Reportajes

BAJO PRESIÓN

En 1978, la carrera de Shin Sang Ok no atravesaba su momento más brillante. El que una vez fuera considerado como “el Orson Welles del cine surcoreano”, principal modernizador de la cinematografí­a nacional al término de la Guerra de Corea en 1953, trabajaba asediado por el represivo Gobierno militar del general Park Chung Hee.  Su vida personal tampoco iba mucho mejor. Ese mismo año se habí­a separado de la actriz y coproductora de sus films, Choi Eun Hee. Falto de asesoramiento o fondos, y vista restringida su libertad creativa a causa de la durí­sima censura impuesta por el régimen, Shin decidió dar por terminado el recorrido oficial de su empresa, Shin Films, tras 20 años de existencia y 60 pelí­culas estrenadas.

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Tiempos mejores.
© DR / Coll Institut Lumií¨re

A finales de ese año, Choi, con quien Shin conservaba de todos modos una gran amistad, le informó de que habí­a recibido una llamada de un “supervisor” cinematográfico norcoreano quien al parecer la habí­a invitado a Hong Kong a discutir la posibilidad de rodar pelí­culas en el paí­s vecino para potenciar su por entonces inexistente industria fí­lmica. Choi fue drogada con cloroformo nada más llegar a Hong Kong, convirtiéndose así­ en una mas de la lista de ciudadanos sucoreanos secuestrados por el régimen de Corea del Norte. Como un cohete, Shin viajó a Hong Kong para investigar el paradero de su exmujer. Al poco tiempo, corrió el mismo destino, por los mismos métodos. Sólo se puede conjeturar qué pasó inmediatamente después de despertar.

Pero habida cuenta de la sensación de irrealidad que ha transmitido históricamente el régimen norcoreano, uno de los más brutales y opresivos del planeta, lo más probable es que Shin se despertara en la cama de una lujosa habitación semioscurecida, delante de una figura menuda encubierta por las tinieblas. El desconocido se levanta. “Lamento que haya sido puesto ante mi presencia de modo tan… brusco, señor Shin. La Revolución, a veces, nos lleva a actuar de modo un tanto… precipitado”, susurra el “supervisor”. “Permí­tame que me presente: mi nombre es Kim Jong Il. Bienvenido a Corea del Norte. Espero que disfute de su estancia”.

“MWAHAHAHAHA”

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El último párrafo es pura especulación, pero una vez conocidas las circunstancias que fundamentan la percepción exterior de Corea del Norte, casi no serí­a de extrañar que el despertar de Shin hubiera sido tan dramático. “Drama” define bastante bien a Corea del Norte; un paí­s donde, por alguna extraña razón, las barbaridades que se cometen todos los dí­as quedan inexplicablemente atenuadas por el hecho de que es todo demasiado raro para ser cierto.

La historia no ha sido condescendiente con los norcoreanos, una de las civilizaciones más antiguas del planeta. La República Popular de Corea del Norte fue autoproclamada en 1948 tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, está limitada respecto de Corea del Sur con el paralelo 38 y la Lí­nea Marí­tima Lí­mite Norte. Antes de la fractura, fue sometida a un salvaje proceso de niponización durante más de 40 años –que incluye el esclavismo sexual de más de 200.000 coreanas y el alistamiento obligatorio de todos los hombres en las filas del Ejército japonés–. En 1950, inició una guerra “civil” con el Sur, que terminó tres años después, con una declaración de alto el fuego, pero no de armisticio. Ambos paí­ses siguen técnicamente en estado de guerra.

El resto son cifras puras y duras. El cuarto ejército más numeroso de La Tierra. Un 99 por ciento de alfabetización. Entre los 50 paí­ses del mundo con mayor tasa de mortalidad infantil. Firmante de sólo uno de los siete acuerdos básicos de protección de Derechos Humanos. Descrita por la ONG Human Rights Watch como uno de los “regí­menes más brutales del mundo”, con entre cerca de 150.000 y 200.000 presos polí­ticos, sometidos habitualmente a ejecuciones, asesinatos extrajudiciales, experimentos médicos, violaciones, tortura y trabajos forzados. Penúltimo paí­s del mundo en libertad de prensa. Movimientos migratorios inferiores al 1 por ciento, formando así­ una de las poblaciones más homogéneas del planeta. Cifras.

Su “Querido Lí­der”, Kim Jong Il, es el centro gravitatorio de toda “la circunstancia norcoreana” y prácticamente todo lo que rodea a su persona es fruto de la especulación o de sus historiadores oficiales, posiblemente los mejores escritores de ciencia ficción del mundo. De acuerdo con ellos, Kim nació en la montaña más alta de Corea del Norte, el monte Paektu, saludado por dos arco iris y el nacimiento de una nueva estrella. Es el principio de una serie de hazañas sobrehumanas  convenientemente exageradí­simas en un intento de restar importancia a la dramática situación de su paí­s. Pasa con Kim igual que pasó con su padre, el fundador de la República, Kim Il Sung, tras cuyo fallecimiento se impuso un luto nacional por el que todo el mundo estaba obligado a  llorarle durante las 24 horas del dí­a, so pena de detención, con absurdos resultados [a partir del 1’05”].

