Reportajes

¿HA SIDO O CONOCE USTED…?

La muerte el pasado cinco de agosto del novelista, autor teatral, periodista deportivo y guionista de cine Budd Schulberg a los 95 años de edad, y el cumplimiento hoy de los cien años del nacimiento del cineasta Elia Kazan, vuelven a poner de relieve uno de los episodios más notorios de la Edad Dorada de Hollywood, la inquisición llevada a cabo por el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC) desde 1938 hasta 1975.  Schulberg fue llamado a testificar en uno de los momentos álgidos del comité, transformado en aquella época –sus propósitos variaban en el tiempo dependiendo de la amenaza exterior– en un organismo de detección de “infiltrados comunistas”, cita su sesión de apertura de 1947, en Hollywood. Su declaración de principios concluye con el último y revelador párrafo de la sesión: “Dada la vasta influencia que la industria del cine ejerce sobre las vidas de los ciudadanos estadounidenses, no es antinatural –sino que en realidad es bastante lógico– que las fuerzas antidemocráticas y subversivas intenten emplear este medio con propósitos antiamericanos”.

El Comité estaba inserto dentro de la estructura de la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos y sus informes gozaban de carácter vinculante para iniciar un proceso judicial contra aquellos que terminaran sus comparecencias sin autoexonerarse de las sospechas que recaí­an sobre ellos. No obstante, y al no tratarse de un verdadero proceso judicial, quedar “absuelto” o no dependí­a en buena parte de la impresión causada por los comparecientes al Comité, sabiendo que no contestar a las preguntas que les lanzaban podrí­an acarrarles la acusación de desacato ante el Congreso.

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Los Diez de Hollywood.

Es por ello, por lo que muchos acuerdos fueron gestionados bajo cuerda, en los que el compareciente despejaba las sospechas sobre su persona nombrando a algunos compañeros presuntamente relacionados con este tipo de actividades “antiamericanas”. Sobre esta lí­nea, el mencionado desacato al Congreso estuvo penado según las circunstancias, los menos sospechosos  pagaban 500 pavos de la época y una sentencia en suspenso de 30 dias de cárcel, pero los llamados Diez de Hollywood fueron condenados a entre seis meses y un año de cárcel y sus carreras profesionales se vieron graví­simamente afectadas.

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De entre los que nombraron, tres individuos salen a la luz automáticamente: el actor Larry Parks y, sobre todo, el director de cine Elia Kazan y el guionista Budd Schulberg.  Para llegar al tercero,  hay que pararse un momentí­n en el segundo, cuyo centenario se conmemora el 7 de septiembre. Elia Kazan, conocido por su ideologí­a de izquierdas, ingresó en el partido Comunista Estadounidense en 1934 a través de su pertenencia al Grupo de la Compañí­a de Teatro de Nueva York. Tras negarse inicialmente a presentar testimonio, Kazan terminó revelando en 1952 la identidad de ocho compañeros asociados del partido, entre ellos la actriz Phoebe Brand y el artista Tony Kraber. Ambos acabaron en la “lista negra” del comité, por la que se les impusieron restricciones prácticamente insalvables a su derecho al trabajo. Inicialmente, Kazan defendió su decisión: “Es cierto que existe un daño polí­tico, pero refiero hacerles un poco de daño a ellos, que dañarme mucho a mí­”.

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Cito ahora brevemente a Óscar Vila, autor del blog Opiniones en Potencia, que nos cuenta la comparecencia de Kazan. “Cuando Kazan entró en el edificio, se entrevisto con uno de los miembros del comité, Richard Nixon, quien le recomendó un buen restaurante para que comiera antes de testificar y le pasó las declaraciones de tres personas que habí­an cooperado: Budd Schulberg, Eddie Dmytryk y Richard Collins. Este tal Schulberg serí­a posteriormente el guionista de La ley del Silencio. Durante el año 52 Kazan fue uno de los tipos más repudiados de EEUU. En el Actors Studio los alumnos ni le saludaban. Cuando le contaron la declaración Marlon Brando rompió a llorar en el plató donde rodaba Julio César”.

