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LA IMAGEN DESNUDA (DESDE LA CINEFAGIA)

Por Borja Crespo.

Escrita por: Colaborador | 10 febrero | 6:52 PM


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La “democratización del cine”, con la disponibilidad de una mayor variedad de ventanas de exhibición, algunas al alcance de la mano gracias a internet; la aparición del formato digital y los imparables avances tecnológicos, en un campo cuyo dinamismo es un signo de identidad; y el abaratamiento de costes, con la posibilidad de ponerse a rodar con lo mí­nimo; han abierto importantes ví­as para que todo cineasta, o “proyecto de”, pueda liberarse de corsés y estándares a los que ajustarse. Hay talentos emergentes con mucho que decir, creadores que se mueven con soltura, sin ataduras, a la hora de afrontar su obra. Son el signo de nuestro tiempo, pero no hay que olvidarse de los clásicos a la hora de construir o, en pos de la experimentación, deconstruir. Evolucionar, en definitiva.

Como ocurre en la pintura, antes de llegar a la abstracción conviene entender la realidad, saber manejarse a la hora de representarla para, de esta manera, obtener la esencia de lo que queremos mostrar y/o contar. Picasso, por tomar un ejemplo obvio, no empezó de la noche a la mañana a esgrimir un estilo tan personal como el reflejado en un cuadro tan popular como el Guernica. Conocer a los maestros, su técnica y mecanismos, la evolución del medio, todos los lenguajes habidos y por haber, nos permite elaborar un código propio, errando si es preciso. Exprimir nuestro bagaje personal expande la imaginación. El cine, el arte audiovisual, son imágenes en movimiento. Imágenes de todo tipo, donde el sonido, la banda sonora, a priori, puede ser prescindible.

Siempre se dice que lo ideal es saber contar en imágenes aquello que queremos hacer llegar al público, sin la necesidad de echar mano de los diálogos o la voz en off, incluso prescindiendo de la música. Que no se verbalice de alguna manera lo que está viendo el espectador, lo que ha de entender, es clave. Poder transmitir al público una sensación con un simple encuadre, con la puesta en escena o el “acting”, es la esencia del cine. Hay que retroceder a los comienzos de esta disciplina para encontrar su verdadera fuerza. El cine mudo condensa toda la energí­a que puede transmitir una pelí­cula. A partir de él se ha construido un arte y un negocio mayúsculo. A él hay que volver para comprender sus virtudes, para aprovechar sus capacidades al máximo. Hablamos de la “imagen desnuda”.

El cine de género se presta al énfasis de la imagen desnuda. La intriga, el terror, se aprovechan de los poderosos recursos visuales del celuloide para inquietar al espectador. Desde el “Nosferatu” de Murnau, uno de los nombres más influyentes del cine mudo, nada ha sido lo mismo. Cuando nos sentamos en la butaca de la sala oscura, todo puede ocurrir. En la versión libre del cuento macabro de Bram Stoker, nos estremecemos con el expresionismo del cineasta alemán, pero en un hábil programa doble de cinefagia bien entendida, podemos aliviar la angustia con la risa provocada por cualquier locura de Charles Chaplin o Buster Keaton, maestros del humor visual, del gag medido, del histrionismo hecho arte. Imágenes sin diálogos, cuidadas en su forma, que, además de entretener al público, lanzaban mensajes: ahí­ están sin ir más lejos “Tiempos modernos”, una crí­tica clara a la alienación del ser humano, o “El gran dictador”, hilarante propuesta que lapida toda dictadura y recorte de libertades.

Eisenstein, otro pionero, demostró con tí­tulos clásicos de la historia del cine, como “El acorazado Potemkin”, lo que se puede conseguir con el montaje. Imagen desnuda, sin apenas movimientos de cámara. La acción, la puesta en escena y el ritmo de la secuenciación de planos marcan el movimiento. La celebre escena de la escalinata, homenajeada por Brian de Palma en “Los intocables”, y tantos otros realizadores indirectamente, es un buen ejemplo. Una pieza maestra, de seis minutos de duración, que cuenta con su propio “tempo cinematográfico”.

Un ejemplo de un creador que retornó a los orí­genes del hecho cinematográfico para inventar su propio lenguaje, con referencias confesas, es el actor y director galo Jacques Tati, uno de los grandes cómicos de siempre. Bebió de las fuentes del cine cómico de antaño para generar propuestas como “Playtime”, hábil sátira sobre el hombre moderno, donde el autor apuesta por el gag visual, incluso acústico. Su manera de entender el medio, y su recuperación de las raí­ces del humor audiovisual, ha creado escuela. Sin ir más lejos, en una cinta de culto francesa reconocida, “Delicatessen”, de Jeunet y Caro.

