Opinión

DIEZ GAFAPASTADAS QUE PODRíAN GUSTARTE

He echado cuentas: llevamos, unos tres años de página, más o menos. Unas 300 pelí­culas comentadas en nuestra sección de “crí­ticas” (amada y odiada a partes iguales), y más o menos el triple en nuestro foro. No nos confundamos, es un huevo y vosotros, amados lectores, habéis empezado a trazar una idea acerca de la clase de films que nos gustan a Javi, a Dani y a mí­. Sin embargo, a pesar de ello, creo que empieza a flotar una pregunta en el ambiente.

“Vamos a ver, ¿qué clase de pelí­culas les gustan a estos tipos?” 

El buen cine, dirí­a yo. Y no me refiero al buen cine de :”oh, es una pelí­cula llena de corrección y buen gusto, impecablemente dirigida e interpretada, con ciertos toques originales que bla, bla, bla…” Me refiero al buen cine. Ese tipo de pelí­culas que se nos quedan en la cabeza durante semanas y provocan que algo se mueva en nuestro interior. 

El arte es lo que tiene, supongo. 

Sucede que eso del buen cine es un término bastante subjetivo (entran en escena frases como “para gustos, colores”, “sobre gustos no hay nada escrito” y similares) y lo que para unos es una joya magna del cine, para otros es mierda seca, morralla, escoria, truño, coñazo (y similares). Es la misma historia de siempre. Cinematográficamente hablando, todos tenemos nuestras obsesiones.  Por eso somos fanáticos, ¿no?.

¿Qué pasa con las gafapastadas? ¿Cómo podremos definirlas? ¿Realmente vamos a definirlas? Pues poco podrí­amos hacer. Es un saco bastante amplio. La regla fundamental que las clasifica como tales: no son para todo el mundo. No son fáciles, no son simples, y desde luego, son introspectivas. Hablan de nosotros mismos, de nuestra condición humana y el papel del director es fundamental y básico (de ahí­ que se llame también “cine de autor”, lo que me parece, simple y llanamente, una chorrada: todo el cine es cine de autor. No lo hace un robot, que yo sepa). De todas formas, las gafapastadas son raras. Muy raras. Lo suficientemente raras como para que el espectador poco habitual o no iniciado cambie de canal o exija la devolución del dinero. Lo peor de todo es que, durante años, estas oeuvres (oigs) han sido empleadas por una élite como medio para decir y pongámonos radicales “estas pelí­culas son para nosotros y no me extraña que no las entendáis. ¿Qué esperábais? Esto no es Titanic. Aquí­ hay que pensarplebeyos”. Me parece una putada, sinceramente, porque creo que las pelí­culas deberí­an ser para todo el mundo. Para todo el mundo. 

He escogido 10 pelí­culas que me gustan a mí­. Por lo tanto, no tienen por qué gustarte a ti. Son medianamente conocidas y los asiduos de la página las habrán visto o no tendrán problemas para reconocerlas. Evidentemente, me dejo un montón en el tintero. No hay ninguna de Ingmar Bergman, y la verdad es que he dejado el cine francés de la, ejem, nouvelle vague (Truffaut, por poner un ejemplo) un poco apartadillo.

Y a lo mejor las veis y no os parecen raras, lo que serí­a cojonudo. Esto es una especie de introducción, y no me baso en ningún libro ni nada. Simplemente, creo que son un espléndido punto de partida para empezar. Sin orden ni concierto, aquí­ van. 

Rompiendo las Olas 

Te puedes cagar en ella porque: Es un film de Lars Von Trier y, como tal, una pontificación de tres horas sobre el espí­ritu humano. Larga y pesada de cojones, el cretino danés tiene encima los redaños de inventarse conversaciones entre Dios y su protagonista en una historia que parece, más que una historia de amor, una parábola evangélica con moraleja fácil y final metido con calzador. Le sobra hora y cuarto fácil. Recomiendo al sr. Von Trier algo de sutileza y que considere al espectador como un ser pensante capaz de sacar sus propias conclusiones sin adoctrinamiento ninguno.