Aún hay más: Kim Jong Il no caga ni mea. La primera vez que jugó al golf embocó un 38 bajo par (con 11 hoyos-en-uno). Ha intentado resolver el problema de la hambruna en su paí­s financiando la crí­a de conejos gigantes. Cuenta con un equipo especial de catadores que se ocupan de confirmar que todos los granos cada bol de arroz que come tienen el mismo tamaño. Cuando su médico personal le ordenó dejar de fumar, prohibió el consumo de tabaco en todo el paí­s. Y su principal defecto, la altura –mide poco más de 1,60– fue subsanado haciendo gala de un exquisito sentido del relativismo: deportando a islas deshabitadas a todos aquellos norcoreanos más altos que él para evitar que sus genes “subestándar” no deterioraran la depurada raza norcoreana. Ese plan, reconoció su (deportado) tutor, no tuvo éxito.

Kim Jong Il es un devoto seguidor de cuatro tendencias. Coches, coñac y prostitutas suecas. Nada más despertarse, Shin Sang Ok descubrió la cuarta: su devoción por el cine. Su videoteca comprende más de 20.000 pelí­culas. Kim tiene un aprecio especial por los films de James Bond y es además el redactor del manual por excelencia del cine norcoreano: On The Art of Cinema. Shin, descubrió el cineasta, fue llamado a rodar la gran obra magna de la cinematografí­a norcoreana, un film que sentarí­a las bases de los preceptos artí­siticos y culturales del paí­s para servir como faro de generaciones venideras, directamente procedente de la mente del dictador.

Una de monstruos.

PULGASARI (1985)

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“Qué destino más horrible”, recordó Shin en 2003. “Odiaba el comunismo, pero tení­a que fingir que estaba absolutamente entregado a él para escapar de esa condenada república. Era una locura”

En realidad, Shin conoció a Kim Jong Il en 1982 en una alta reunión militar entre rí­os de coñac y gritos de “Larga vida al Querido Lí­der”. Un azorado Kim se disculpó ante Shin por no haberle podido atender hasta ese momento por motivos de agenda. El director se habí­a pasado los primeros cuatro años de estancia en la cárcel.

“Recuerdo que Kim me dijo ‘Relájese, sr. Shin. Todo esto es mentira. Es una farsa'”, afirmó Shin, quien logró olvidarse de todas las penurias, que no fueron pocas –durante su cautiverio en la Prisión Número 6 fue alimentado con briznas de hierba y empapadas con agua salada– al conocer que su ex mujer seguí­a con vida. Ante ambos, y ya en privado, Kim les confesó sus ideas sobre el estado actual del cine norcoreano: “Mismas tramas, mismas expresiones, mismas redundancias. Los cineastas están pasando con lo justo, no tienen ideas nuevas. No les ordené que hicieran eso”.

'The Sea of Blood', el film más famoso de la historia del paí­s, versión ópera

Quizás porque las penas con pan son menos, Choi y Shin volvieron a casarse antes de iniciar el rodaje de Pulgasari, concebida como una reacción a este ambiente monolí­tico descrito por el dictador, pero manteniendo siempre los preceptos revolucionarios –por no mencionar un elevado grado de locura–. En la peli, el monstruo, creado por un herrero encarcelado a partir de un grano de arroz, se convierte en salvador del pueblo como cabecilla de un “ejército de granjeros” contra los miles de tropas del Ejército del “Rey norcoreano”, quien muere en la explosión de un misil que el bicho lanza por su boca. El monstruo procede a comerse los útiles de hierro de los granjeros antes de que una niña le recomiende “ponerse a dieta”, momento en el que estalla en mil pedazos. “Es un film absolutamente horrendo”, afirma John Gorenfeld en ‘The Guardian’.

Pero Shin se lo pasó relativamente bien durante el rodaje. Incluso recibió permiso para viajar a Berlí­n para localizar. Por debajo, claro está, ansiaba largarse de Kim a toda leche. Durante un breve momento a su paso por delante de la embajada estadounidense en la capital de la entonces Alemania Oriental, su mujer le propuso –con un tirón de la manga y un gesto de cabeza– escapar de sus “escoltas” y correr por sus vidas hasta la puerta de la misión diplomática. Muerto de miedo por el posible fracaso del plan, el cineasta la obligó a esperar “hasta estar completamente seguros”. Quizás ya sabí­a a esas alturas que ella ocultaba el instrumento de su liberación, pero decidió aguardar hasta que se presentara la oportunidad propicia.