Una imagen puede valer más que mil palabras. El comienzo de “Last Man on Earth (El último hombre sobre la tierra)”, protagonizada por Vincent Price, vale mil veces más que la secuencia de inicio de “Soy leyenda”, con Will Smith, dos pelí­culas basadas en el mismo libro de partida. En la versión clásica en blanco y negro, gracias a un puñado de planos bien elegidos, con una puesta en escena perfectamente medida, somos testigos del Apocalipsis que ha sufrido el planeta tierra al comienzo del filme. Economí­a de recursos. No se necesita más para alcanzar una mayor expresividad, aparcados quedan los efectismos gratuitos. La secuencia de inicio de “Alien”, por tomar otro ejemplo significativo de género fantástico, proclive al empleo de toda virtud del lenguaje audiovisual, también coloca al instante al espectador en su sitio sin la necesidad de diálogos. El montaje, y lo que ocurre en pantalla, cuenta mucho más de lo que pudiera parecer a simple vista, mientras hace una descripción ejemplar del espacio vital donde va a transcurrir toda la trama.

La presentación del gran villano en “Hasta que llegó su hora”, con el énfasis de la banda sonora de Ennio Morricone, filme que resume prácticamente todo un género, el western, esgrimiendo secuencias visuales memorables, es otro ejemplo de sucesión de planos que cuentan mucho sin la necesidad de apoyarse en los diálogos. La descripción de los personajes es uno de los puntos fuertes del filme de Sergio Leone. La imagen desnuda se estila mucho en el cine con momentos épicos. Sin diálogos, pero con música, las posibilidades son inusitadas. En nuestra memoria está grabada la escena del ataque mar adentro de “Tiburón”, de Steven Spielberg. Los ejemplos son incontables. En el ámbito del cine de horror, una de las primeras secuencias de “Amanecer de los muertos”, el remake de Zack Snyder, es una de las más poderosas del cine de los últimos tiempos: la aparición del primer muerto viviente, la niña zombie que irrumpe en el cuarto de la protagonista mientras duerme con su marido. El silencio, y su ruptura, como elemento indispensable en el género de horror.

Deconstruir el cine actual nos lleva a las raí­ces del hecho cinematográfico, a los inicios del séptimo arte. Para alcanzar una mayor expresividad, conocer a conciencia los mecanismos del cine mudo nos permite explotar al máximo los recursos del medio audiovisual.

La etiqueta de “cinéfago”, como puede apreciarse por todo lo expuesto, tiene sus ventajas. La imagen desnuda, pura, es la más cercana a las emociones, incluso a la poesí­a, sea edulcorada o turbia. Contemplar la imagen desnuda, disfrutar de su magia, es un ritual impagable, máxime si es vista bajo el prisma de la cinefagia.

Borja Crespo.

SOBRE EL AUTOR: Borja Crespo empezó en el mundo del fanzine para acabar dirigiendo la lí­nea editorial de cómics de Subterfuge. Es guionista e ilustrador de cómics, ha colaborado regularmente con El Correo escribiendo sobre cine y nuevas tendencias, ha dirigido el Festival de Cine de Comedia de Peñí­scola de 2003 a 2005, dirige el Salón del Cómic de Getxo desde 2002, fue finalista al mejor corto fantástico europeo en los premios Melies con su corto Snuff 2000, es director de publicidad y realizador en televisión, y es socio de Arsénico Producciones junto a Nacho Vigalondo, Borja Cobeaga, Nahikari Ipiña y Koldo Serra. Acaba de editar Cortocuentos y actualmente está escribiendo el guión del que puede ser su primer largometraje.


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  • Fare

    Recuerdo la primera vez que vi la escena de la escalera, me la paso mi profe de Plástica. No entendí­ muy bien qué significaba, pero años después volviendo a echarle un vistazo, una fascinación nació del pavor y el horror de esas personas. Quién dirí­a que ver gente corriendo por una escalera podí­a resultar tan absolutamente lí­rico y expresivo.

    El cine mudo, creo yo, saca un lado de la actuación que no se puede ver cuando hay palabras. Es el simple hecho de intentar expresarlo todo con sólo un gesto, una mirada. Le da un nivel completamente distinto.

    Luces de la ciudad es, para mí­, la expresión máxima en ese aspecto. Nunca he conseguido terminarla sin echar una lágrima.

  • Bracero

    Genial artí­culo Borja. Mi más sincera enhorabuena. Nadie que no conozca el cine mudo no puede conocer la esencia del propio cine

    1 saludo !!