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La amarás por encima de todas las cosas porque: al contrario que otros films del realizador (ese Auschwitz que es Bailar en la Oscuridad), Rompiendo las Olas tiene corazón, pero no lo tiene en la mano. Cuando Von Trier se centra especí­ficamente en la relación amorosa, es sencillamente imbatible, con escenas sobrecogedoras rodadas con ojo de artista, y acompañado de una espléndida selección musical. Ningún otro personaje en todas las pelí­culas que yo he visto está más enamorado que Emily Watson, capaz de luchar contra todas las fuerzas divinas y humanas para conseguir ser feliz. La actriz británica realiza, junto con la de Jodie Foster en El Silencio de los Corderos la interpretación femenina de los 90. 

Tres Colores Azul, Blanco, Rojo. 

Te darán ganas de bombardear Francia porque: este paí­s, su lema y su bandera son el eje central de estas tres pelí­culas, que funcionan como una sola. O lo que es lo mismo, el testamento definitivo de Kieslowski, realizador polaco finalmente reconocido con lo que muchos consideran una verdadera sobrada. Azul puede dormir incluso al Neng en el momento en que Juliette Binoche aparece en pantalla, reaccionando en algunos momentos de forma completamente indiferente a la tragedia que le rodea (la pérdida de su familia) Blanco es, en el fondo, una comedia negra normal y corriente que paso por ser una joya del gafapastismo sólo por firmarla quien la firmaba. Y Rojo… bueno, digamos que es una especie de anuncio de Cacharel que narra una relación entre una modelo y un viejo voyeur, personajes que en principio son tan interesantes como ver crecer una barba.

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Alors, Enfants! porque: pocas pelí­culas examinan la incomunicación emocional como estos tres films, cuyos protagonistas sufren una transformación real a lo largo de sus pelí­culas y nosotros con ellos. Trata los mismos temas universales que Von Trier pero desde una perspectiva mucho más í­ntima que las óperas del danés y lo hace con sensibilidad y empleando recursos que obligan al espectador a poner gran parte de sus experiencias personales en juego para sacar todo el jugo a los films, fotografiados predominantemente con el color respectivo de su tí­tulo (cosa que a pesar de que canta un huevo, nunca se hace repetitivo). Azul es posiblemente, una de las mejores pelí­culas jamás realizadas sobre la soledad y la superación de la devastación personal, Blanco es una comedia negra, simple, sencilla… y muy divertida y Rojo… bueno, esta posiblemente siga sin gustar, porque deriva demasiado, pero ya estáis bajándoos la banda sonora del eMule. Los tres films siguen resistiendo el paso del tiempo porque hablan de valores imperecederos y están protagonizados por personajes que nos tocan bastante de cerca: de vez en cuando, a todos nos gusta estar un poco solos. O sólo rodeados de supermodelos. Y cocaí­na.

Y tu Mamá También 

Cuarón es un membrillo porque: roza la payasada y mezcla churras con merinas, combinando la iniciación a la madurez de dos colgaos muy fumaos con una especie de documental antropológico con voz en off sobre la historia de México. Cuenta Conmigo, de Rob Reiner, también mostraba la confusión de la adolescencia, pero que yo recuerde sus personajes no se hací­an una paja en nuestras narices + un plano de la leche cayendo sobre la piscina. El film requiere de un diccionario durante sus primeros veinte minutos porque no hay forma de entender la jerga los personajes, canjeando sensación de realismo por comprensibilidad.

Cuarón, toma mi culo y que te aproveche porque: es el realismo mágico en estado puro y una de las road movie definitivas. El trí­o protagonista se atreve con todo y pocos actores serí­an capaces de aproximarse a sus papeles con tanta sinceridad y fiereza. Maribel Verdú realiza de largo la mejor interpretación de su carrera y pone al resto de las actrices españolas de su generación a la altura del betún. El film nunca aburre y consigue mantener el interés con los personajes y con el tremendo despertar emocional que sufren durante su viaje a la playa imaginaria de Boca del Cielo, el lugar donde aprenderán realmente de qué pasta están hechos. Aborda las escenas de sexo de una forma brutalmente directa pero también como expresión del crecimiento humano de los personajes. Es una pelí­cula que realmente enseña lo que vale la amistad eterna que se jura a los 14 años (nada en absoluto). 

