

Elaborar una película de cine español sobre lo malo que puede a llegar a ser el cine español no deja de tener su gracia, aunque se remita exclusivamente a una determinada época de nuestra reciente historia en la que todo estaba poco menos que patas arriba y el séptimo arte no podía ser menos.
Sin embargo, al contemplar esta película uno se pregunta si el director ha intentado crear una receta de lo que él debe de considerar buen cine o simplemente se ha limitado a trazar una burlona parábola sobre lo rematadamente mal que se hacen las cosas a veces en nuestro cine patrio. Porque en más de una ocasión parece más de lo segundo que de lo primero, por no decir a lo largo de toda esta película dentro de otra película.
La historia es la siguiente: un escritor progresista decide llevar su obra de teatro al cine, y tras frustrados años de búsqueda de presupuesto consigue que un productor avale su trabajo, aunque con algunas condiciones: le impone la actriz principal, y le “recomienda” hacer algunos cambios que afectarán al tono general de su proyecto. En el camino por llevar el film a buen puerto se encontrará con problemas con el rodaje, la personalidad insoportable de la propia actriz, el cínico productor, la aún persistente (aunque blanda y demencialmente caricaturizada) censura… que transformarán su idea inicial en una rocambolesca aberración peliculera de los años 70.

La idea, pudiendo ser buena, se queda estancada en establecer la transición como un momento de piruleta generalizada y sobre todo por pretender sacar carcajadas con un humor que apenas provoca el movimiento de la mandíbula para articular un bostezo. No se comprende muy bien como el argumento se puede mover de esa forma entre un absurdo tan marcado, tan desacertadamente inverosímil.
Poco se salva de la quema, con un Alberto San Juan en su típico papel de neurótico inseguro y con Fernando Tejero que bordea el ridículo con su histriónico papel. El personaje del censor, así como el del inversor tartamudo son, por sus propios méritos, como dos insultos directamente lanzados a la frente de cualquier espectador que haya pagado más de seis euros por la entrada, o peor aún, cualquier individuo que subestime dos horas de su tiempo dedicándolos a ver semejante engendro.
Afortunadamente la taquilla parece no haber respondido demasiado y no cundirá como ejemplo del cine taquillero y pésimo que se hace en nuestro país. Si el director de Días de fútbol quería montar una paradoja para reírse del personal por ir a ver el mal cine español que en su película refleja desde luego que le ha salido el trabajo bordado. Mucho me temo que no es así, y el pobre ingenuo se ha visto retratado cándidamente dentro del cine cutre casposo y pasado de rosca del que se quiere mofar.
Samuel Rodríguez Cimiano (colaborador).
Una crítica de: Colaborador
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Ya sabemos que el cine español no es que tenga mucha coherencia…
A mi no me parecio tan mala, la verdad.. la veo una pelicula mediocre, pero bastante disfrutable.
Acabo de verla y me a parecido un coñazo de película, en la que ni te ries, y te da igual como va a terminar, porque lo que estás pensando en ese momento es en que tienes que estudiar para mañana y como ira el partido de futbol que estás perdiendo.
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Comentario de kike
Marzo 3rd, 2007Me parece muy curiosa la conclusión final, con la cual concuerdo bastante: Se supone que la película se burla del cine cutre español pero lo hace mediante ¡¡El cutrerío más ibérico!! Un poco contradictorio, sí.