? El film enseño sus cartas y desveló su trampa, su as en la manga: ¿El asesino? Es el psiquiatra. Es Stone. Es el policí­a. Todos. Nadie. No se sabe. Ni nunca se sabrá. Tal era la idea del film: subrayar los aspectos más sutiles del original y plantártelos en la cara como un pastel, ignorando la intriga, la tensión y la diversión. Una copia barata. Eso es lo que le habí­an vendido.

Las luces volvieron a encenderse y la sensación de pedir la devolución del dinero (6,50 euros!!!) era inevitable. Sin embargo, el sentido común prevaleció. Lo mejor era largarse y dejar atrás ese engendro del averno, esa secuela que nunca se debió haber hecho, esas interpretaciones frí­as, sin garra; el ojo pipa de Charlotte Rampling, el viejo psiquiatra clavado a Leonardo Dantés, el cameo del futbolista Stan Collymore, el diseño de producción disco-fashion, los pechos, antes turgentes, de Stone, ahora a la altura de su ombligo, las patillas del psiquiatra y la sensación de que en el cine ya no caben las sorpresas y si un film huele a mierda y parece mierda, lo más probable es que sea mierda.

“En fin, Catherine, siempre nos quedará San Francisco”, rezongó el redactor mientras abandonaba la sala pegando brincos entre los asientos y buscando la salida con los ojos inyectados en sangre y pena en su corazón. Era la primera vez que pisaba una sala de cine en mucho tiempo…

… Y LA íšLTIMA VEZ QUE LO HARíA, PUES TAL ERA SU TRAUMA.

The End.

 


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