Crash 

Cronenberg vete al psiquiátrico porque: si aguantáis de un tirón los 90 minutos del film, felicidades: sois los perfectos candidatos para degollar a vuestros padres con una katana. “Puto enfermo” es una expresión que se queda corta para definir a Cronenberg, que bate todos los records habidos y por haber en el momento en el que James Spader se pone a chupar una cicatriz de 40 centí­metros en la pierna de Rosana Arquette y casi nos parece normal habida cuenta de lo que hemos visto en escenas previas, que incluye una especie de violación en un túnel de lavado y, por supuesto, accidentes de coche que provocan erecciones en sus protagonistas, que fotografí­an muertos en la carretera, reproducen choques históricos delante de una afición entregada y que deciden pasar a mejor vida estrellándose contra un autobús lleno de gente.

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Cronenberg, tengo un Ford Fiesta, cuando quieras te subes porque:  Cronenberg habla sin tapujos de dos conceptos que llevan atormentando a la humanidad desde que salió de la charca: el sexo y la muerte. Desde el punto de vista del que suscribe, Crash es casi un film de vampiros: un puñado de personas incapaces de sentir emociones y que son capaces de llegar a los extremos más impensables para sentirse vivos (y sin conseguirlo en la mayorí­a de las veces) empleando el sufrimiento de los demás que no han conseguido experimentar por su cuenta, usando el sexo como forma de comunicación básica. Es un film muy difí­cil de ver porque parece rodado en otro planeta, pero es una de las experiencias cinematográficas más intensas de la década pasada, y la obra maestra de Cronenberg, en opinión del que suscribe. 

Lucia y el Sexo 

Medem, ¿qué coño haces?: La escena de Elena Anaya y el perro es suficiente para poder vivir sin esta pelí­cula. La historia, como casi todas las de Medem, es una puñetera excusa porque lo que quiere el tí­o es contar una historia basada en el poder de la imagen. Un dí­a me pegué cuatro plumas de pollo en los sobacos e intenté volar desde lo alto de la Torre Eiffel. Y era más fácil que contar una historia basada en el poder de la imagen. La pelí­cula podrí­a llamarse Lucí­a a secas porque eso del sexo no es que aporte mucho, salvo la inconmensurable escena de la masturbación de la señorita Anaya (que me cuentan provocaba la huida a los lavabos del público masculino durante la proyección) y, para las chicas, el cipote de 30 centí­metros lleno de barro. No es por alardear, pero me lo recortaron digitalmente porque se salí­a de plano. En cualquier caso, el film de vez en cuando, recuerda a algún clásico de Pajares y Esteso. Y esos, gafapastas no eran.

Rafita loves Medem porque: por convención social, más que nada. En un panorama como el del cine español donde un pavo puede sacar una pelí­cula como Tirante el Blanco y venderla fuera de los cines porno del centro de Madrid, Medem es un milagro con patas, una rareza de la evolución cinematográfica española. Si este tí­o controlara el guión tanto como las imágenes, estarí­amos hablando del nuevo Erice. En particular, Lucí­a y el Sexo apunta algunos detalles, como las conversaciones iniciales entre Lorenzo y Lucí­a, libres del pedantismo que asola al cine español y que suenan creí­bles, naturales y bien interpretados por el habitual poste de teléfonos que es Tristán Ulloa y por Paz Vega (tan “sofisticada” que no se por qué, siempre que la veo me dan ganas de pedirla cuarto y mitad de ternera). Visualmente es una maravilla. Creo que Tierra era mejor en este aspecto, pero Lucí­a y el Sexo tiene más historia (aunque ésta no signifique una mierda) pero por lo menos, tiene algunas escenas que se quedan en nuestra cabeza, aunque sólo sea por el revolucionario (en sus tiempos) uso de la cámara digital, un avance del que muchos de nuestros cineastas ni sienten ni padecen, ni tiene ni zorra idea de como sacarle partido.

