

Aquí tenemos la ópera prima de David J. Burke, curtido como guionista de series como Nikita, que nos presenta un thriller sobre policías corruptos y sistemas podridos.
La cosa va de un joven e impulsivo periodista, que comienza a indagar en los asuntos de la F.R.A.T. (First Response Assault ant Tactics), un cuerpo policial de asalto que ha conseguido reducir la delincuencia en Edison (ciudad que da el nombre original a la peli) de forma espectacular, pero de cuyo secretismo se desprende algo que no huele muy bien. Sus agentes se apropian del dinero y las posesiones de traficantes y delincuentes de ese tipo.
El argumento no es nada nuevo, pero bien planteado puede dar para un thriller en condiciones y en buena medida se nota que la intención ha sido desarrollar un guión que sea algo más que una sucesión de escenas de acción, y poner como protagonista a un periodista es vital para centrar la historia en la investigación, y no en tiroteos variados. El problema es que al margen de esa idea, algo no funciona. Parece que Burke haya querido hacer una especie de película a lo Heat y lo que le ha salido es un telefilme. La película no convence ni en su desarrollo ni en sus imágenes.

Para empezar, muchos hechos resultan bruscos o no se justifican, las tramas secundarias se truncan de golpe, hay diálogos acertados, pero otros que suenan a peli de Steven Seagal, y actitudes de personajes que se sostienen gracias a los actores, no al guión. Y el desenlace, no lo desvelaré, pero diré que es bastante patatero y forzado.
Luego está el aspecto visual y el montaje, que es donde la peli falla del todo. Las escenas de acción son de lo menos atractivo que he visto en cine en mucho tiempo, y no me refiero a que haya que hacer tiroteos a lo Matrix, sino a que se ve que han ido a lo barato, con cantidad de planos cortos, cuatro extras y recurriendo a los clásicos (coche que explota, tío en llamas y persecución con calles vacías). El montaje también tiene cutradas como el típico flashback de imágenes ya vistas en la peli, en blanco y negro, que atormentan al protagonista, con el típico efecto sonoro de flasazo mental (fuuum!, fuuum!, fuuum!) para terminar en un plano del personaje con las manos en la cabeza. ¡Aggg!

Los actores, por suerte, están bien, al menos en lo que respecta a los secundarios (Freeman, Spacey, McDermott o Heard). Timberlake, que debuta en el cine, da vida al periodista que protagoniza la historia, y resulta pelín sosete. No espanta, pero es con diferencia el personaje menos llamativo y menos carismático. LL Cool J, el poli arrepentido, tampoco es que se salga, cara de compungido y poco más.
No aburre, y se agradece al menos el intento de hacer algo digno, pero no engancha. Se soporta por los buenos secundarios, que le dan una gracia a la peli. Si no fuese por ellos esta película sería carne de videoclub sin duda alguna.
P.D.: Cada vez que salía Kevin Spacey en pantalla sólo podía mirar esa peluca que le han puesto. ¿Qué necesidad había de ponerle ese pelo? ¿Quizás la rodó inmediatamente después de Superman Returns? Otra cosa no se me ocurre.
Una crítica de: Javier Ruiz de Arcaute
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