

Guau. No sé exactamente cómo de mal acabó su andadura Aaron Sorkin en El Ala Oeste de la Casa Blanca, pero no veas cómo le escuece. Digo ésto porque este señor, que es posiblemente uno de los mejores cinco guionistas de los últimos 20 años, siempre ha albergado un sentido patriótico como una catedral disfrazado de alegre crítica contra la distorsión de los principios básicos establecidos por los Padres Fundadores: véase Algunos Hombres Buenos, los últimos capítulos de Studio 60 o las primeras cuatro temporadas de la serie que he mencionado al principio. En el caso que nos ocupa aquí, hay mucho glamour, mucho jaja, mucha ligereza y todo lo que queráis. Pero por debajo, llueven hostias. A mansalva. Y sin mucho orgullo patrio, que digamos.
En pinceladas, La Guerra del título es la que emprende el congresista Charlie Wilson, una versión estadounidense de Bertin Osborne que, como jefazo del uno de los innumerables comités de fondos de defensa del Congreso, decide aumentar el presupuesto destinado para financiar a los milicianos afganos de la etnia pastún contra el ULTRAMALÉFICO Ejército de la extinta Unión Soviética. En teoría, todo el mundo sale ganando porque el plan está concebido de forma magistral: empleas a una dama de la alta sociedad tejana para convencer al sector más ultraconservador y rancio de las altas esferas del Gobierno estadounidense, y te apoyas en un agente de la CIA para encargarse de controlar el aspecto logístico de la operación. Y a forrarse.

Dos problemas: el primero, que necesitas de un director capaz de condensar estas ideas de forma atractiva y cómoda para el espectador. De lo contrario (y con todas las buenas intenciones de esta película que voy a mencionar), tienes Syriana o, lo que es lo mismo, el equivalente de leerse el Ulises de Joyce en arameo. Y en segundo lugar, y aunque no se menciona la palabra en ningún momento del metraje, cualquiera que siga medianamente los periódicos españoles entenderá quienes son exactamente estos “milicianos afganos de etnia pastún”. La Guerra de Charlie Wilson exige, detrás del cachondeo, cierto conocimiento de la situación. De lo contrario, simplemente se queda en una película la mar de entretenida coprotagonizada por unos señores con barba, turbante y un lanzamisiles.
Afortunadamente, menos mal que está Mike Nichols. La elección es perfecta: es el hombre que ha hecho la mejor sátira política de los últimos 20 años, en mi opinión (se llama Primary Colors y si alguien cree que es un elogio hacia los Clinton que repase los 30 minutos finales), y es la clase de director que es capaz de conseguir que nominen al Oscar a Paquirrín. Así que imaginaos lo que sucede cuando están Tom Hanks y Phillip Seymour Hoffman (Julia Roberts hace de Julia Roberts en Ocean’s Eleven). Hoffman hace lo que se le pide, que es incendiar la pantalla cada vez que aparece en escena (cinco minutos y ya se carga una ventana de un martillazo, y a partir de ahí va subiendo), pero lo que de verdad es una gozada es ver a Tom Hanks en pantalla en el papel más hilarante que ha tenido entre las manos desde Despedida de Soltero.

La película funciona en parte porque Tom Hanks es un actor inmensamente carismático, y eso no creo que se ponga en duda. Lo que sorprende es la capacidad de este actor para enfocar su carisma desde diversos prismas: carismático discapacitado en Forrest Gump, carismático sonámbulo en El Código DaVinci y aquí tenemos a un carismático hijodelagranputa –los intentos de Nichols y Sorkin por suavizar su personaje caen en saco roto porque a) la película se acaba y b) es tan ligera que reduce al mínimo su contenido más impactante, como las masacres de la población civil a manos de los Hind soviéticos o los vanos intentos de Wilson por establecer programas de escolarización en la zona de conflicto–. Además, Hanks y Hoffman exhiben química a patadas, acompañados del tradicional diálogo de ametralladora de Sorkin, más cáustico que nunca (”No es usted James Bond”, le dice Hanks a Hoffman; “Pues usted tampoco es Kennedy”, le responde éste) y los secundarios –con mención especial para el grandísimo Ned Beatty, vivo, bien, y en plena forma– acompañan.
Entre tanto cachondeillo, muchas veces la película no termina de golpear como debería. Si es cierto que cuando debe hacerlo, se deja de tonterías y dispara con bala, pero es un film mucho menos grandilocuente que Primary Colors, y durante gran parte de su metraje denota cierta sensación de intrascendencia cuando en realidad no la tiene. No es la crítica que haría un guerrero, es la crítica de un analista con un par de copas de más, escribiendo en la mesa de un bar a las cinco de la mañana. Pero aún así, es extraordiaria la forma en la que Sorkin y Nichols nos iluminan sobre las raíces de un conflicto de rabiosa actualidad en el día de hoy, y que en ningún momento se descubre como oportunista. El clasicismo tradicional de Nichols y los personajes de Sorkin imprimen al film un sentido propio que en ocasiones, nos recuerda al cine de antaño de Hollywood, donde las grandes estrellas daban vida a personajes más grandes que la vida, con sentido del humor a juego, y con una visión del mundo irónica, ácida y, sobre todo, cómodos en su sillón de cuero con el Martini en la mano. Una película quizás no excelente, pero correctísima y entretenida.
Una crítica de: Rafa Martín
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Y aún así fue nominada al Globo de Oro.
Tibia,muy tibia.Me esperaba mucha más valentia de Sorkin
aunque se esta viendo que ahora se estan estrenando muchas pelicula que critican al gobierno eso si que es valentia, y creo que aun quedan muchas mas por llegar no
A mi no me gustó, me aburrí y casi me duermo.
Y Julia está horrible!!!
Magnificia pelicula, muy divertida y que muestra muchas mas cosas de las que aparenta.
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Comentario de regm2007
Marzo 4th, 2008Según he leído, Julia Roberts no aparece más de 20 minutos, ¿no?