Mulholland Drive

Lynch, todo lo que dicen de ti es cierto porque: es una tomadura de pelo. Punto. Era el primer capí­tulo de una serie que no gustó a nadie y dieron pelas para convertirla en pelí­cula, elevando el nivel de incomprensibilidad a la décima potencia. Quien diga que la ha entendido completamente miente como un bellaco (y la mejor forma de comprobarlo es preguntar para qué sirve la caja azul que aparece en la peli). Comentan por ahí­ que de vez en cuando Lynch entra en una sala al azar con barba y bigote postizos para descojonarse en directo del público “EP3” que afirma extraer las claves de su filmografí­a. En el fondo, todos las ralladas de este tí­o (y aquí­ descontamos, por ejemplo, la obra maestra que es Una Historia Verdadera) son comedias encubiertas.

Lynch todo lo que dicen de ti es cierto porque: es una tomadura de pelo y no me importa. Dejando a un lado a los viejos enanos, la caja azul y eso de: ¡Sileeeencio!, el film tiene suspense, como lo tení­a Twin Peaks antes de desbarrar. Naomi Watts se deja la piel, simple y llanamente en la peli, que incluye una historia de amor introducida perfectamente natural dentro de la comida de tarro que es la pelí­cula. La banda sonora de Angelo Badalamenti (como todas las que hace) es de bandera. Algunas escenas son realmente divertidas y la explicación más generalizada sobre la pelí­cula (en resumidas cuentas: los dos primeros tercios de la pelí­cula representan la vida ideal que hubiera querido tener el personaje de Naomi Watts. El último tercio es la realidad) PARECE tener sentido si dejamos a un lado los inconmensurables agujeros de la trama, creando un thriller inteligente pero capaz de sorberte el seso. Por si esto no os ha convencido, la escena lésbica entre Watts y Harring deberí­a terminar de inclinar la balanza.

Funny Games

¿Quién es Michael Haneke y por qué odio a ese cabrón?: por ser el Quentin Tarantino del gafapastismo. Tomemos el caso de Funny Games, una de las pelí­culas favoritas de Amenábar (gran director de cine español al que se le exige un regreso al cine de suspense): dos jóvenes se dedican a la tortura y asesinato sistemático de una familia sin ningún motivo en absoluto. El film, que muestra la violencia de una forma desapasionada, y en la mayor parte de las ocasiones fuera de plano, podrí­a ser tragable de no ser por el hecho de que de vez en cuando los personajes como lo oí­s- se giran a la cámara y nos guiñan el ojo, convirtiéndonos directamente en sus cómplices. Esto, que muchos llaman genio cinematográfico, es una falta de respeto y una soberana cutrez porque el espectador no es un muñeco aislado y no se le convierte en un personaje más de una narración que no tiene posibilidades de cambiar. El espectador contempla, interpreta y juzga. Haciendo partí­cipes directos de la historia nos resulta imposible guardar una postura objetiva. Es una opinión y nada más, pero Haneke es un tramposo de cuidado. Además al no mostrar la violencia en pantalla, el efecto es mucho peor porque sucede en nuestra imaginación. Y cuando la ví­ctima es un niño de 10 años, uno se pregunta por qué coño los Lumiere inventaron el cine. Puro sadismo. (Y para los que hayan visto el film, lo del mando a distancia es el acabose).

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¿Quien es Michael Haneke y por que me parece tan guapo?: porque es uno de los mayores alegatos contra la violencia jamás rodados. No es tan fácil ser violentos cuando somos parte del cuadro, ¿que no?. Haneke nos convierte en cómplices de un asesinato en serie y nos muestra a los psicópatas más terribles contemplados en una pantalla. Cara de Cuero mata por ira. John Doe mata por convicción religiosa. Estos dos chavales matan porque se aburren. Las interpretaciones son lo suficientemente angustiosas como para hacer que nos creamos lo que vemos y una vez metidos en harina, no hay ni una sola escena cómoda de ver en todo el film. Termino con ésto: Clint Eastwood intentó hacer un retrato del impacto de la violencia en el ser humano con Mystic River. Fijaos bien: ni por asomo, repito, ni por asomo, llega a los niveles de Haneke.