Cuarenta y siete años después, la Academia de Hollywood iba a otorgarle un Oscar honorí­fico. En los dí­as previos a la ceremonia, dicha nominación  al anciano quedó en tela de juicio, entre voces que le acusaban de traicionar a sus compañeros, y de exponerles al fin de su carrera profesional frente a un comité que, en retrospectiva, fue visto como un atentado a la libertad de pensamiento. Lo que no sabí­a Kazan es que iba a convertirse en protagonista de uno de los momentos más increí­blemente tensos de la historia reciente de los Oscar. Y las caras de Ed Harris y Amy Madigan están ahí­ para demostrarlo.

De Niro estaba rodando Rocky & Bullwinkle. De ahí­ el corte de pelo.

Y así­ llegamos a Schulberg. Quien escribió un film sobre hablar o no hablar, delatar o no delatar, nombrar o no nombrar. Se llamó La Ley del Silencio, y lo dirigió Elia Kazan. Un apunte en este sentido: en retrospectiva, el director examinó su decisión bajo otra luz. “Esa cosa inmoral y horrible que hice, la hice según mis principios. Tení­a todas las razones del mundo para creer que el Partido Comunista debí­a salir de su escondite y exponerse a la luz pública”. Al igual que Kazan, Schulberg tení­a sus motivos de peso para hablar. Por muy distintos que fueran.

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Un artí­culo de opinión escrito por John Meroney en Los Angeles Times describe las acciones de Schulberg como “heroicas”. “Fue condenado por dar nombres, pero la amenaza comunista que destapó era real, y era peligrosa”. Es realmente sencillo (y, posiblemente, engañoso) enmarcar la figura de Schulberg en esta otra lí­nea de pensamiento respecto a la actuación del Comité. Pero en realidad, Schulberg, ganador de un Oscar al Mejor Guión por La Ley del Silencio, es el verdadero núcleo de toda la polémica que se ha generado en torno al film y en torno a Kazan.  Porque Kazan nunca dejó de sentir cierto aprecio por el partido Comunista. Nunca fue una verdadera traición a los ojos del director. Pero Schulberg, que visitó la entonces Unión Soviética en 1934, terminó adoptando una postura cada vez más desencantada con el Comunismo, que terminó viendo como un sistema criminal. El mismo sistema criminal que acosa al protagonista del film, Terry Malloy, interpretado por Marlon Brando, disfrazado de sus “amistades” (Lee J. Cobb) y de su propia familia (su propio hermano, interpretado por Rod Steiger).

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“No hací­a falta ser un genio para darte cuenta de que algo iba vitalmente mal en Estados Unidos en 1934. Habí­a desempleo por todas partes”, declara Schulberg, hijo de un productor de cine. “En aquella época, mi padre ganaba 11.000 dólares a la semana. Y percibí­ un contraste absolutamente vergonzoso entre los que tienen y entre los que no tienen”.

Sin embargo, y a lo largo de los seis años siguientes, Schulberg comenzó a experimentar un desdén cada vez mayor por el Comunismo de la época Stalinista, que a juicio del propio Schulberg se ha convertido en una idea que ha llegado a nuestros dí­as en forma equivocada. “Los liberales de hoy hablan del Comunismo desde una perspectiva romántica, como si fueran los rebeldes de su época, como si fueran hippies de los 60”, apuntó en una revista a Paris Review, en el año 2000.  “Pero, en realidad, tení­amos asignadas misiones dentro en el Sindicato de Guionistas, para influenciar las reuniones. Lo que menos me gustaba de todo era la forma en la que el partido estaba intentando apropiarse del sindicato”.

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“Un dí­a les dije: me marcho”, explicó Schulberg ante el Comité del Congreso. “Sentí­ que tení­a que marcharme de allí­, alejarme de todo control posible si querí­a terminar escribiendo algo en absoluto”. En 1937, su postura se volvió mucho más agresiva. “La Unión Soviética parecí­a abanderar una generación de plata de escritores. Tres años después de mi primer viaje, me di cuenta de todos y cada uno de esos escritores habí­a sido fusilado o ‘silenciado’ por no adherirse a la lí­nea del partido”, según declaró.

