

“¿Por qué ves esa peli?” Eso os preguntaréis muchos, lo sé. Pero yo, que me considero un amante del buen cine, también disfruto con ciertas pelis hechas a base de testosterona. Sé que no son buenas, sé que ya las han contado mil veces, sé que los actores muchas veces son para darles con la mano abierta… pero se hostian, y ciertos días, con eso me siento feliz.
Rompiendo las Reglas es una de esas pelis. Historias, ya no sencillas, sino simples, en las que un tipo al final debe defender la paz a mandobles (¿?). En este caso estamos ante una especie de Karate Kid pero actualizado al contexto de la juventud americana actual, es decir, familias desestructuradas, carencia de valores básicos, chulopollismo por bandera y una autoestima tan inestable cono una piedra puesta sobre un alfiler. Jake Tyler, interpretado por un carapalo que todos ingorábamos (y que auguro que seguiremos ignorando), Sean Faris, se muda a una nueva ciudad con su madre y su hermano. Su paso por el instituto es una catástrofe, con notas mediocres y constantes peleas. En la nueva ciudad le invitan a una fiesta, pero por obra y magia de San YouTube, ya le conocen, y saben que es un broncas, por lo que le invitan a una fiesta que en realidad es una tapadera para una noche de alcohol y peleas clandestinas en casa del macarra-pijales Ryan McCarthy, al que da vida el futuro fucker Cam Gigandet. A partir de ahí es un clon de Karate Kid con leches más gordas, YouTube, cambiando al Sr. Miyagi por el siempre agradecido Djimon Hounsou, y a Elizabeth Sue por otra rubia encantadoramente sexy, Amber Heard.
La película está rodada de forma eficaz y más o menos resultona, aunque sin nada que la haga destacar en ningún aspecto. Ni siquiera la violencia, que prometía ser más heavy al principio, acaba siendo algo especialmente espectacular. Simplemente han ido a cumplir y a regalar a las nuevas generaciones una ración de testosterona envuelta en papel de regalo.
Entretiene, desde luego no engaña a nadie, y como todas las pelis de este tipo, hace gala de esa doble moral en la que la violencia es muy mala salvo para dar un merecido a los malos. La estrategia es sencilla: hagamos al malo TAN MALO que el bueno no pueda evitar la lucha.
Pues eso, una de hostias.
Una crítica de: Javier Ruiz de Arcaute
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