Teniente Corrupto

Ferrara te pago la clí­nica de desintoxicación porque: al margen de los excesos del protagonista, la pelí­cula ni es un thriller ni es nada, salvo un arrebato religioso que le dio al director mientras le inyectaban heroí­na en un ojo. Lo de “corrupto” es como llamar a Bush “cortito”: un eufemismo como una catedral. Sorprendentemente, Harvey Keitel sigue vivo y bien tras participar en un film en el que se come como medio kilo de farlopa, fuma unos trescientos gramos de crack, se bebe la reserva de Jack Daniels de todo un año y se pincha, en una escena que hizo que todo el mundo se rascara la cabeza al mismo tiempo, lo que parece ser una sustancia muy parecida a la heroí­na por una “enfermera” amiga “personal” de Ferrara. Demostrando así­, agrego, que Christian Slater es un pedazo de mierda a su lado. El error, en mi opinión, reside en la elección del protagonista, Harvey Keitel, que cae bien a todo el mundo y que da de todo menos asco y es que ya quisiera yo tener sus abdominales con 50 años como los que tení­a cuando hizo la peli. Aclarando: no soy gay en lo más mí­nimo y me lo follaba absolutamente. Ferrara realizó un film mucho más logrado en El Funeral. Esto sólo es una tocada de huevos y morbo fácil. Y además desactualizado: en tiempos en los que un personaje como el Torito aparece en la tele y nadie le revienta la boca contra un bordillo, este film es tan impactante como Siete en el Paraí­so.

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¡Ferrara pasa el bazuco! porque: como retrato de la autodestrucción personal, Ferrara triunfa absolutamente, y, en un acto de la vida que imita al arte que imita a la vida, el mismo director está más hecho polvo que Joaquí­n Sabina en Nochevieja. El Teniente se siente abandonado por Dios y convierte su redención en un sacrificio personal. Muchas pelí­culas, sobre todo las escritas por Paul Schrader han tratado antes ese tema, pero nunca con tanta fuerza e intensidad como Ferrara, que tiene a Harvey Keitel como su punta de lanza en la interpretación más valiente y heroica de la Historia codo con codo con el Jake LaMotta de Toro Salvaje. El film se compromete a fondo y la escena en la que el Teniente se hace una gayola delante de dos pobres chicas bien completamente acojonadas es maldad pura y dura.

Gato Negro Gato Blanco

Kusturica, balcánico loco porque: Kusturica no sabe terminar la pelí­cula. Sólo eso.

Kusturica, genio y figura porque: por todo. Me parece un descojone de cabo a rabo y una comedia que a pesar de ser verdaderamente rara y excéntrica (el personaje del abuelo es la caña) sólo quiere hacernos reí­r, algo realmente inaudito en un hombre que torturó a medio planeta con Underground pero que poco a poco va encontrando su caminito con pelí­culas bonitas y sencillas como Esta Vida es un Milagro y huyendo de los excesos de sus primeros trabajos.

Smoke

Paul Auster, ójala te quedes manco porque: por nada. Es una de mis pelí­culas favoritas.

Paul Auster for Nobel Prize porque: por su sencillez, principalmente. En un momento del film, Harvey Keitel (otra vez) relata una historia en la que pilla a un chaval robando en su estanco. Durante la persecución, al joven cabronazo se le cae la cartera y, siendo Navidad como es, Keitel decide devolverla. Cuando llega a la dirección que figura en la tarjeta, es recibido por una anciana ciega, la abuela del chaval. La mujer, que vive sola en casa, le confunde con su nieto y Keitel se decide a seguir el juego, a pesar de que sospecha que la anciana le ha calado desde el primer momento. Juntos llevan a cabo una cena de navidad con pavo, velas y un montón de risas. Esta historia nos la cuenta Harvey Keitel durante tres minutos en los que la cámara no deja de enfocarle y es una de las mejores narraciones que he escuchado en mi vida. El resto del film raya al mismo nivel. Una de las mejores pelí­culas de los noventa. Divertida, tierna y plagada de grandes momentos.

  • Kirby_Blue

    Anda, una entrada de 2006. Muy interesante, después de todo xD.

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