“La disciplina del partido se apropiaba de todo y terminaba rehaciendo a la persona. La influencia stalinista era tan penetrante que, a un nivel subconsciente, la gente se intentaba parecer a Stalin. Hablaba con esa ridí­cula sintaxis de Stalin: se hací­an una pregunta y después contestaban a esa pregunta. La clase de sintaxis más aburrida del mundo”. Según Meroney, tanto Schulberg como coetáneos como Graham Greene, Aldous Huxley, Arthur Koestler, John Dos Passos y Stephen Spender se comprometieron a entregar gran parte de sus royalties para ayudar a la población soviética.

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Décadas después, el guionista defendió su decisión de testificar. “Me dijeron que testifiqué contra mis amigos, pero cuando ellos apoyaron al partido, y a pesar de las relaciones personales que mantení­a, dejaron de ser mis amigos. Y siempre he pensado que si de verdad se hubieran preocupado por la libertad de expresión, deberí­an haber salido en mi ayuda cuando decidí­ luchar contra el partido”.

La periodista, también del LA Times, Carolyn Kellogg duda si calificar esta postura de “arrogante” o de “confiada”. “Su testimonio ante el comité y la novela que le lanzó a la fama, What Makes Sammy Run –en la que un productor de cine llega a lo más alto tras acabar con todos sus rivales, una novela que segun Schulberg intentaron ‘influenciar’ sus colegas y también comunistas John Howard Lawson y Richard Collins– son los aspectos  más destacados de su persona. Su confianza, quizás arrogancia como escritor le llevó a cuestionar la influencia editorial de sus colegas del Partido Comunista. Y la misma arrogancia, o confianza quizás, le llevó a delatarlos sin mostrar remordimiento alguno”.

LOS SENTENCIADOS

Mirad, voy a cascarme unas lí­neas del libro Hollywood Exile, or How I Learned to Love the Blacklist. Lo escribe Bernard Gordon, amigo de los implicados. Creo que habla por sí­ mismo.

“Como resultado de las comparecencias ante el comité, prácticamente todos a los que conocí­a entraron en la Lista Negra. Algunos de mis amigos, que contaban con más recursos, o mejores conexiones, pudieron instalarse en México para ganarse la vida como guionistas (bajo circunstancias mucho más limitadoras). Entre ellos se encontraban Dalton Trumbo, Albert Maltz, Jean y Hugo Butler, y John Bright”.

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“Otro de mis amigos, Michael Wilson (en la foto), consiguió de alguna forma trabajar bajo cuerda en Hollywood, escribiendo guiones de pelí­culas increí­blemente cutres por el salario mí­nimo. Manejó la situación con su habitual donaire: colocó el Oscar que ganó por Un Lugar Bajo el Sol, sobre el mantel de la mesa de la comida, con una cinta de terciopelo negro cubriendo sus ojos”.

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“El actor J. Edward Bloomberg murió de un ataque cardí­aco. Una muerte demasiado impuntual, atribuida a la presión que ejercieron sobre él sus constantes comparecencias ante el comité. El también actor Phil Loeb se suicidó. Otros intentaron vender seguros, sin mucho éxito. Conocí­ a muchos que terminaron de dependientes en grandes almacenes. Otros pocos más intentaron seguir escribiendo guiones, esperando conseguir dinero bajo seudónimo. Se ha hablado mucho sobre el impacto polí­tico de la Lista Negra. Pero vale la pena recordar igualmente la tragedia humana que supuso”.

Más…

Budd Schulberg en Wikipedia – Aquí­

Audiencia inicial del HUAC (transcripción parcial) – Aquí­

‘Opiniones en Potencia’ – La Ley del Silencio de Elia Kazan, por Óscar Vila – Aquí­.

La comparecencia de Schulberg ante el HUAC, 24 de mayo de 1951, NYTimes, pdf – Aquí­

Obituario de Budd Schulberg en NYTimes – Aquí­

Hollywood Exile Or How I Learned to Love the Blacklist, de Bernard Gordon (muestra parcial) – Aquí­

Budd Schulberg, Blinded by his Gift, de Carolyn Kellog, en LATimes – Aquí­

Budd Schulberg’s Heroism, de John Maroney, en LA Times – Aquí­

  • Leto

    Muy bueno el artí­culo Rafa, completo y ameno. Felicidades.

  • Vennora

    a mi me hace mucha gracia Spielberg, que parece que vigile a ver quién le está mirando.