Llegó después del estreno de Pulgasari. Kim encomendó a Shin que viajara a Austria para encontrar distribución para la segunda pelí­cula –una épica histórica/bélica–. En ese momento, Choi y Shin decidieron escapar de esa “agoní­a”: nada más llegar a Viena y con la ayuda de un amigo suyo, un crí­tico de cine japonés, la pareja logró desembarazarse en taxi de sus “guardaespaldas” y escapar al consulado más cercano con una grabación obtenida por Choi durante su primer encuentro con el dictador. Cuarenta y cinco minutos de conversaciones sobre el estado cultural de Corea del Norte en una cinta que, de haber sido hallada por las fuerzas de seguridad, les hubiera condenado a la ejecución sumaria. En ella se demostraba que no habí­an desertado voluntariamente a Corea del Norte, como argumentaba la máquina de propaganda de Pyongyang. Finalmente, fue la moneda de cambio para su libertad.

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© DR / Coll Institut Lumií¨re

Las vidas de Choi y de Shin ya no fueron las mismas. Las autoridades surcoreanas nunca volvieron a tratarles con confianza a pesar de los esfuerzos del director para ratificar que se habí­a desvinculado completamente de lo que la Wikipedia considera, con cierto aire de cachondeo, su “etapa norcoreana”. En 1990 conoció cierto éxito a pequeñí­sima escala como productor de 3 Pequeños Ninjas –la última, protagonizada por Hulk Hogan– No obstante en 2001, el reestreno de su film del que estaba más orgulloso, Runaway, fue cancelado por el Ministerio de Cultura de Seúl citando “polí­tica de seguridad”. Falleció en 2006 a consecuencia de las complicaciones sufridas por un transplante de riñón. Choi todaví­a vive a sus 83 años, ya retirada de la interpretación.

COREA DEL NORTE, HOY

La cinematografí­a norcoreana es absolutamente despreciable en comparación con la de su paí­s vecino –recordemos: Boon Jong Ho (The Host) y  Park Chan Wook (Oldboy)–. No obstante, el paí­s ha producido cinco pelí­culas en lo que llevamos de década, una buena cifra que aspira a acercarse al récord de 15 films estrenados durante los 80.

Consta que el principal estudio del paí­s, el Korean Feature Film Studio, sigue operativo pero es una información imposible de contrastar porque su perí­metro de un millón de metros cuadrados está fuertemente custodiado por guardias. Entre 1964 y 1993, Kim visitó el estudio en 1.724 ocasiones y redactó 10.487 “órdenes culturales” para regular la actividad de los cineastas.

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Los desertores norcoreanos intentan rodar films, con poco éxito. El ex espí­a Chae Myeong Min lleva dos años enfrascado en el rodaje de un film-denuncia sobre sus años al servicio del régimen de Pyongyang.

De un tiempo a esta parte, destaca la aparición de films realizados desde el exterior que intentan esclarecer el ambiente actual que se respira en el paí­s. Una buena prueba es el documental Kimjongilia, de N.C. Heikin, pero el que se lleva la palma es The Red Chapel, dirigido por el danés Mads Brügger y en el que el director y dos amigos se hacen pasar por un grupo de cómicos “socialistas” para entrar en el paí­s.

Al término del rodaje, Brügger no se andó con rodeos: “Es como la Alemania Nazi, multiplicado por diez. Maldad en estado puro”. No es que importe mucho al Ministerio de Cultura norcoreano.

Frente a él, se encuentra una leyenda: “Haced más cine animado”.

Más…

Shin Sang Ok y Choi Eun Hee en Wikipedia (el Institut Lumiére tiene una breve retrospectiva sobre la actriz, aquí­)

– The Producer from Hell (The Guardian) – aquí­

– It ain’t Hollywood (Things Asian) – aquí­

Kim Jong Il, the director he kidnapped, and the awful Godzilla film they made together (Mental Floss) – aquí­

– Filmmakers in North Korea: Restricted, But Not Deterred (NY Times) – aquí­

– Entrada de Wikipedia sobre cine en Corea

– 11 Craziest Kim Jong Il Moments – aquí­

– The Red Chapel Documents de Inhumanity of the Korean Regime (Daily Caller) – aquí­

  • Mohamed Peralta

    Que nota tan ridícula, ¿en serio habrá alguien que se crea las tonterías que haz dicho?.

Críticas

apostle

Otro ejemplo de buenas ideas diluidas en una puesta en escena adormecida y un protagonista sin sal.

rev1

El amor nos salvará a todos.

el reino

Caída en picado en el pozo de la corrupción.

chpa1

Camelot termina.

predator

Pintaba muy bien.

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