  • kemper

    También hay que tener en cuenta el contexto histórico. Es lógico que Kazan pensara que estaba actuando bien dado el clima paranoico que se respiraba. En ese sentido se puede decir que fue otra ví­ctima más del lavado de cerebro anti comunista que a dí­a de hoy aún se respira en norte américa.

  • http://www.lashorasperdidas.com Javier Ruiz de Arcaute

    Sobre lo que comenta Bagauda es cierto que a veces hay medidas que rayan los lí­mites de lo democrático. La diferencia es que en la caza de brujas se juzgaron las ideas, muchas veces interpretadas de forma exagerada y tremendista (a Obama le hubiesen dado para el pelo), no los hechos. Que yo recuerde ningún americano murió por actos terroristas realizados por organizaciones a las que esta gente estuviese de un modo u otro vinculada.

    Una cosa es la paranoia anticomunista y otra distinta hacer frente y retirarle la cobertura polí­tica a una organización que se ha cargado casi 1000 personas y que pide determinados derechos negándoselos a los demás. Como mí­nimo el entorno de ETA peca de un cinismo y una cobardí­a considerables. Que monten homenajes a los presos y no condenen ni una sola muerte tiene mandanga. Pero con todo, es cierto que a veces se defiende la democracia en un terreno peliagudo y habrí­a que tener mucho cuidad con qué medidas se toman, muchas a raí­z de hechos particulares, que luego podrí­an interpretarse de forma muy peligrosa.

    Lo de Rubianes es distinto. Era nacionalista y republicano de pro y a mucha gente le cabreaba su estilo (normal). Pero nunca atentó contra ninguna libertad de nadie, simplemente hizo uso legí­timo de las suyas propias. Hay gente que lo vetó pero también hay quien le ha rendido homenajes, de hecho en Junio le dedicaron uno bajo el tí­tulo “Rubianes Somos Todos” en el Palau Sant Jordi y también se ha editado un pack en DVD con lo mejor de su carrera teatral (¿cuantos actores reciben ese trato?). Así­ que compararlo con la caza de brujas me parece muy exagerado aunque haya habido gente deseando taparle la boca. El único sitio donde fue censurado su espectáculo fue mi ciudad, cómo no, Madrid. Pero ya sabemos quien gobierna aquí­. Todo lo que no sea zarzuela, Garci y música “apolí­tica” se mira con cierto recelo desde la administración, pero caza de brujas… aún no (y espero que nunca).

  • Vennora

    totalmente contigo, serí­a una idea cojonuda.

    en serio, gran artí­culo y gran cagada lo de la foto. me ha hecho mucha gracia, molarí­a que lo hubieran corregido poniendo la foto de la rana Gustavo.
    un saludo.

  • http://www.lashorasperdidas.com Javier Ruiz de Arcaute

    Es que es a eso a lo que voy. Elia Kazan fue un mal compañero, fue un chivato y fue humanamente cobarde, pero su filmografí­a, que es lo que al final debe valorarse en un premio así­ (creo yo), es la que es.

    Lo que quizás deberí­an hacer es dar el reconocimiento que merecen también al conjunto de guionistas, directores, actores y demás profesionales que quedaron expulsados injustamente de la industria. Es importante mantener vivo ese recuerdo porque es lo que evitará que en un futuro se cometan los mismos errores.

  • Vennora

    gran artí­culo.
    totalmente de acuerdo con el sí­ a la memoria pero sin revanchismo. no obstante, por muy execrable que fuera el comunismo de Stalin, no lo era menos la iniciativa del comité de Actividades Antiamericanas.
    la sociedad ha sabido separar al chivato del cineasta, sí­, pero los que fueron señalados se fueron a la mierda.
    Elia Kazan siguió dirigiendo.
    no se merecí­a Oscar honorí­fico alguno.

  • http://www.lashorasperdidas.com Rafa Martí­n

    Joder, pues es verdad. Me reirí­a por no llorar.

    Gracias, macho y perdonad todos la confusión.

    Corregido. Un saludete.

Críticas

apostle

Otro ejemplo de buenas ideas diluidas en una puesta en escena adormecida y un protagonista sin sal.

rev1

El amor nos salvará a todos.

el reino

Caída en picado en el pozo de la corrupción.

chpa1

Camelot termina.

predator

Pintaba muy bien.

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